Mi perro Billy

Foto (Javier Palencia)

Foto (Javier Palencia)

Javier Palencia (Madrid, 1983) ha estado a punto de publicar sus cuentos en revistas como The Atlantic Monthly, Harper’s, Mademoiselle o The New Yorker, pero al final siempre acaban publicando uno de Truman Capote.

 

Al principio, Carmen no le hacía mucho caso a Billy. Nada más mudarnos a su casa lo trataba como un complemento peludo y tolerable, algo que debía aceptar si quería que viviésemos juntos. Se ignoraban mutuamente y todo funcionaba a la perfección.

Carmen trabajaba en casa. Pintaba. También esculpía. Se le daba bien hacer cosas con las manos, mezclar colores, texturas, todo ese rollo que a mí siempre se me ha dado mal o que no me interesa. El suelo del estudio donde trabajaba siempre estaba lleno de serrín, de piezas de pollo deshuesado, de pegotes de pintura, de ceniza; materiales que a mí me costaba mucho relacionar entre sí. Ella, en cambio, era una artista: combinaba toda la porquería que le salía al paso y era capaz de darle unicidad, de disponerla de tal forma que el resultado final estuviera cargado de sentido.

En aquellas primeras semanas de convivencia, Carmen aún estaba dispuesta a dejarme pasar de vez en cuando al estudio. Fumaba hachís con ella, emitía opiniones deliberadamente infantiles sobre su obra e incluso jugábamos a destruir lo que estuviera haciendo echándonos sobre la tela y rebozándonos en la pintura. Lo único sagrado era nuestro enamoramiento, y Billy tenía prohibido el paso a nuestra zona de juego.

Meses después, cuando la urgencia de terminar los trabajos se impuso a la urgencia de rozarse con el otro –follar, al cabo, no paga las facturas–, Carmen recuperó su ritmo de trabajo original, el que llevaba cuando vivía sola, cuando estaba soltera y ganaba dinero. De ese modo empezó a no dejarme entrar en el estudio, a no compartir el hachís conmigo, a pasar días y noches encerrada allí sola, a su aire. Y tal vez porque los perros no hablan, Billy se reveló como la compañía perfecta.

El trabajo del artista es solitario, decía Carmen. Uno está solo, rodeado de porquería y muerto de miedo ante un trozo de algo, de color blanco la mayoría de las veces, e intenta plasmar en él su visión del mundo. Intenta hallar, mejor dicho, su propia visión del mundo a través de la producción de su obra. Muchas veces trabaja dando palos de ciego, va desarrollando una intuición que algunos llaman musa, otros talento. Sea como sea, en una misión de tal envergadura, la compañía humana es incómoda, contaminante, es capaz de alejar al artista del estado de contemplación necesario para trabajar. Carmen no confiaba en los artistas que llevan una vida social frenética, que conocen a todo el mundo y memorizan los nombres de los demás sin esfuerzo, que acuden a entregas de premios, fiestas e inauguraciones, que tienen siempre un tema de conversación adaptado a las circunstancias, una palabra seductora para los demás; esas personas vueltas hacia fuera cuyos teléfonos suenan siempre a cualquier hora, ya sea de día o de noche.

Es más, cuando me pidió que fuera a vivir con ella, Carmen había puesto la siguiente condición: nunca había tenido conexión a internet en casa y eso debía continuar así. Me dijo que era muy importante para ella, para no contaminar su trabajo.

Carmen tenía una televisión Grundig de tubo sobre una mesilla auxiliar. El peso de aquel mastodonte hacía temblar las patitas de la mesa haciendo que el conjunto recordase a un pelícano con una piedra enorme en la cabeza. Supuse que si tenía aquella televisión obsoleta era como icono decorativo. Baste con decir que la primera vez que la encendí los canales ni siquiera estaban sintonizados. El sólo hecho de pulsar el interruptor y encender aquel trasto viejo me hizo sentir un escalofrío, como si estuviera despertando una máquina que llevaba muchos años dormida, una máquina cuyo comportamiento podía ser imprevisible.

