La importancia de hacer la cama

Por Autoría Bastarda

La importancia de hacer la cama

Su madre no le permitía saltarse la tarea de hacer bien la cama. Y el bien no era accesorio. Alguna vez tuvo que repetirla al no pasar la inspección. No importaba que tuviera que correr para no llegar tarde a la escuela. De hecho: cuando alguna vez se retrasó de más y llamaron a su madre desde el colegio, al replicar con un “es que me hiciste volver a hacer la cama”, se ganó una reducción de quince minutos de tiempo de sueño.

La rutina matinal de Alicia fue siempre la misma: su madre la despertaba, ella gruñía y poco después abría los ojos; tras salir de la cama la deshacía a conciencia (no valía, lo había intentado, dejar las sábanas al pie para luego estirarlas, su madre lo notaba); dejaba que se oreara mientras se duchaba, vestía y desayunaba; finalmente hacía la cama: quitaba la almohada y cogía por la esquina la bajera que ondeaba enérgicamente unas cinco veces; después la estiraba; lo siguiente era colocar la sábana, perfectamente centrada y extendida; encima, según el frío, hasta dos mantas que aprisionaba bajo el colchón antes de plegar el borde de la sábana cubriéndolas; colocaba la colcha, azotaba la almohada y lo sellaba todo con un cojín y una muñeca. Perfecto (casi siempre)

Alicia ya no hace la cama después del desayuno. Ni siquiera desayuna. Ducharse sí se ducha, la mayoría de las veces con agua fría. El azote de realidad la convence de estar despierta. Después rebusca entre la ropa algo que ponerse (de hoy no puede pasar sin poner una lavadora), aunque bajo el uniforme lo mismo dará. Busca un cigarro en la cajetilla vacía. Sigue sin haber. Se marcha mientras aún es de noche, cuando vuelva de trabajar seguirá siéndolo (hoy doblará turno otra vez)

Comienza su rutina: ficha; se pone la bata, el delantal, la gorra y los guantes; las compañeras comienzan a llegar; rosario de tópicos antes del amanecer; se conforman con un saludo o una media sonrisa (saben que no le gusta hablar mucho: lo suficiente como para no parecer una rara, no tanto como para tener que mantener una conversación insustancial durante más de diez minutos); va a su puesto.

En la cinta transportadora todo se reduce a coger la fruta (manzanas, peras, nísperos, nectarinas, membrillos, lo que toque ese día) y colocarla en las cajas. Cuando una caja está llena, se desapila y se deja detrás para que los chicos luego las carguen y se las lleven, dejando más cajas vacías. El ritmo lo marca la cinta. Los días que hay menos fruta suele poner una pieza en la caja cada tres segundos (a veinticuatro piezas por caja, un total de setenta y dos segundos por caja). Si hay mucha fruta hay que trabajar más rápido: dos o tres piezas por segundo (a veinticuatro piezas por caja, un total de doce u ocho segundos por caja). Así durante diez horas por turno, descontando una pausa, dos como mucho, de cinco minutos para ir al baño, un descanso de quince a media mañana para tomar un café, y tres cuartos de hora para comer. Demasiados minutos. Demasiadas cajas.
envasadoA Alicia no le disgusta el trabajo. Es sencillo y mecánico. Muchas horas de pie, eso sí. Las piernas y la espalda acaban resintiéndose. Es duro, pero ella lo aguanta y además no tiene que pensar. Si hay suficiente fruta incluso no tiene que fingir que escucha a sus compañeras. Las punzadas en los riñones mantienen alerta a Alicia cuando el murmullo del gallinero se mezcla cacofónicamente con el arrullo de la cinta y el ronroneo de los motores. Es hipnótico.

Un aguijonazo en los gemelos la despierta. No hay fruta en la cinta pero sus manos continúan llenando una caja. Ha sido un instante, nadie lo ha notado. La pausa del café. Se funde en el flujo de mujeres que va hacia el comedor (será la hora de la comida entonces) No es la primera vez que le pasa, la rutina causa estas lagunas temporales. Cuando todos los días son iguales no hay forma de saber cuál momento corresponde a qué día, pero da lo mismo. Cuando puede valer el recuerdo de uno u otro, ¿a quién le importa?

