“El poder del perro” o “cómo mantener al diablo en el fondo del hoyo”

El poder del perro

El poder del perro

por Loro el Juntaletras

If you walk with Jesus
he’s gonna save your soul,
you gotta keep the devil
way down in the hole

Tom Waits

De todas las asignaturas sobre literatura que he visto a lo largo de la carrera, sin duda alguna la que más ha marcado la óptica con la que me aproximo ahora a las letras -sea cual sea la pretensión de las mismas- ha sido Literatura hispanoamericana y políticas de mercado, impartida por Ana Gallego Cuiñas. Ya desde la primera clase se nos hizo hincapié en un hecho fundamental de la hermenéutica que muchos tendemos a olvidar en el camino de nuestras lecturas: que el ojo con el que leemos determina a esas letras que están en el papel, al menos tanto como las letras determinan al ojo a lo largo de su vida. De seguido nos contó que el ojo bueno, el ojo literario, es el ojo que ve mal, el ojo estrábico, que no ve del todo y tiene que buscar más allá; por si fuera poco para una primera clase, nos dijo que todo esto venía de Borges, al que tildó de ser un lector “algo cegato”.

No pude evitar recordar una de las clases a las que he hecho referencia durante los dos días que me duró la lectura de El poder del perro de Don Winslow (719 páginas). Quizá porque estaba atrapado en vacaciones con la familia, devoré el libro como hacía mucho tiempo que no me pasaba con ninguno. Obviamente, el hecho de que se tratase de un best seller tiene que ver, pero quiero detenerme aquí un segundo para diferenciar dos tipos de best seller: los que han sido escritos y diseñados específicamente para serlo (50 sombras de grey, la Biblia, el Quijote) y los que no (Gomorra, 2666, El diario de Ana Frank). Tal y como he tratado de reflejar con los ejemplos, la calidad literaria no se encuentra determinada por este hecho, de modo que encontramos grandes obras maestras y bazofia a partes iguales en ambos grupos. Una vez marcada esta distinción, hay que decir que El poder del perro, por ser novela negra de un autor ya conocido, presumiblemente esté en el primer grupo. Y aquí entra en juego una de las muchas lecciones que, a través de algunos textos de Piglia, nos regaló Ana Gallego. En lo referente al estudio del relato policial y la novela negra, se postulaba que ambos suelen coincidir en un mismo hecho: la incapacidad de las fuerzas del orden oficiales para resolver un crimen, ante lo que surge la figura del héroe: el detective privado. Sin embargo, la mayor diferencia entre ambos parece estribar en que el policial posee una mirada perfecta que abarca el bien y el mal en la situación y lo coloca todo en su sitio; en su lugar, la novela negra tiende a diluir más las cosas, a confundir los contornos, y el malo ya no es tan malo y el bueno ya no es tan bueno, ambos aparecen imbricados en un sistema complejo que es la sociedad, y esta les determina y controla más allá de sus actos y decisiones, de forma que el lector debe moverse, enfocar desde nuevos ángulos para buscar las pistas que no se ven por el ojo estrábico.

Esta es, sin lugar a dudas, la virtud principal de toda la novela de Winslow, que, sin dejar de lado los grandes leitmotivs de la novela negra (violencia, sexo, intrigas políticas, espionaje, doble juego de personajes, sorpresas a la vuelta de cada página, ritmo frenético), nos agarra del cuello para contarnos muchas historias en torno a la frontera de EEUU y México. A pesar de que quiero hacer hincapié en que no hay un protagonista único, la mayoría de las páginas nos presentan la evolución de Art Keller, un agente de la DEA medio mexicano medio gringo, desde la década de los 70 -inicio histórico del narcotráfico en la frontera con la heroína- hasta el año 2000. La verosimilitud y la construcción de los personajes se aleja de los tópicos con tal magnitud que cuesta creer a veces que uno no se encuentre ante una novela hecha a partir de biografías históricas.

