Imbricación

por Felipe Guindo

Algunos peces de los que alberga la fuente están ahí desde antes de mi nacimiento. Recuerdo a mi abuela lozana y joven, antes de que yo la pudiera haber visto, remojando sus pies y salpicando, como para desembarazarse de malos recuerdos. Era un tiempo parentético; supo llevarme desde el sótano hasta la pequeña fuente, de la que nada queda, entre los olivos del bancal.

Encontré llorando a Frasco en una barca, echando de menos a su mujer porque lo había dejado. Porque se había muerto una mañana y ahora estaba solo. Eso se levantó diciendo el niño, y cuando dan las diez toca Carmen a la puerta viva como el día en que nació, diciendo que se le ha muerto el marido. Frasco, el que lloraba. Muerto en una barca.

El pez más viejo de la fuente suele darme besos en los pies. Como para comer de mi piel endurecida. Mi padre me mira desde el olivo enfurecido. No soy el niño de carne. Soy el que cruza el balcón tras las ventanas en las noches de luna plateada. Soy al que la abuela mira fijamente cuando desvaría. Soy el que acompaña al fisgón del pasillo sin miedo alguno, el que se acostumbró al frío, el que duerme en un tonel de la bodega.

Despierto algunas noches con el sonido de la puerta al rozar con el suelo; el fisgón abre una rendija para observarme desde la puerta. Siento miedo cuando pienso que algunas veces no despierto, y el fisgón abre del todo, y entra, y se agazapa al pie de mi cama. Sé que cuando se queda en la puerta respirando tan ansioso, y aguantando la risa, es porque sabe que me he despertado. Algunas veces he despertado porque me estaba oliendo los pies, y lo he visto salir por la puerta agazapado, para que no lo viera, y la respiración ansiosa se pierde hacia la cocina, y lo oigo bajar a la bodega. La silueta inconfundible de mi madre aparece de vez en cuando en la oscuridad del pasillo. La veo desde la rendija que queda en la puerta. Y mira a la cocina, y me mira a mí, y a la cocina, porque oye la respiración ansiosa del fisgón, y me mira creyendo que estoy dormido, que no sé nada.

– Que Dios sepa perdonarte, Antonio, hijo de mis entrañas, por ahogar a tu hermano gemelo. Dicen que el alma inocente no conoce el pecado: jugando ha sido el crimen. Los huesos de aquél con que el compartiste vientre te perseguirán hasta la tumba.

El pez más viejo de la fuente, nota el sabor a vino de mis pies. Él sabe todos los secretos. El amor de un padre no es el amor de una madre. Me mira desde el olivo, furioso como un toro de lidia.

Los muertos van a hablar con el niño, dijo mi madre cuando le conté mi sueño de la barca, y yo le acabo de preguntar a mi padre por alguien a quien mató. Y él me mira desde el olivo, como un furioso toro de lidia. No soy el niño de carne. Soy el que cruza el balcón tras las ventanas en las noches de luna plateada. Soy el que acompaña al fisgón del pasillo sin miedo alguno, el que se acostumbró al frío, el que duerme en un tonel de la bodega. El amor de un padre no es el amor de una madre.

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

-->