Infancia

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Roberto Elvira Mathez (Foto)

Desempacar una valija, escribir una biografía, ordenar los libros en la estantería. El nombre es Roberto Elvira Mathez (1989) pero su pronunciación depende de la edad. Nació en Tarragona, España, pero a los seis años se mudó a Rotterdam, Holanda. Sin embargo, fue en Argentina, entre Bahía Blanca y Buenos Aires, donde residió la mayor parte de su vida. Allí terminó su Licenciatura en Letras para después, en los dos últimos años, trabajar como profesor de español en París, perder su rumbo en Madrid, enamorarse de Hanoi, construir cabañas en Suiza y viviendas de emergencia en Filipinas. Ahora reside finalmente en Estocolmo, Suecia.

 

La silueta de los Casanova, abrazados de la cintura, acechaba desde la entrada de la casa. La puerta, completamente abierta, recortaba a la joven pareja con una luz artificial, un faro para la madre y el hijo recién descendidos del auto que corrían a refugiarse de la tormenta. El padre, en cambio, ocultando su apuro, caminaba con paso pausado, soportando el torrente cayendo a su espalda.

Ya conocían la casa, no había cambiado mucho desde su última visita, lo único fuera de lugar era el desorden respirado en la sala: los sillones amontonados o los cuadros levemente ladeados no colaboraban con el incienso ni el piso encerado. La perfección exigida en cada rincón, expuesta bajo una luz artificial que iluminaba el sillón, la mesa, el televisor, las sonrisas, el piano y los cuadros, les borraba por completo su sombra.

Una breve bienvenida, seguida por las correspondientes preguntas y respuestas, dio comienzo a la noche. El padre señaló su ropa mojada y, para no molestar, se llevó el abrigo de su esposa. Se encaminó al guardarropa, que ya conocía de su última visita, y lo encontró abierto. No había nada diferente, apartó unos impermeables al costado y colocó las dos camperas seguida una de otra; éstas, por mucho que intentara, terminaron mojando las prendas vecinas. No pudo controlar su mirada y quedó atrapado por unas cajas marrones, escondidas bajo unos sobretodos. Solo, en medio del armario, removió la ropa y abrió lentamente una de las tapas.

La caja era nueva, por cómo se sentía al rozar el cartón, libre de polvo y sin marcas. La siguió abriendo hasta divisar pequeños abrigos y pantalones celestes y la cerró, nervioso, como si pudiera contagiarse de alguna enfermedad.

–Y, querido, ¿encontraste el armario?
–Sí, ¿por?
–No, es que tardaste.
–Es que fui al baño antes.

Atrás de ellos se encontraban los Casanova, jugando con Tomás, el hijo de sus invitados, juegos ya demasiado infantiles. Era la esposa la que más tiempo permanecía con el chico, arrodillada en el piso, ocultando su cara con las manos para que el pequeño se riera una y otra vez de las diferentes expresiones descubiertas; el esposo, mientras, los miraba de atrás, sus ideas frunciendo su ceño, tirando para abajo sus párpados. Los padres del niño, al verlos, no hablaron.

–Tommy deja de molestar, vení para acá.
–No hay problema, en serio.

La esposa se irguió y les sonrió como hace mucho no hacía, se sentía renovada y no tenía intenciones de ocultarlo, acarició la cabeza de Tommy y lo llevó al living para que pudiera ver la televisión. Quedaron sólo los tres y, aunque fuera por segundos, no se dirigieron la palabra, permanecieron callados; no se conocían mucho, eran las esposas las que habían creado un vínculo en el trabajo y siempre parecía equivocado cuando una faltaba. Cuando volvió, sin necesidad de palabras, se fueron a la cocina.

Ya con la comida servida y los vasos llenos, la conversación no tardó en fluir por la mesa. Reaparecieron las risas. También regresaron las sonrisas entre el marido y la esposa.