Sin embargo, hay que añadir que la novela sí toma el hilo conductor de nuestra contrahistoria, la que se ha ido descubriendo de forma no oficial. Numerosos hitos históricos que aparecen en la novela sí que coinciden exactamente con las imágenes que nos ha ido regalando la historia ocultada por los gobiernos de la segunda mitad del siglo XX. Sobre todo en lo referente al papel de los EEUU en los pucherazos de diferentes gobiernos de América Latina, las operaciones anti-comunistas que favorecían por igual a los grandes terratenientes como Pablo Escobar en Colombia -ese héroe del pueblo- y al gobierno de los EEUU, o las innumerables muestras de servidumbre del PRI ante casi cualquier agente geopolítico que no fuese el pueblo mexicano. Dicho lo cual, me gustaría señalar algunos momentos concretos en los que yo, personalmente, he encontrado en relación con los hechos que he venido tratando de exponer.

La cuarta acepción de la RAE de la palabra “bananero” es “dicha principalmente de ciertos países de Iberoamérica: tercermundistas”. Últimamente he oído esta palabra mucho para referirse a países que se están dedicando a expulsar a grandes multinacionales que operaban en su zona. Sin embargo, Winslow, a raíz de la investigación de Keller sobre las rutas de la cocaína en el Caribe, nos recuerda que, a principios del siglo XX, el origen del término fue el siguiente: “Honduras […] posee una larga y distinguida historia en el narcotráfico de drogas, que se remonta a principios del siglo XX, cuando el país era propiedad de la Standard Fruit y la United Fruit, compañías con sede en Nueva Orleans, y los muelles de la ciudad eran propiedad de la mafia de Nueva Orleans, la cual controlaba los sindicatos de estribadores, de modo que si las compañías fruteras querían descargar sus plátanos procedentes de Honduras, los barcos debían transportar algo más que plátanos”. Esta sencilla anécdota refleja muy bien las relaciones de poder económico que se reflejan a lo largo de toda la novela entre los EEUU y el resto de Latinoamérica, y muestra el efecto que las mismas producen sobre los ciudadanos a ambos lados de la frontera. No puedes escapar a esto, ya seas un agente de la DEA o un matón de barrio en Nueva York. Entra el juego el demiurgo mundial de la economía, que trasciende a todos los personajes. Los narcos, a veces, resultan más efectivos que cualquier Estado a la hora de dotar de servicios e infraestructuras a ciertas poblaciones gracias a su carácter anárquico. Las prostitutas de lujo, lejos de encerrarse en el arquetipo de descerebrada que buscan los grandes jefes de estado y traficantes millonarios que las contratan, urden su propia trama y aprovechan cada gramo de información que les suministra su posición en los lechos, jugando como verdaderas reinas frente a los reyes y peones en este complejo ajedrez.

Otra figura que, sin lugar a dudas, se salta los cánones y tópicos del género es la del padre Juan, que se convierte en esta obra en el más fiero defensor del indigenismo ante la cuadrilla de matones y policías que no han leído un libro de antropología en su vida. Momento inolvidable, que no supone ningún spoiler, en la trama cuando el padre discute con su jefe directo según las órdenes del Vaticano, el obispo Antonucci, acerca de una acusación de herejía que pesa sobre el padre debido a que celebró una misa en Chiapas vestido con un tocado maya y coronado con un tocado de plumas. Además se le reprochan las siguientes palabras que redactó en un informe: “Sabemos con certeza que Colón no trajo a Dios a bordo de sus barcos. No, Dios ya está presente en estas culturas, de modo que el trabajo de los misioneros posee un significado muy diferente: anunciar la presencia de un Dios que ya estaba aquí.” Como el propio padre dice, su misión es presentar los Evangelios como una buena noticia antes de que los fieles mueran de hambre, a ser posible. Teniendo en cuenta que la religión sirve también como un medio para educar a los campesinos en su resistencia contra los grandes poderes que literalmente los masacran en aras de la productividad global -de hecho, el relevo de los paramilitares durante los años 90 será nada más y nada menos que Monsanto y sus lluvias de glifosato defoliante que acaba con todos los cultivos de maíz en México y Colombia, el alimento base de la población agrícola-, la novela bien puede servirnos para conceptualizar de forma diferente ciertos lugares comunes -como que toda forma de religión es un opio– que tan de moda están hoy en día.

Cumpliendo las cualidades de un best seller bien orientado hacia el mercado, El poder del perro no deja de lado su calidad literaria. Si habéis visto The Wire, no podéis dejar de leer este libro, antes de que caiga en manos de la HBO y decidan hacer una genial miniserie, como muy bien aventura Rodrigo Fresán en el prólogo.

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