De modo que cuando conocí a Carmen ella no estaba en su etapa más sociable. El artista, decía, seduce únicamente con su obra. Las personalidades muy seductoras socialmente son si acaso ellos mismos su propia obra de arte, al igual que los escritores que socializan demasiado son, a lo sumo, personajes literarios dentro de su propia farsa. A mí todo aquello me parecía muy bien, pero, ¿qué tenía que ver conmigo, con nosotros? Según decía ella, asomarse al otro de forma tan intensa como hacemos a través del enamoramiento no puede perpetuarse por los siglos de los siglos. Opinaba que socializar es una gran mentira porque, al fin y al cabo, ni siquiera cuando nos enamoramos somos capaces de asomarnos verdaderamente al otro, y por tanto siempre nos estamos asomando a nosotros mismos. Lo que ella quería de verdad –lo que ella quería, como dijo, en la vida– era seguir siendo artista. Por encima de todas las cosas. Y eso requería aislamiento absoluto.

No es que su arte y yo fuéramos incompatibles. Lo que no puede ser, decía, es que el enamoramiento se prolongue en el tiempo y termine por devorarlo todo. En algún punto había que coger el enamoramiento y bajarlo a tierra firme. Sepultarlo, hacer que de él brotase algo útil. Orientarlo, darle un objeto. Matarlo.

En palabras que ella nunca dijo, yo empezaría a ser su compañero de piso. Era hora de empezar a pensar en trabajos terminados, en facturas, en ir al supermercado, en preparar la cena y dejarla metida en el horno. Era hora de resistirse a la tentación de llamar a la puerta del estudio y entrar con la polla en la mano. Como quería ser formal, procuré no molestarla. No quería inmiscuirme en su proceso creativo, lo único sagrado para ella.

Y eso que yo no socializaba mucho, por no decir que las reuniones sociales me provocaban urticaria. Me había dado cuenta de que por mucho que me empeñase en lo contrario siempre iba a intentar manipular el entorno con el fin de quedarme solo. Aunque pareciese no soportar la soledad, yo era el ser más solitario del mundo y acababa de aprender que los consejos bienintencionados del resto de la gente no me servían para nada, que aprender a estar solo era un mantra que repetían sin tener muy claro cuál era su significado; o cuyo significado, en fin, no compartíamos en absoluto.

Ambos, ellos y yo, girábamos sin descanso, sólo que a un compás muy diferente. No digo que ellos no fueran también diferentes entre ellos, pero siempre supe que ese no era mi problema. ¿Y cuál era, entonces, mi problema? Bien, en aquel momento de mi vida, mi problema era que me estaba dando cuenta de algo horrible: por mucho que pasaran los años no iba a tener más remedio que provocar inconscientemente el abandono, provocar el vacío a mi alrededor. Si yo me acercaba a la gente era sólo como una vía para volver a hallar el rechazo, un rechazo que siempre acababa provocando. Durante un tiempo me dediqué a rememorar las veces que me había sentido rechazado anteriormente. ¿Habían sido muchas? ¿Pocas? ¿Eran los rechazos que había sufrido yo más graves que los que había sufrido cualquier otra persona? Nada de eso importaba demasiado: los que yo sufrí eran míos, eran mi responsabilidad. Mientras pasaba mi crisis de los treinta, tenía amigos mayores que yo –algunos, incluso, de la edad de mis padres– que se habían ahorrado esta crisis, que la habían pospuesto o intentaban esquivarla; amigos que parecían sobrellevar sus vidas con orgullo, que llenaban sus agendas con citas que sabían prescindibles, que tomaban café con amigos y al hacerlo se aburrían soberanamente, que visitaban exposiciones donde no paraban de bostezar, y todo esto con el único fin de mantenerse en el mundo y a la moda; cosa que nunca iban a reconocer. Eso era lo más triste de todo.