A Alicia no. Salvo cuando olvida traer algo para comer o no recuerda cuándo fue la última vez que visitó un cajero. Por suerte la amistad es algo que ciertas personas regalan. Ana le vuelve a salvar la vida. Alicia le sonríe. A cambio de los diez euros se esfuerza por parecer interesada en lo que le cuenta: preparativos de boda. Se ve que el chico aquel iba en serio. Alicia tiene la impresión de que su amiga se precipita, apenas se conocen. No, espera, ya llevan juntos cerca de tres años, le recuerda Ana. Poco más de lo que llevan ellas en la fábrica. “Las dos novatas de la cinta, ¿te acuerdas?”. Hay amistades fundadas en casualidades más ridículas.

Tres años. Alicia despierta y se topa con sus manos disfrazadas de látex azul. Las sabe envejecidas, cansadas. Ana le da con el codo y le hace una broma a cuenta de seguir trabajando. Alicia sonríe mecánicamente, pierde la vista en los melocotones y deja a sus manos volver a hacer lo que mejor saben.

Termina el turno. Muchas se marchan, Ana entre ellas, para dejar sitio a otras. Pocas doblan, la mayoría por dinero, Alicia por inercia. El ciclo comienza como si no hubiera pasado nueve horas frente a la cinta. En unos minutos vuelve a fluir la fruta, a crecer y disminuir el oleaje de voces femeninas según la marea de ciruelas. Una breve visita al cuarto de baño. Más peras. Las ajenas manos azules se siguen moviendo al ritmo que marca la transportadora. Las rodillas son las que se quejan esta vez. El estómago se lo pensará a la hora de la cena. Las cajas desaparecen llenas a su espalda y aparecen otras vacías a su lado. Así desde hace tres años. Pero Alicia ya ni piensa.

Llega a casa, no recuerda el viaje de regreso. No está segura de haber cerrado bien el coche (no le preocupa, está en el garaje) El edificio está en silencio. El mundo duerme. Alicia pronto dormirá con él. Es domingo, no despertará hasta bien entrada la tarde. Se entrega en la cama desecha. Se desnuda despacio tirando la ropa al montón de la silla, que colapsa (no hay duda: debe poner una lavadora) Busca, en la mesilla, un par de pastillas para no soñar. ¡Joder! No quedan.

La luz del sol la despierta antes de lo previsto. Olvidó bajar la persiana. Alicia se tapa la cara con las manos. Están resecas, las aleja. Lentamente sus pupilas se ajustan hasta enfocarlas. Están llenas de arrugas que no conoce. Las uñas mordidas les devuelven algo de familiaridad. Se da cuenta de que están en posición de sostener una mandarina. Tres años son suficientes para transmutar unas manos en pinzas, una niña en autómata, una vida en nada. ¡No! Abre los dedos, los extiende todo lo que puede, quisiera que salieran disparados de sus manos, le duele. ¡Basta!

Se levanta con idea de bajar la persiana y volver a fundirse en negro. Hay ropa por todo el parqué. Debería recogerla. Luego. Entonces ve lo que había bajo la pila de bragas, pantalones y camisetas: la muñeca que su madre le obligaba a poner sobre el cojín, después de hacer bien la cama. La coge, la mira, la abraza. Cierra los ojos. Intenta contenerlo pero sabe que esta vez no va a ser posible. Alicia llora tres años de lágrimas.

Cuando se perdona, para.

Se da una ducha caliente, sin prisas. Recorre su cuerpo con las manos desnudas que comienzan a recordar para qué más fueron creadas. munecaAl salir se pregunta si tendrá algo para desayunar. Le da para un café y apenas dos galletas. Se viste y encuentra unas sábanas limpias con las que hacer la cama. Quita la almohada. Ajusta la bajera, dejándola sin arrugas. Coloca encima la sábana, perfectamente centrada y extendida, aprisionada bajo el colchón y con el borde superior doblado. Sobre ella la colcha de hilo. Ahueca, deposita y cubre la almohada. Lo sella todo con un cojín y con la vieja muñeca. Sonríe. No ha quedado perfecta (ya la hará mejor mañana)

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