Verlaine y los cuerpos flotantes

Cuento (I2)

por Mapi Pamplona

Durante muchos tiempo los dos grandes objetos transparentes presidieron las comidas y reuniones familiares. El pequeño Paul podía pasarse horas mirándolos sin pestañear, escrutando cada detalle y haciendo suyos los gestos petrificados encerrados en su interior. También intentaba calcular su peso, invariable desde hacía años y al que, en cada uno de sus cumpleaños, daba un valor diferente y siempre inferior al anterior como si así perdieran densidad o importancia. Pero no era así. Los dos grandes tarros llenos de alcohol pesaban siempre lo mismo y ocupaban exactamente el mismo lugar en la estancia principal de la casa desde antes de su nacimiento y nada hacía presagiar que fueran a abandonar aquella posición privilegiada. Paul buscaba en ellos una respuesta, un sentido, una explicación, pero lo único que pudo entender con el paso del tiempo era que los botes de cristal eran como relojes atascados que indicaban que de puertas para adentro todo era impertérrito, inmutable, estratégicamente obsoleto. El cambio no entraba en los planes de su familia y daba igual si afuera nevaba, si una tormenta había echado a perder la cosecha o si París había cambiado de ser la capital de la República a la primera ciudad del Imperio: entre aquellas cuatro paredes ni los minutos ni las horas tenían valor y si no valían tampoco importaban.

Para la madre de Paul la presencia de los tarros era una necesidad, un recordatorio de tiempos aparentemente peores en los que creía que su vientre era seco y estéril. A su padre lo que contenían los botes de cristal le importaba exactamente lo mismo que la amenaza latente de las tropas prusianas y eso se traducía, exactamente, en absolutamente nada. El motivo de su dejadez era que las tinieblas hacía tiempo le impedían ver el sol y por eso el viejo y lisiado capitán había decidido morir viviendo lentamente, apuntando con su mirada opaca siempre hacia la chimenea, siempre ésta poblada de cenizas desgastadas y humeantes.

Así pasó gran parte de la infancia de Paul, con la madre santiguándose ante los ídolos de los tarros y con el padre lamentando cada franco y cada esfuerzo mal invertido en los colores de un himno y en los cánticos de una bandera. Sin embargo en otros lares, más allá del umbral de la puerta de los Verlaine, los relojes llenaban los campos, las calles y a las personas de tiempo, un tiempo espumoso, mágico, cruel e imperdonable a partes iguales. También el cuerpo del joven Paul estaba sometido a los cambios. Llegada la adolescencia su mirada se volvió vidriosa, peluda hasta cierto punto y perdida y hundida para siempre. El paso de los días fue implacable con su pelo, que pareció abandonarse a su suerte y quedar pegado en sus mejillas, transformadas a partir de entonces en una barba pobladamente despeinada. Fue como si, en cuestión de días, una madurez falsa y temprana inundara el corazón de un Paul que pronto comprendió que, al igual que le ocurría a su progenitor, gran parte de su vida también transcurriría entre tinieblas aunque las suyas fueran más temblorosas y más dolientes que las de su progenitor y estuvieran terriblemente embadurnadas de azúcar y sal.

Todo esto sirve para explicar como, sumiso completamente ante la voluntad del hada verde, el joven Paul Verlaine amaneció un día convertido en un cuerpo flotante, un cuerpo que se parecía demasiado a los que custodiaban los tarros de la casa familiar, siempre ingravitos y carentes de voluntad y, en un punto en el que la que pobreza, adicción y melancolía convergieron, decidió volver por unos minutos al vientre materno. Lo hizo una noche en la que, como otras tantas, estaba completamente borracho. Verlaine llevaba consigo un bastón que le ayudaba a mantener una falsa sobriedad en las piernas y una ebriedad evidente en el espíritu. Seguramente sólo quería que su madre le diera algo más de dinero con el que alimentar su ánimo pero al no obtenerlo la bestia que dormitaba en su interior despertó y comenzó a golpear con el palo los tarros de cristal, que cayeron al suelo impregnando el aire del olor de las reliquias muertas. Paul sabía que así le hacía daño a su madre donde más dolía, en aquellos dos falsos úteros que nunca habían estado en su interior pero que albergaban el fruto de su vientre. Al igual que el propio Paul los cuerpos de sus hermanos nonatos bailaban desde hacía años en alcohol, macerándose en él, y el poeta no pudo sino reírse de sí mismo al comprobar esta familiar evidencia. Después, con los ojos rojos y la boca babeante, un diabólico y maldito poeta pisó los dos pequeños e inacabados cuerpos y los pateó con el bastón hasta desmembrarlos por completo con la furia del hermano menor al que dos abortos han dejado huérfano del amor fraternal. Puede que pensara en comérselos, puede que simplemente sus pies bailaran solos, puede que perdiera el control por las drogas.