Y qué decir de Billy. El pequeño Billy era un animal tranquilo, poco exigente, el perfecto compañero. Si no querías hacerle caso, se dedicaba a dormir. Podías olvidarte incluso de que estaba allí, tirado en un rincón. Si lo que querías era un poco de cariño, Billy respondía a los estímulos que le enviases, por pobres que estos fueran. Si le lanzabas el pincel al suelo te lo traía con la boca, manchándose el bigote de pintura. Si le regañabas, incluso si lo echabas de la habitación con una patada en el culo, Billy bajaba la cabeza y se arrastraba hacia cualquier otra esquina de la casa. Nunca rechistaba, no tenía reproches para nadie. Si un rato más tarde le pegabas un berrido para que volviese a tu lado, dejaba aquello que estuviera haciendo y no perdía tiempo en regresar.

La nueva disposición de nuestras vidas era entonces la siguiente: yo sentado en el sofá, viendo programas de televisión y aprendiendo, por ejemplo, a construir una sandwichera eléctrica cuando ni siquiera sabía preparar un sándwich, mientras que Carmen y Billy pasaban las horas encerrados en el estudio, como se dice, en amor y compañía.

Billy tenía por entonces cinco años. Me gustaba decir que llevábamos toda la vida juntos. Mis relaciones sentimentales siempre han durado eso, cinco años. Billy y yo habíamos superado esa marca. Pero Billy no había tenido otra madre antes de Carmen: mi amor por él no había tenido competencia, y esto lo digo literalmente. A falta de nada mejor, no es de extrañar que yo fuera su líder.

Había escuchado en un programa de televisión que los perros sólo pueden tener un líder: olfatean quién está al mando y se limitan a obedecer a esa persona. Y aunque yo no estaba precisamente al mando de nada, ni siquiera de mi vida, Billy entendía que por lo menos sí tenía el poder de procurarle el alimento, de negárselo, de llenarle la vasija de agua o vaciarla, de sacarlo a la calle para mear y cagar, de dejarle socializar o no con otros perros. Durante cinco años, el bueno de Billy se había conformado conmigo hasta el punto de convencerme de que yo era para él un líder. Pero cuando Carmen empezó a encerrarse con Billy en el estudio me di cuenta de la realidad. Ahora mi amor tenía competencia. El amor de Carmen por Billy era tan nuevo, tan intenso, y ella estaba tan loca por jugar con él y tenerlo siempre a su lado, que rápidamente me di cuenta de cómo iban a funcionar las cosas a partir de entonces. Mi amor hacia él era más bien una obligación pasiva de suministrarle comida y cobijo sumada, si acaso, a un cariño reforzado con el tiempo. Me gustaba decir que era mi compañero de aire, que Billy y yo éramos cómplices mudos. Es cierto que había cosas buenas entre nosotros, pero lo de Carmen estaba a otro nivel. Carmen estaba enamorada de Billy.

No tardaron en salir al mundo. Ya no sólo pasaban el tiempo encerrados en el estudio: ahora paseaban su idilio por la casa, siguiéndose el uno al otro por turnos, ignorándome por completo. No era su culpa: yo tampoco sabía hacerme presente en aquellas circunstancias. Me costaba mucho dirigirme a ellos, pensaba que mi cuerpo estaba desapareciendo lentamente. Ya no era un hombre, sino el hueco que un hombre deja tras desaparecer. Me sentía despojado de un título que había dado por seguro durante años. En cuanto a Billy, estaba convencido que cualquier intento de autoridad por mi parte iba a parecer un chiste.

Carmen le cantaba y le hacía la comida. Empezó dándole taquitos de jamón y acabó alterando la dieta del animal hasta alimentarlo como si fuese una persona. Le preparaba pollo con nata, solomillo a la pimienta, lasaña de carne, jamón cocido. Yo nunca había visto a Carmen cocinar así. Era, supongo, lo más parecido a cocinar para un hijo adulto por primera vez, como una anciana que recibe la visita de un hijo que había dado por muerto y, después de llorar y comérselo a besos, le prepara la comida que más le gustaba cuando era niño.

Empezaron a quedarse a dormir en el estudio. Por la mañana, ella se excusaba diciendo que había trabajado hasta muy tarde y se había quedado dormida en el sillón.