–¿Cuándo vas a volver al trabajo?
–Pensamos con mi esposo tomarnos unas vacaciones, no muy largas, claro, pero lo suficiente para aclarar la cabeza. ¿Por qué? ¿Tatiana se está quejando?
–No, para nada, ni ella es capaz de tanto. La cosa es que te extrañamos en la oficina.
–Gracias, pero no te preocupes, en serio. Me olvidaba, ¿este viernes es el cumpleaños de Tommy?
–El próximo, el 17. Pero qué bueno que me dijiste. Te cuento, estamos planeando una fiesta sorpresa para Tommy, cumple siete años y tienen que venir.
–Sí, seguro vamos, ni lo dudes.
–No sé si puedo ir el viernes que viene. No me mires así, no es que no quiera pero tengo que recuperar las semanas que falté.

El esposo se escudaba de la mirada de su esposa.

–¿No era que te perdonaban las semanas de retiro?
–Sí, pero viste cómo es. No me mires así, si querés vacaciones nos vamos de vacaciones, todo para que te sientas mejor, pero no puedo perder más tiempo.
–No hay problema, linda. Te venís vos sola. Hablando del cumpleañero, ahí viene del living, ¿no es tierno?
–Mami, estoy aburrido.
–Pero hijito, tenés la televisión. ¿No hay un programa que te guste?
–Quiero volver a casa, Mami, tengo sueño.

La mujer continuaba mirando al marido.

–Tranquilo, Tomás, y dejá de gritar que estás entre adultos. Ahora, por qué no vas a divertirte al living, que dentro de poco nos vamos.

Se alejó corriendo, pero esta vez no volvió al living, escabulléndose, antes de poder detenerlo, por uno de los pasillos que comunicaba con las habitaciones. La madre miró a la amiga, esta le hizo una leve señal de que dejara al niño.

Había resultado una buena intervención. Lograron retroceder al jardín, al clima, a los recientes escándalos de Tatiana y a todo lo que pudiera regresarles las sonrisas. Pero no pudieron volver por completo, implícito en sus miradas, en aquellos silencios al final de las oraciones o en las risas híbridas, nunca materializadas, de las cuales apenas una sonrisa torcida sobrevivía.

Ya con los platos vacíos delante de ellos y la noche bien avanzada, no sabían, con precisión, cuantas horas habían pasado desde su entrada. Intentaban robar furtivos ángulos del reloj, pero siempre una mirada u otra eran interceptadas y no había excusa para redimirlas.

–No quería molestar con lo del cumpleaños, es que realmente está complicado. No es una carrera de ensueño pero paga. Lo que sí hay es demasiada competencia.
–No te preocupes, en serio. ¿Pero es tanta para que no te dejen descansar unas semanas?
–Te dejan, sí, pero si uno quiere avanzar lo tomas como un guiño. –Pero unas semanas…
–Sí –pensó detenerse ahí–. Incluso unas semanas.
–Hey, chiquitín. ¿Qué hacés ahí atrás? ¿Qué? ¿Tenés alguna cosa que decir?
–Quería saber…
–Que te dije de molestar, Tommy, ve a jugar.
–Esta bien, déjalo. ¿Qué querías preguntarme?
–¿Por qué la cuna esta vacía?

El silencio, ubicándose entre ellos, permitió que el tiempo se espesara, dándoles un mínimo de anticipación. La amiga se levantó y se situó atrás de la madre, que comenzaba a llorar, el hijo se apartó a un costado al ver la mirada de su padre, y el otro padre, mudo, incapaz de reaccionar, permaneció sentado.

Ahí se encontraban, los padres, uno del presente y el otro del pasado, mirándose, incrédulos o atontados, no se distinguía en el momento, las madres, como una sola, madres a pesar del tiempo, lloraban juntas, y el hijo, apartado hacia un costado, seguía observándolas, callado, cómodo en su niñez. Los cuatro reunidos bajo aquella luz artificial que borra sombras.

(En Tú y yo y las primeras lluvias)

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1 Response

  1. 30 Abril, 2015

    […] Podéis leer el primer cuento del libro en este enlace. […]

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