LA SONRISA DE OBAMA

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por Ino Mateos

Hace unos días colgué en mi estado de Facebook lo siguiente:

 

Plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Sólo así nos realizaremos. ¿Quién dijo esta mierda?

Al parecer se le atribuye a José Martí. 

Me gustaría que resucitara para cogerle de las solapas, mirarle a los ojos y decirle que es un gilipollas. 

Lo que dijo José Martí son tres gilipolleces. Tres soberanas, hermosas y rotundas gilipolleces. Y ahora todos andamos repitiéndolas.

Violar, torturar y matar son las tres claves con las que alcanzaremos una realización auténtica, casi mística.

 Llegar a situaciones extremas es la única forma de conocer nuestros límites.

Cualquier tabú se convierte en una situación extrema. 

Algunos dirán que todo esto es legal y moralmente complicado. Yo digo que en el momento en que logremos asumir que los verdaderos enemigos de la sociedad son la ética y la moral de nuestro tiempo, no tendremos reparos en cargarnos a algún hijo de puta. 

Yo ya he empezado. 

El sábado que viene iré a la montaña con un amigo a pasar el día con un par de bocadillos de mortadela. Una vez terminada la merienda le diré que me ha parecido verle piojos en el pelo. “Acércame la cabeza –le diré- así podremos estar seguros”, entonces amagará la cerviz y le clavaré el cuchillo de la mortadela en la nuca. 

Ya puedo imaginar el intenso placer, la adrenalina de la matanza, las manos llenas de sangre, los espasmos de mi amigo tirado en el suelo mientras lo observo con una sonrisa maquinal, hierática.

Después, si se tercia, hasta me follo el cadáver.

Así es como yo me realizaré y me convertiré en un ser humano un poco más completo.

 

Bien. Todo esto que acabáis de leer no son más que chorradas. Digo este tipo de cosas porque sé que Obama tiene controlado el Facebook: si en el mismo post utilizas palabras como matar, sangre y cuchillo, inmediatamente empiezan a saltar las alarmas de la Casa Blanca.

A menudo, cuando me aburro, el presidente de los Estados Unidos pierde la paciencia conmigo. Me gusta marearle, desconcertarle, ponerle nervioso. Tú también puedes hacerlo si, por ejemplo, le mandas un Whatsapp a un amigo diciéndole que vas a entrar en una guardería con una escopeta recortada.

Llegué a ponerme tan pesado con este jueguecito que tras varias visitas en vano del FBI, el mismísimo Obama tuvo que venir personalmente a verme. Aterrizó con su lujoso jet en la puerta de mi casa. No había rastro de guardaespaldas y lo que más me sorprendió: tampoco había piloto.

Parecía un ser sobrenatural bajando del avión que él mismo pilotaba, acercándose con una sonrisa que dejaba a la vista una hilera de dientes blanca, resplandeciente, maravillosamente enmarcada en su rostro negro.

-Maldita sea, Inocencio, ven aquí y dame un abrazo –me dijo con su sonrisa eterna.

Su castellano era perfecto. Me sentí muy feliz y protegido entre los brazos del tío más poderoso del mundo y le correspondí con un fuerte apretón.

-Joder, Ino, me haces daño, cabrón.

-Señor Obama, ¿ha venido usted solo?

-Pero bueno, qué es eso de señor Obama, llámame Obi, por favor. Sí, he venido solo, ¿hay algún problema?

-Ninguno, ¿pero eres consciente de que podría matarte aquí mismo y cambiar el rumbo de Occidente?

Por lo visto aquella apreciación le hizo gracia.

-De verdad, Ino, me caes genial, pero asúmelo, eres un mierdecilla. No vas a matar a nadie. ¿Ves este bíceps? Te fundo.

-Ya… ¿una cerveza?

-Sin alcohol a ser posible. Tengo un avión que pilotar.

-Venga, Obi, ¿quién es ahora el mierdecilla?

-Ja, ja. Eres implacable, Inocencio. Venga va, que sean dos cervezas.

