Presentación de “Tú y yo y las primeras lluvias”

El siguiente texto es una ampliación de la Nota del editor que encabeza Tú y yo y sus primeras lluvias, de Roberto Elvira Mathez.

Tú y yo y las primeras lluvias (Foto tripa)

Si bien es extraño comenzar un texto haciendo un matiz al blanco, al vacío de la página que aún no es –y más en este caso, ya que voy a matizar una palabra que yo mismo he elegido– voy a empezar por aclarar que ese apodo que me he puesto, el de editor, no es más que una máscara o un eufemismo para referirme a mí mismo, al que también era antes, pero ahora, ahora que soy quien edita Tú y yo y las primeras lluvias. ¿Qué diferencia hay entre el yo de ahora y el yo que aún no se llamaba a sí mismo editor (que aún no incurría en la arrogancia de una “Nota del editor”)? Dejando de lado burocracias, maquetaciones, tarjetas de visita y horas de sueño perdidas para siempre, hay esencialmente una cosa que me permite llamarme editor: la capacidad de seleccionar, entre el infinito corpus abarcado por el término literatura –y por sus gráciles fronteras– un pequeño canon al que dedicar mi tiempo y mi esfuerzo (y –claro– el de quienes mantienen conmigo este barco a la deriva (gracias Gema, Raúl, Julio, Gabriel, Mónica, Loro)). Ese criterio de diferenciación de mi yo actual con mi antiguo yo-no-editor también es fuerte porque nos permite a los “independientes” diferenciarnos de aquellos que no pueden llamarse editores (¿es posible llamar editor a quien no lee todos los manuscritos que recibe? ¿A quien ni siquiera lee todos los libros que publica su sello? ¿Es la labor del editor reunirse en un sinnúmero de cenas con agentes, escritores, políticos y otros editores? ¿O es leer y seleccionar? (y si me equivoco: ¿qué diferencia –más allá del sector– a un editor de un concejal de urbanismo? (imaginando que viviéramos en otro país, en uno en el que el sintagma “concejal de urbanismo” no constituyera un insulto, claro))).

Ya ha ocurrido. Lector, lectora: ya os estáis preguntando a dónde quiero llegar. Creada esa brecha (y cumplido el rito onanista que el decoro dicta para estos casos) se impone la obligación de presentar la cara B del trabajo del editor. 2014 ha constituido todo un boom de pequeñas editoriales en España. Decenas o cientos de chavales y no tan chavales hemos aprovechado nuestro paro (o simplemente nuestra desocupación) para –tos– “cumplir nuestro sueño”. “Nuestro sueño”, claro, hace referencia a lo que yo llamo La Idealidad Editorial. La Idealidad Editorial, a saber, consiste en sentarse en casa delante de un ordenador, llamar a los amigos escritores, al amigo diseñador gráfico, a la amiga programadora web, crear un sitio en internet, darse a conocer, y esperar tranquilamente a que nos lleguen manuscritos mientras bebemos una copa de Brandy y nos fumamos un puro (el precio de la copa y el puro es lo que en este mundo se denomina “Inversión Inicial”). Pero La Idealidad Editorial ante todo establece un requisito: van a llegar a nuestras manos los mejores manuscritos que se producen en la actualidad, y nosotros y nosotras vamos a ser capaces de separar el grano de la paja con nuestro infalible ojo de lince. La Idealidad Editorial, como cualquier otra idealidad, no existe, no se da, y al final terminamos por desencantarnos, pedir un crédito, abrazar la ideología neoliberal, contratar un becario, aspirar a convertirnos en lo que –como dijéramos arriba– no es en absoluto un editor o –en los ¿peores? casos– cerrando una editorial que en realidad desde la óptica de la burocracia estatal nunca ha llegado a estar abierta.

