Reseña de “El viaje a pie de Johann Sebastian”

El viaje a pie de Johann Sebastian

El viaje a pie de Johann Sebastian

por Munir Hachemi

No engañaré a mis lectores: si El viaje a pie de Johann Sebastian tuviera un capítulo menos seguiría siendo una buena novela, pero tal vez no habría un misterio por resolver (y esta reseña no sería tan larga).

(Permítanme antes de entrar en materia un prefacio abierto a nuestro autor (entre paréntesis por si alguien lo quiere ignorar): “Carlos, como madrileño diré que tu novela es todo un canto a nuestro Madrid, al que no se ve, al de las catas de vino en el Patio y -sobre todo- al de los madrugones surrealistas caminando por los aledaños de la Castellana, madrugones que producen una extraña sensación que conozco y que tú has descrito mejor que nadie.”).

Y ahora entremos en materia.

La “autoficción” de Carlos Pardo arranca con una descripción de la situación, una especie de estado de la cuestión que se diría narrado por una de esas voces en off que suelen acompañar el recorrido de una cámara por uno de esos barrios gringos donde ocurre todo aquello que merece ser narrado. En adelante, este escritor que también es poeta cinéfilo nos contará con perfecto dominio de la estructura y sin más pretensión teórica la historia de una familia de cinco hijos. Cinco hijos y cinco capítulos que podríamos llamar “normales” si no fueran acompañados por un sexto “hermano” que hace de ésta una extraña familia. El capítulo que da nombre al libro, El viaje a pie de Johann Sebastian” nos cuenta la historia de un joven Bach que viaja de Arnstadt a Lübeck (350 km.) a pie (el viaje a pie, entre otras cosas, obliga al peligro y a la paciencia) para conocer a Dieterich Buxtehude, maestro organista. Probablemente mi lector se esté preguntando ahora mismo si me he vuelto loco o si se me ha escapado el dedo del Ctrl + V pero no, ni una cosa ni la otra, lo siento y me alegro por ustedes: ya tenemos misterio.

El primer paso para entender qué hace ahí ese contrapunto anacrónico es preguntarnos qué tendríamos si no estuviera. Ya lo he dicho: tendríamos una buena novela, a ratos autoficcional, que cualquiera podría considerar como reflejo de una épocade una cultura, de una generación. Pero el capítulo extra nos impide a gritos que hagamos tal cosa. Por más que en el epílogo Carlos Pardo nos advierta contra los efectos nocivos de “la deificación del libre albedrío”, lo que es claro es que la novela se singulariza a través del capítulo de Johann Sebastian: ya no puede ser más la novela de un “pueblo” o una generación, sino que debe y va a ser la novela de Carlos Pardo -ese personaje.

Las reflexiones sobre el anacronismo son constantes a lo largo del relato: no es lo mismo lo anacrónico que lo vintage, nos dice Carlos: “El anacronismo es un tiempo que rompe la cadena que le echamos al tiempo para darle un sentido. […]. Lo anacrónico es político”. Aquí hay ya una reflexión sobre la libertad. Carlos -repito: ese personaje- no se resigna a plegarse a la tiranía de una época. Es por eso que -al igual que hicieron Andrés Neuman (con El viajero del siglo) y Roberto Bolaño (con 2666)- se rebela contra la imposición de nuestro tiempo que obliga a escribir una novela teórica: la teoría -si la hay (y creo que sí)- se debe destilar de la praxis narrativa. Es por eso que -con Neuman y Bolaño- decide narrar un viaje (ese tópico moderno) -porque el tema principal de la parte de Bach es, sin ninguna duda, el viaje- sin miedo de que sus contemporáneos lo tachen de reaccionario, contrarrevolucionario, prepostmoderno o qué sé yo qué otra cosa. Nos da la libertad, precisamente, para acompañarlo en uno de los “viajes astrales” que realizaba el Carlos-niño y reivindica las maravillas cuasi onanistas de la imaginación. Sin perder por ello de vista, eso sí -otra vez con Neuman y con Bolaño-, su contexto inmediato y los problemas sociales que lo atraviesan. Hay una reflexión en las páginas 97 y 98…

Es una verdad muy sencilla, muy fácil de asimilar, querido hermano Juan, si quiero escribir después de ocho horas de trabajo en jornada partida, después de cumplir con otros trabajos para prevenir la bajada de mi sueldo, tengo que desatender a mi familia. Que si yo quiero escribir sobre papá es al precio de abandonarlo. Y por todo ello este sentimiento de culpa: haber sustituido la realidad por su doble y no dar la talla para escribir Los Buddenbrook. Aunque piense que esto que hago es mi principal libertad, mi íntimo desapego respecto al trabajo, a la familia y a las limitaciones. Esta insistencia es mi libertad. Y esta suplantación, la vida escrita, aunque poco fiel, es la vida que he elegido. Pocas veces me he sentido tan feliz como escribiendo esto que no ha sido sancionado por la crítica, que no sé escribir correctamente, que no es poesía ni novela ni autobiografía. Ni mentira ni verdad. […].

Ese juego con la tensión entre “libertad en lo real” y “libertad en lo literario” es lo que vertebra El viaje a pie de Johann Sebastian. Escribir sin plegarse a los imperativos de la crítica o del mercado, acaso sea eso la literatura. En un pasaje que debe sorprender a cualquier lector el padre de Bach le dice a éste: “de nada te serviría ser un prodigio, cosa que no eres”. Es necesario entender que esa frase en realidad va dirigida a Carlos Pardo -el personaje- por alguna suerte de figura paterna arquetípica capaz de atravesar semanas de siglos. Guárdense de caer en malentendidos: lejos de poner en tela de juicio la modestia de Carlos Pardo -el autor- lo que yo leo en esa encrucijada temporal es que si el joven Bach se hubiera dejado aplastar por los juicios de su autoridad -o si Carlos Pardo -el autor- se hubiera dejado aplastar por las Tablas de la Ley de la crítica, el mercado o la academia- jamás habrían sido capaces de emprender ese inenarrable viaje a pie que lleva hasta la literatura.

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