Saqué dos latas de Steinburg y comprobé que los diplomáticos también pueden ser muy borrachos si se lo proponen. Se terminó la primera lata y a mí me quedaba todavía la mitad, pero él seguía y seguía pidiendo cerveza, era como tirar piedras en un pozo ciego. ‘Joder, este jodido brebaje es como la vida misma’, decía eufórico el presidente de los Estados Unidos de América. Después abrimos la ginebra y seguimos con el whisky.

Horas más tarde, los dos yacíamos en mi cama, desnudos, entrelazados y sudorosos. Todo sucedió muy deprisa y de forma natural. Obama se encendió un habano. Continuamos largo rato en silencio, extasiados, mirando al techo: había sido un polvo tremendo.

-Ino, cariño, eres genial, un poco ingenuo, pero de verdad, te aprecio muchísimo. -dijo echándome una mirada terriblemente dulce.

Y claro, yo estaba embelesado. Recuerdo que empezaba a enamorarme.

-Ay, Obi, algo escondes con tanto piropo. Suéltalo, bribón.

-Me has pillado. -no dejaba de sonreír, sus dientes eran perfectos, blanquísimos, cegadores. Siempre tan encantador-. Verás, Ino, cómo decirlo… a ver, no quiero que te ofendas, de verdad, seguro que sabes que yo soy un hombre con mucho trabajo… sí, lo sabrás de sobra, ya habrás visto las noticias… pero aun así no cejas en tu empeño, sigues publicando esas barbaridades en Facebook y siempre me saltan las alarmas; recibo continuas quejas de la CIA y del FBI, creen que te estoy dejando pasar demasiado, me toman por un flojo, un débil. Cuando creía que ibas a parar, volviste. Siempre vuelves.

Se hizo un largo silencio, un silencio espeso, espeso como el secreto maravilloso que cubría las sábanas. Luego continuó.

-Me gustas, sí, por eso estás vivo aún, pero como sigas por ese camino tendré que encerrarte y de verdad que no quiero llegar a ese extremo. Deja el Facebook por un tiempo o no tendré alternativa. Cambia ahora que estás a tiempo, cariño.

Me enfureció muchísimo. Aquellas palabras me dolieron como si me hubieran golpeado con una paellera en las cervicales. Me había roto el corazón y exploté.

-Vaya, no me lo puedo creer, ¿de verdad te crees en posición para decirme lo que debo o no debo hacer? Tú, el explotador por excelencia, el terrorista de traje y corbata, dime, venga, dime cómo funcionan tus queridos Estados Unidos, ¿cuántos países tienen que ser sometidos para que disfrutéis de vuestros nuggets de pollo y luzcáis vuestros calzoncillos Calvin Klein? Seguro que también te suena el coltán, el mineral, ¿qué me dices de los niños muertos de hambre trabajando en las minas del Congo para que tú puedas jugar al Candy Crush desde tu iphone? Por no hablar del asedio que ordenaste contra miles y miles de inocentes en Oriente Medio, hace cuatro años. Sí, Obi, querido, te sienta muy bien el Nobel de la Paz, ya lo creo que sí, de maravilla. ¿Y qué hay de lo personal? Tampoco te quedas atrás, ¿dónde se cree tu amada Michelle Obama que estás ahora? ¿Acaso cerrando un acuerdo de aislamiento contra algún país latinoamericano? También os gusta mucho lo de cerrar la entrada de alimentos a países pobres. Te conozco, mr. President, lo que a ti te pone cachondo es el petróleo, tu lubricante favorito, grandísima maricona. No te permito que vengas a mi casa a decirme lo que debo o no debo hacer, por dios, ¡en mi propia casa! No te atrevas a amenazarme otra vez o te juro que hablaré con Michelle y el mundo entero sabrá que eres un homosexual reprimido y adúltero con 25 centímetros negros como el chapapote. No vuelvas más, no quiero volver a ver ese traje de veinte mil dólares por aquí. Hazme el favor, vístete y vete de mi casa.

-Pero, yo…

-FUERA.

Lo último que recuerdo de aquella tarde es que la casa tembló como sacudida por un terremoto, a lo que siguió un ruido tremendo, ensordecedor, dañino de tan intenso.

Después el silencio.

Supongo que el avión de Barack Obama había despegado.

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