Otra franja horaria

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por Mara OB

Encontrarse en otra franja horaria no es algo baladí. En mitad de la noche me he despertado. Podía oír a mi madre preparar el desayuno. El sonido de las tazas contra los platillos, el manojo de cubiertos golpeando el granito, la caída sobre la tabla de los higos maduros… Mi padre estaba, como cada día a esa hora, mirando los anuncios del periódico. Le contaba, en voz muy alta, la oferta de una batidora. Siempre me resultó curiosa su forma de acompañarse. Te hacen falta calcetines nuevos, no quedan hojas de afeitar, las toallas están deshilachadas… Las cosas que se iban convirtiendo en necesarias giraban en torno al silencio definitivo. Oigo a mi madre decir que se va a la piscina. Abro un poco la puerta y la veo, vestida con la parte de arriba del bikini, recoger las últimas cosas. Está muy guapa. La piscina era la misa de doce a la que escapaba para hacer una genuflexión mientras se echaba la crema protectora. Aquí no ha amanecido. No puedo asomarme al balcón y ver cómo se aleja. Le he oído decir que, cuando marche, no olvidara darle la vuelta a la llave. Salgo de mi habitación con un pijama que ella guardaba con la ropa de entretiempo. Mi abuelo está al fondo del pasillo. Le pregunto qué quiere desayunar. Me dice que va a esperar a la abuela. Hace ya mucho tiempo que lo casi vivido no cuenta. A ver quién de nosotros dos mete un dedo en el café para comprobar si está frío.

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