En el espacio de un par de semanas Carmen se convenció de que aquella revolución gastronómica tenía que abrirse al mundo, y esta vez más allá de las puertas de nuestro hogar. Desenterró la agenda y empezó a invitar a sus viejos amigos, en su mayoría compañeros de la Facultad de Bellas Artes y contactos relacionados con el mundo del galerismo, tan alienígena para mí. Con el paso de los años, algunos de ellos se habían convertido en importantes críticos de arte, otros exponían en capitales de todo el mundo y daban entrevistas en televisión. Sus nombres, a pesar de estar todo el día frente al aparato, me eran desconocidos por completo.

Lo más curioso es que Carmen no se sentía inferior a ellos por haber estado parada durante algunos meses. Sabía que estaba a tiempo, como decía, de volver al mercado. En una cena en la que había bebido un poco más de la cuenta llegó incluso a mencionar cosas tales como hacer la maleta y viajar por el mundo. Cuando sus amigos le preguntaron qué haría con Billy si, efectivamente, volvía al mercado, ella dijo que se lo llevaría consigo a todas partes.

Y no crean que no hablaba también de mí. Decía a sus amigos que yo había sido el punto de inflexión en su vida. Que mi sosiego –por no decir mi mudez, por no decir mi no existencia– suponía un bálsamo para la euforia con que afrontaba el acto creativo. Que hablase de mí en aquellas cenas no significaba que yo estuviera allí. Carmen no me miraba mientras decía todo esto, y los que le escuchaban tampoco me prestaban atención, a pesar de estar escuchando mi nombre una vez detrás de otra, porque yo –no mi nombre– era en realidad un añadido en la vida de mi novia, esa vida que ella dramatizaba por completo cuando se narraba a sí misma; un personaje secundario en la biografía de Carmen Gual, artista plástica. Mientras que las mejores virtudes eran atribuidas a mi persona, yo no estaba por ninguna parte.

Billy se comportaba conmigo de la misma manera. Ya no quería ser mi cómplice ni mi compañero de aire, sólo acudía a la llamada de Carmen. Cuando le intentaba sacar a la calle, en aquellas ocasiones poco frecuentes en que, por estar muy ocupada, Carmen no podía o no quería hacerlo, el animal se negaba a venir conmigo. Prefería aguantarse el pis y la mierda. En una ocasión, ya desesperado, intenté sobornarlo con un rosbif de buey que había comprado exclusivamente para recuperar su cariño. Cuando se lo ofrecí, ni siquiera tuvo el detalle de olisquear el plato. Estaba tan acostumbrado a la carne que ya no tenía el apetito nervioso de los primeros años, cuando vivíamos solos. Me di cuenta de que Billy únicamente estaba dispuesto a aceptar la comida si era Carmen quien se la daba.

Llegó el día en que Carmen decidió hacer la maleta y viajar por el mundo. Se las arregló para que aceptaran a Billy en todos los vuelos, hoteles y galerías adonde iba. Mientras tanto, yo empecé a acostumbrarme a vivir solo.

Noté cómo mi cuerpo iba ganando presencia en la casa cuando ellos no estaban. Ahora podía entrar en el estudio de Carmen todas las veces que quisiera. Decidí instalar allí el sofá y la televisión. Acabé metiendo también el ordenador, la nevera y el microondas. Violando las reglas de forma deliberada, contraté una suscripción a internet y empecé a pasar ahí dentro día y noche. Tenía la televisión y el ordenador encendidos todo el tiempo. Gracias a la pornografía fui recuperando mi sexualidad y mi amor propio. Cuando Carmen y Billy volvían a casa, reordenaba los muebles para que encontrasen su nidito de amor tal y como lo habían dejado.

A lo largo de los años me he preguntado muchas veces por qué no me fui de aquella casa, si no tenía orgullo, o si sólo me faltaba el valor necesario para hacerlo. Es verdad que Carmen y Billy no me necesitaban para nada. Tampoco parecía que quisieran echarme. Estaba empezando a parecerme a un vegetal que se masturba, todo el día delante de una pantalla sólo porque allí de vez en cuando alguna chica miraba a la cámara y parecía estar hablándome a mí. Estaba claro que era el momento de empezar una nueva vida.

