Reseña de “Tiembla”

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Tiembla portada

Por Munir Hachemi

Tiembla (Point de Lunettes, 2014) es el libro que ha ganado el premio Federico García Lorca del año 2013. De cómo es posible que un grimorio haya ganado un concurso de poesía no nos ocuparemos, pues apenas sería la más pequeña de las irregularidades que hemos visto en los certámenes de nuestra España (y sin duda la más saludable). Como sea, es fácil que los conjuros que conforman Tiembla sean confundidos con poemas, aunque el jurado debería haber hecho gala de un mejor sentido de la orientación literaria al leer títulos como “Ceremonia”, “El sacrificio” o “Sortilegio”. Ruth Llana sabe que la palabra siempre es palabra mágica y que ni el silencio más cerrado puede garantizarnos el acceso al conocimiento de lo real. “Despojarse de la realidad para concebir la existencia” parece un mantra o la entrada de un capítulo de algún libro sobre meditación trascendental pero es un poema de Tiembla. La pieza que abre el libro viaja desde el verbo querer hasta el verbo tocar y no sacia en ningún momento a la voz poética. “Quiero lo que toco. […]. Tocar para carecer. […]. Para comprender tu muerte. Tocarte”. Tiembla está preñado de muertos, de hermanos y de hijos que mueren en pequeñas piezas cuyos mantras dan ganas de repetir. Para conjurar la muerte del hijo, de la hija, de la hermana, de la hija que es también hermana: “Si solo su mano no se posara en el lugar del frío sino también en el lugar del dolor. Si solo su mano no se posara en el lugar del frío sino también en el lugar del dolor. Si solo su mano no se posara en el lugar del frío sino también en el lugar del dolor”. Además de los abracadabras, también hay rituales que requieren una preparación (como “El sacrificio”, que en mi lectura es un ritual para propiciar el parto, para evitar un aborto) y representaciones oníricas de lo que Austin llamara actos performativos de habla: “sí, quiero” (y pienso en “Ceremonia”). Claro que Tiembla no es “sólo” esto sino algo más abstracto, más esencial. En Tiembla Ruth Llana deshoja sus estructuras lógicas hasta alcanzar el lugar de enunciación de un otro primitivo, mítico, tribal. Ahí está lo fantástico borgeano y también la magia de Olga Orozco. Como cuando Pizarnik escribe “si digo agua ¿beberé? / si digo pan ¿comeré?” pero con una orfebrería más minuciosa que busca dislocar la causalidad lógica occidental, la nuestra. Encontrar los hilos que buscaba Darío es el trabajo del poeta como antes lo fue del mago. También la caza, la presencia de los animales, de lo salvaje, del fuego, el rumor suave pero perceptible de la tierra asturiana son los elementos que la poeta dispone en orden para enseñarnos sus rituales. Son las piezas de su ritual de transmisión. El zorro, el oso, el rebeco, toda la colección de bestias que la ilustradora quiso subrayar en la portada son en realidad símbolos del alfabeto onírico y secreto con el que Ruth Llana se dirige a sus lectores.

Tiembla apenas consta de 47 páginas que son resumen perfecto, engarce o sublimación de quién puede imaginar cuántas horas de trabajo. Un libro mágico y por lo tanto inagotable, cuyos símbolos nos piden que los descifremos pero -lo sé- nos sustraerán sus significados en el último momento. “Tocar para carecer”, releo, y ahora entiendo. 47 páginas para releer cuántas veces para descubrir cuántas imágenes y no olvidarlas más. La que a mí me ha obsesionado: “Con diez ojos en el lomo, el ciervo aprende la mentira en los rasgos del prójimo”. Me sumerjo en Tiembla de nuevo. La batida es sagrada, no cejaremos, perseguimos el significado. Si es posible regresar, lo haremos con nuestra presa.

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