Pasaron algunos minutos y la fantasmal figura de Paul desapareció ante la mirada atónita de una madre cuyo estómago ensortijado se ahogaba entre llantos y lágrimas maldiciendo a su estirpe y pidiendo perdón al cielo por el hijo al que le había conseguido darle la vida. A pesar de lo dantesco de la escena pronto el recuerdo de los dos pequeños fetos gomosos desaparramados por el suelo fue diluyéndose en la gran borrachera de la vida hasta borrarse para siempre. Madame Verlaine perdonó a su único hijo y siguió dándole dinero siempre que lo necesitó. Las aguas, en apariencia, volvían a su cauce. Pero algo cambió aquella noche de verano en el corazón de Paul Verlaine. Desde aquel día, estando solo o compartiendo cama y letrina con su amante, en la oscuridad de sus días o invocando el ocaso celeste, el poeta cerraba los ojos y soñaba con convertirse en uno de aquellos cuerpos flotantes, en uno de esos fetos nacidos prematuramente que su madre guardó celosamente durante años en dos grandes tarros de cristal.

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Hablar de Arthur Rimbaud es hacerlo inevitablemente de Paul Verlaine. La relación entre ellos fue controvertida y supuso todo un revuelo en los ambientes literarios del París de los años setenta del siglo XIX. Por eso en su biografía sobre el más joven de los poetas malditos el escritor Edmund White dedica una parte a explicarnos quién era Verlaine y a algunas anécdotas relacionadas con su vida.

 El episodio que se inspira este relato ocurrió dos años antes de que Rimbaud y Verlaine conocieran. Según White madame Verlaine tuvo varios embarazos fallidos antes de dar a luz a Paul. Dos de ellos llegaron prácticamente hasta el final pero los bebés nacieron prematuramente y, como aunque estaban completamente formados no lograron sobrevivir, la madre guardó los cadáveres en sendos tarros de cristal con alcohol que se custodiaban en la casa familiar de los Verlaine en Metz. Paul nació el 30 de marzo de 1844 y, con un hijo sano, el número de botes jamás se incrementó.

Una noche del mes de julio de 1869 y en medio de una de sus grandes y habituales borracheras Verlaine decidió ir a casa de su madre. En esos tiempos el joven poeta, de 25 años, era funcionario del Estado y tenía un sueldo fijo pero también era un consumado y consumido absentista y se veía obligado a pedir dinero continuamente. Su comportamiento era igual que el de cualquier otro drogadicto y su estado de ánimo cambiaba alternando indistintamente lucidez creativa e instintos homicidas. Durante aquel verano, además de a su propia madre, también intentó matar a su amigo, el periodista Edmond Lepelletier, y al escritor Alphonse Daudet. Fueron precisamente estos arrebatos los que hicieron que tanto amigos como familia invirtieran parte de sus esfuerzos en encontrar una esposa a Verlaine con el fin de que éste sentara la cabeza. Sin embargo, apenas dos años después de contraer matrimonio con Mathilde Mauté de Fleurville, dos años en los que se mantuvo casi sobrio, el 24 de septiembre de 1871, una nueva adicción se instaló en la vida de Verlaine. En esta ocasión la tentación estaba encarnada en un chico de apenas 17 años con aspecto de inmortal, escurridizamente bello y andrógino. Respondía al nombre de Arthur Rimbaud y era un joven poeta que había escrito a Verlaine buscando a un artista consagrado que le sirviera como guía y aval ante otros escritores. Desde el primer apretón de manos ambos poetas se hicieron inseparables. Su relación fue un escándalo no sólo por el que hecho de que se convirtieran en amantes sino porque con Rimbaud los excesos y la violencia volvieron a instalarse en la rutina de Verlaine. Tras muchos encuentros y desencuentros la relación maldita entre los dos también tocó su fin. Puede que su amor muriera pero ambos sacaron de las entrañas de su tormentosa y oscura relación una forma de escribir que daría luz a cientos de poetas durante generaciones futuras.

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