Pero gracias a dios éste es un oficio con tres caras, y a veces llegan manuscritos que son como bálsamos, manuscritos que son exactamente lo que el editor desesperado ha pedido en siete ocasiones –con las siete velas correspondientes– a San Juan Bosco, patrón de los editores. En el caso de Ediciones Paralelo, el Manuscrito Ideal en este momento debía ser a) un libro de relatos que b) estuviera escrito por un latinoamericano, que c) poseyese una indudable calidad literaria y d) fuese arriesgado y críptico, casi diríamos argentino. Fue el mismo día en que los ocho pistoleros que componemos esta editorial nos dirigíamos a pedir un crédito a Bankia para convertirnos en los nuevos herraldes y comprarnos al fin un tren como el del logotipo cuando nos llegó la joya (y perdón por lo manido de la metáfora, pero yo aquí soy el editor, el escritor es otro) que es Tú y yo y las primeras lluvias. Para un editor –y esto lo saben las decenas o cientos de compañeros y compañeras del crimen que han lanzado una editorial en 2014 o 2015– lo más gratificante que hay es recibir un manuscrito del que se está absolutamente seguro, lo que los ocho pistoleros llamamos “un sí automático”. Así que gracias, Roberto, por tu libro de cuentos y por crear puentes entre las dos orillas del Atlántico, entre tus dos orillas del Atlántico, y por escribir así, tan difícil, en estos tiempos de literatura light, posmodernidad o simple y triste perezrevertismo.

Yo tengo un amigo cuyo nombre no diré pero al que llamaremos Gonzalo, porque es un nombre muy bonito, que dice que el homo occidental actual, es decir, nosotros y nosotras, trabaja durante todo el día, todos los días. Trabaja en su trabajo, sí, pero ¿por qué –le pregunto– trabaja cuando está de compras? Porque está consumiendo, es decir, renunciando al dinero que ha ganado trabajando y obligándose a trabajar más. Pienso unos segundos y al final termino por claudicar, pero ¿por qué trabaja cuando está en su casa descansando, los pies descalzos encima de la mesa, la tele o el ordenador conectados? Porque –me responde, implacable– está recibiendo publicidad, es decir preparándose para consumir y a la vez consumiendo, ya que su actividad genera beneficios a otros. Pero ¿y si tiene el AdBlock, ese maravilloso complemento que nos permite zafarnos de la publicidad cuando navegamos por internet? Gonzalo se sonríe. Entonces consume porque está mostrando a nuestros vigilantes sus pautas de consumo, sus intereses, sus aficiones, y dándoles información para que optimicen su publicidad. Pero… pero… Empiezo a atisbar el abismo que hay tras sus palabras. Él ni siquiera me deja responder. En Facebook directamente te dedicas a indicarles qué es lo que “Te gusta”. ¿Nunca has pensado en por qué no hay un botón de “No me gusta”? ¿Por qué nos invitan a ir hacia la perfección, gastando en ello el fruto de nuestro trabajo? ¿Por qué creemos en la ficción de que algún día llegaremos a alguna parte, que ya no necesitaremos comprar más ropa o ir más al gimnasio o estudiar más o hacer más cursos de hablar en público o de quién sabe qué aberraciones?

Por un momento agacho la cabeza derrotado y medito sobre la cárcel inexorable que Gonzalo me ha dibujado. Pero entonces doy con una posible clave. ¿Acaso trabajamos mientras dormimos? Me mira con una mezcla entre pena y compasión. Hoy en día la publicidad está diseñada para que soñemos con los anuncios que hemos consumido a lo largo del día. Sueñas con Coca-cola, y Coca-cola te dice que eres un sujeto tan fuerte que sus anuncios no te afectan en absoluto, porque tú –enhorabuena– eres libre.

Han sido años de discusión y no quiero aburrirles más largamente ni entretener más el momento en que Roberto por fin nos lea sus cuentos, pero les confiaré que hay una salida posible. Estamos trabajando cuando leemos, por supuesto, porque los libros tienen un precio, pero cuando nos sumergimos en un libro como éste, un libro tan difícil que ningún editor en su sano juicio se atrevería con él, lo que hacemos es practicar el nobilísimo arte de perder el tiempo. Perder el tiempo siginifica quitárselo a sus dueños, y sus dueños, desde luego, no somos nosotros. Releer es un acto revolucionario, porque si el tiempo, como dicen, es oro, perder el tiempo es tirar el dinero, y como muchos de ustedes sabrán, nuestras leyes prohíben de manera implacable tirar, quemar o destruir el dinero de cualquier otro modo.

Sólo me queda dejarles con Roberto e invitarles a quemar diez euros con nosotros releyendo dos, tres, o como yo hasta seis veces Tú y yo y las primeras lluvias. Vale la pena construir esa isla.

Munir.

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