Para hacer un borrador

Imagen 3. Relato

por María Sánchez

Sentarse a la mesa, abrir el cuaderno, tomar el lápiz. Familiar bloqueo inicial, esperar un rato a que a la terca rueda del genio le dé por andar. Por si acaso tardase, ir buscando una sentencia fulminante, una frase con un “tal vez”, un “acaso” o un “pero” para abrir el relato muy sigilosamente (cosa que siempre gusta), y sentirse ya un fracaso a las tres palabras. Tachar. Cambiar el determinante. Tachar de nuevo. Pero para qué tenerlo delante, se puede limpiar el desastre con la oportuna gomita al extremo del lápiz (ignorar la dentera) e ir comprobando con ojos incrédulos cómo, junto con el renglón, se va borrando el cuaderno. Levantarlo ante los ojos, mirar a través, qué pasaría si se metiera un dedo por el hueco. Nada. Aire. Si la gomita borra todo lo que toca, empezar a asumirlo y aprovechar sus ventajas: hay que borrar con avidez todo el cuaderno, con furia, con saña, si no se deja escribir mejor mandarlo entero al diablo, mejor borrarlo todo hasta que no quede nada, ni una hojita, ni un rizo de espiral. Y, ya que estamos, empezar a borrarse uno. Se empieza por restregar la goma cuidadosamente por la palma de la mano, un pequeño agujero de vacío, y poco a poco ir remontando por el borde superior, pasando por todas las falanges, una a una, hasta hacerlas desaparecer. Observar el resultado y reírse ante la idea de un muñón amputado, qué horror, dejar la gran obra inconclusa, ahora que por fin empezaba a marchar. Hay un camino recto, sencillo, de la muñeca al hombro, casi aburrido. Buscar compensación con un vuelo intrépido hasta los pies, restregarlos enteros (ignorar las cosquillas), dejando poco a poco el vacío atrás. Conquistar la cumbre de la rodilla, rodear el arco de las ingles, descubrir que sin culo uno también puede sentarse. Dejar atrás el vientre con prodigiosos zigzag, escalar del pecho hasta la barbilla pero sin olvidar el cuello, y después seguir borrando hasta quedarse ciego y sordo y mudo (el orden es intrascendente) y finalmente acabar con esa clavícula obstinada que bloquea el paso al brazo derecho, último reducto presente del escritor, y seguir borrando, seguir borrando con la gomita del lápiz presintiendo un desenlace glorioso. Y entonces comprender, aunque tarde, que la mano que borra no puede borrarse a sí misma, que se agarre el lápiz por donde se agarre uno no pasa jamás del medio brazo. Y ya, sin poder llegar más lejos, dejar que todo termine sin terminar y resignarse a que sean otros los que encuentren una mano amputada con su lápiz entre restos de papel borrado.

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