No lo hice. Me gusta decir que si no me marché fue porque no podía soportar la idea de renunciar a Billy. Coger al perro y no volver nunca más era una opción, sí, pero iba a resultar muy complicado encontrar el momento: Carmen y él apenas se separaban. Además, sé que me hubiera sentido culpable. Aún los quería lo suficiente como para hacerles tanto daño, y estoy seguro de que Carmen hubiera interpretado nuestra fuga como un secuestro, por mucho que yo fuera el único dueño legal de Billy. No, no me parecía bien terminar aquello de forma violenta. Si algo había aprendido sobre los noviazgos es que cuando terminan de forma violenta dejan sentimientos fantasma que luego cuesta mucho quitarse de encima.

La nueva disposición de nuestras vidas era entonces la siguiente: yo me masturbaba, comía y bebía sin salir del estudio salvo para ir al cuarto de baño, mientras Carmen y Billy viajaban por el mundo. Pasaban varias semanas fuera y los intervalos entre viajes no duraban más de dos o tres días. Cuando coincidíamos en casa, recuperábamos la disposición que guardábamos al principio: yo tumbado en el sofá y ellos encerrados en el estudio.

Recuerdo la tarde en que Carmen vio el router por primera vez. La vi mirarlo y no decirme nada. Un rato después, ya encerrada con Billy en el estudio, dijo desde el otro lado de la puerta:

–Cariño, ¿has puesto internet?

–Ah, sí –contesté–. Un mes de conexión por cable cuesta sólo 19,95.

–Como quieras –dijo Carmen–, pero cuando termine la gira tendremos que darlo de baja. Sabes que este es un asunto muy importante para mí.

Aquella vez, Carmen puso veinte euros más en el sobre que dejaba siempre en la mesilla antes de volver a marcharse.

Todo cambió al llegar la primavera. Carmen había recibido una invitación para exhibir su obra en una muestra de arte de prestigio internacional. Según sus propias palabras, aquella era la oportunidad promocional y económica que había estado esperando durante toda su carrera. Y como la agenda que habían preparado para ella era tan sofocante que apenas le iba a dejar tiempo para ocuparse de Billy, después de mucho meditarlo, Carmen llegó a la conclusión de que lo mejor que podría hacer era dejarlo en casa.

Carmen me dejó unas instrucciones escritas a mano en las que describía con todo detalle qué dieta debía seguir el animal, un calendario con los días en que tocaba bañarlo, cuántas horas de ejercicio debía hacer a la semana, etcétera. Decidí seguirle la corriente para que se marchase tranquila, aunque estoy seguro de que ambos sabíamos que, una vez que me quedase solo con el perro, no iba a hacer el menor caso a su programa.

Cuando se despidió de Billy, parecía tener miedo de no volver a verlo.

Los primeros días me limitaba a ponerle la comida y bajarlo a la calle. No quería atosigar al animal, sabía que no podía recuperar el cariño perdido en cuestión de días. Cuando me vio cambiar los muebles de lugar e instalarme en el estudio, me miró extrañado. No sabía bien si entrar conmigo o quedarse fuera. Poco a poco fue tomando confianza y empezó a llamar a la puerta con la pata. Yo le dejaba pasar sin prestarle mucha atención hasta que en algún punto se acercó a la silla y se irguió sobre las patas traseras, apoyando las delanteras en mi muslo. Sin llegar a mirarlo, acaricié su cabecita peluda hasta que se cansó y se fue hacia la puerta para salir del estudio. Al día siguiente hizo lo mismo, sólo que aguantó más rato recibiendo mis caricias. A pesar del desinterés que me esforzaba en fingir, en el fondo me sentía profundamente conmovido por aquella pequeña reconciliación.

Encontré el nódulo mientras le hacía cosquillas tumbado boca arriba. Estaba en la zona de la ingle. No era muy grueso, aunque su dureza no presagiaba nada bueno. ¿Cuánto llevaba allí? y, sobre todo, ¿cómo era posible que Carmen no lo hubiera descubierto?

