Ya lo llamaremos

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por Carlos Allende.

¿Subes?, le digo al hombre que acaba de aparecer ante de mí. Sí, gracias, me dice. ¿A qué piso? Veintisiete, me responde. Asiento y aprieto el botón del piso veintisiete. El ascensor retoma su marcha. Se ha quedado un paso delante de mí, veo como una gota de sudor se resbala por su cuello y se pierde por su espalda. ¿Nervioso? Le pregunto. Él se gira, ¿perdón? Te pregunté si estás nervioso. Ah, me dice sorprendido, no… bueno, sí, un poco, tengo una entrevista de trabajo. El ascensor sigue subiendo, atraviesa el quinto, se para y se abren las puertas. Dos hombres de traje a los que les empieza a ralear el pelo preguntan si el ascensor baja y cuando les digo que no se disculpan y las puertas vuelven a cerrarse. ¿Una entrevista para qué? Le pregunto. Adjunto de marketing, me dice. Marketing, susurro. El ascensor llega al séptimo. ¿Crees que eres capaz de venderme algo?, me mira, ¿cómo?, parece incrédulo. Que si crees que serías capaz de venderme algo, cualquier cosa. ¿Cualquier cosa?, pregunta, no sé, supongo que cualquier cosa no. Entonces, ¿qué haces aquí? Véndeme algo, venga, créetelo, cualquier cosa, un boli, tu corbata. No responde. Me mira asustado. Mira, vamos a hacer una cosa. El marcador digital anuncia el décimo piso. Me adelanto y pulso el botón de stop. El contador de números se apaga. Lo miro. Me mira sin saber qué está pasando. En el panel de números marco una serie de números, siete, dos, uno, ocho, nueve, cero, siete, saco una llave y la giro dentro de la ranura de la base del panel. El contador empieza a palpitar mientras los números se suceden a una velocidad vertiginosa. ¿Qué estás haciendo? Me pregunta gritando. Me giro y lo miro fijamente. ¿No tenías una entrevista de trabajo?, le pregunto y parece que no entiende nada, Esta es tu entrevista de trabajo.

El marcador dibuja dos ochos y las puertas al fin se abren. Un pasillo blanco y brillante, perfectamente iluminado nos recibe. Sígueme, digo sin girarme. Mis tacones llenan el pasillo de un ruido seco y rápido. Me detengo delante de una puerta blanca y cerrada. Pasa, le digo. Acerca su mano temblorosa hasta el pomo de cristal y lo gira. Empuja la puerta y esta cede, dejando a la vista una habitación blanca, impersonal, con un escritorio y una silla, también blancas y anclados al suelo, en el centro. Un reloj de pared. Siéntate, le digo. Él obedece, confundido. Vuelvo enseguida. El reloj está quieto, sus agujas no se mueven, no parecen afectarse por el paso del tiempo. Aparezco momentos después con un maletín grueso en la mano. ¿Alguna vez has visto cómo funciona un reloj? Sí, responde. Perfecto, me ahorras tiempo. Verás, esta empresa es como un reloj. ¿Por qué un reloj? Te preguntarás. Él no abre la boca. Pregúntatelo, le digo. No dice nada. ¡Pregúntatelo!, golpeo la mesa. ¿P-por qué un reloj?, le tiembla la voz. Me alegra que me lo preguntes, digo, somos un reloj porque tenemos la capacidad de marcar el devenir del mundo, incluso de inventarlo. Seguro que alguna vez has corrido más de la cuenta para llegar a una cita pensando que llegabas tarde y en realidad era tu reloj el que estaba adelantado. Un reloj no crea el tiempo, pero sí lo hace visible, lo controla. Nosotros también controlamos el tiempo. Y un reloj, cuando se atrasa o se adelanta o se para es porque una de sus piezas no funciona bien, da igual si es una pieza central del reloj o una minúscula rueda dentada, todas tienen su función y si alguna de ellas falla, todas fallan. En esta empresa pasa lo mismo. ¿Sabes por qué los relojes suizos son tan valorados?, pregunto, no espero que responda y continúo, porque sus piezas son de la mejor calidad, calculadas al milímetro, diseñadas para que nunca fallen, para que su agujas funcionen de la manera correcta. Me callo, ¿has leído la biblia?, pregunto. N-no, me dice. Todo el mundo debería leer la biblia al menos una vez en su vida, ahí está lo mejor y lo peor del ser humano , ¿has ido a misa alguna vez? Alguna vez, me dice, no soy creyente, pero he ido a bodas de familiares, funerales. Bien, yo tampoco soy creyente. Al menos no creyente en el Dios cristiano. Todo el mundo cree en algo, afirmo. Cuando murió Jesús, uno de los que se encargaron de seguir difundiendo su mensaje, con toda la manipulación que ello conlleva fue San Pablo con sus cartas, a los filipenses, a los corintios, a los tesalonicenses, a muchas comunidades de personas que creían que era cierto que Dios se había hecho hombre y había bajado a la tierra. A los corintios les escribió dos cartas. El cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo. El cuerpo no es un solo miembro sino muchos. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros que parecen más débiles son los más necesarios y si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros también. Primera carta de San Pablo a los corintios, capítulo doce, versículos doce al treinta. Estupideces. Para su época estaba bien, ahora es absurda esta teoría. ¿Sabes lo que le pasa a un órgano que sufre un tumor, que, según diría san Pablo, padece? Se queda expectante. Que lo extirpan. Cualquier órgano hoy en día es completamente reemplazable. Menos uno. ¿Sabes cual? Lo miro. ¿El corazón?, pregunta. No, el cerebro. Y yo, soy el cerebro de esta empresa y tengo que procurarme que todos los órganos que componen el cuerpo que es esta empresa, funcionen a la perfección, que ninguno falle y si lo hacen, tengo que actuar rápido y eliminarlo. Es una cuestión de supervivencia. O tú o yo. Y siempre gano yo.

Abro el maletín y saco un destornillador. Lo dejo encima de la mesa. Coge ese reloj. Se levanta y agarra el reloj blanco que cuelga de la pared, al bajarlo deja a la vista una alcayata también blanca que empieza a estar doblada. Tienes una hora para arreglar este reloj y que funcione a la perfección, sólo así me aseguraré de que puedes formar parte de este cuerpo, que no eres un virus queriendo infectarnos. Si no lo arreglas en una hora…, saco una pistola del maletín y la dejo encima de la mesa, tiene una bala, sentencio. Luego nos vemos. ¿Cómo sé el tiempo que me queda?, pregunta. Arreglando el reloj, digo y salgo de la habitación.

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