Billy había nacido con un solo testículo. Cuando lo compré, el dependiente de la tienda de mascotas me había dicho que la criptorquidia era un problema bastante frecuente en su raza. Por lo visto, el otro testículo debía tener el tamaño de una lenteja y estaba alojado en el interior del abdomen por un fallo en el desarrollo embrionario. El dependiente me dijo que no debía preocuparme, aunque sería conveniente hacerle una ecografía de vez en cuando, pues los testículos que se quedaban dentro del abdomen podían dar problemas a medida que el perro fuera cumpliendo años. Cuando le pregunté a qué tipo de problemas se refería, me contestó que Billy tenía diez veces más posibilidades de desarrollar un tumor de testículo que un perro normal. De modo que, ante cualquier signo extraño en las ecografías de control, para detener el avance de las células malignas habría que castrarlo.

Lo llevé al veterinario. Me dijeron que había sido un inconsciente al dejar pasar tanto tiempo sin hacerle una ecografía de control. Después de la reprimenda vinieron las buenas noticias: al parecer, aún estábamos a tiempo de extirpar el tumor.

Billy entró en quirófano aquella misma noche. A la mañana siguiente, cuando le dieron el alta, el veterinario me dijo que Billy estaba castrado y fuera de peligro.

La recuperación fue más rápida de lo que esperaba. Desde la misma mañana en que lo recogí en la clínica, a pesar de que estaba aturdido por el efecto de la anestesia, Billy empezó a ir conmigo a todas partes. De hecho, su afecto hacia mí empezó a ser mucho más pródigo de lo que había sido nunca. Ya no sólo era mi compañero de aire: desde su paso por el quirófano, Billy se había convertido en mi amigo inseparable. Llegué a pensar si era posible que la razón de su actitud fuera que me estaba agradecido por haberle salvado la vida.

En cualquier caso, Carmen estaba a punto de volver de su viaje y pensé que a nuestra amistad le quedaban los días contados. Estaba convencido de que, en cuanto ella llegase, Billy no tardaría en volver bajo su falda, así que empecé a prepararme mentalmente para una nueva temporada de exclusión.

Cuando Carmen llegó a casa, sin embargo, era evidente que Billy ya no le prestaba tanta atención como antes.

–¿Se puede saber qué le ha pasado? –dijo, alarmada al ver la sutura que le recorría el escroto–. Mi niño… –dijo entonces dirigiéndose a él–. ¿Qué es lo que te han hecho?

Le expliqué lo que había pasado. Me echó una bronca monumental por no haberle dicho nada antes sobre las ecografías de control. Ni siquiera hice amago de interrumpirla.

Mientras me caía el chaparrón me entretuve pensando en que ella había sido la causante de la enfermedad de Billy. Creé una hipótesis imposible: el amor de Carmen era tan agobiante que había tomado la forma de un tumor, como si Carmen hubiera crecido en los testículos de Billy hasta reventarlos, hasta hacerle perder la virilidad. Obviamente, ahora que su organismo carecía de ese impulso, Billy había perdido por completo el afán de acaparar la atención de la única hembra de la casa.

A pesar de mis temores iniciales, Billy no me odiaba por haberle llevado a la mesa del quirófano. La cirugía le había reconciliado conmigo y le había alejado de Carmen.

Cuando terminó de echarme la bronca, me fui al sofá y encendí la televisión. Carmen entró en el estudio y pegó un silbido para llamar a Billy.

Billy emprendió la marcha hacia el estudio. Parecía dubitativo, quizá sólo fuese que aún estaba convaleciente tras la cirugía. Cuando llegó al umbral, Billy giró la cabeza para mirarme. Yo le sonreí desde el sofá. Luego miró hacia el interior del estudio, vaciló y terminó por tumbarse justo donde estaba, obstaculizando el recorrido de la puerta. Después de silbar de nuevo, esta vez quizá un poco más fuerte, Carmen se dio por vencida.

Fue una novedad muy agradable comprobar cómo, al dejar la puerta abierta, se formaba una ligera corriente de aire entre el estudio y el salón, como un hilo invisible que conecta dos planetas separados entre sí por millones de kilómetros de oscuridad.

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1 Response

  1. 27 Mayo, 2015

    […] reseña de Gonzalo Ruiz Suárez acerca de Mi perro Billy, de Javier Palencia. El primer relato de La higiene íntima, el próximo libro que […]

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