Humo de domingo

Por Maria Eskaleno

humo-2Son como dos budas sentados en el viejo sofá. Él habla pero no escucha. Ella tampoco escucha y habla a la vez. Sobre sus cabezas, una ventana con la persiana subida. La tarde va cayendo como en suspiros. El monte verde y pardo contrasta con el trocito de cielo azul que aún queda. El resto del cielo, sólo nubes grises.

Voy a bajar ahí abajo –dice él.

¿Para qué? –replica ella.

En la televisión el fútbol aburrido, como la tarde del domingo, avanza sin sobresaltos. A nadie importa el resultado. Él no ha bajado, aun cuando los anuncios televisivos irrumpen en el transcurso del partido.

En la cocina destartalada a la luz del anochecer incipiente, se respira un ambiente pesaroso y denso. La chapa está encendida y de cuando en cuando se oye un chisporroteo dentro. Es abril pero bien pudiera ser febrero. El humo de los años ha ennegrecido paredes y techo. El humo de los años también ha oscurecido dos vidas ya en pleno invierno.

No importa que sea abril. No importa que sea febrero. Aún más recostados, él y ella, ahora en silencio, miran la tele apenas sin ver nada. El reportero sube el tono, jugada de peligro y ambos elevan la cabeza como si les interesara. No hay gol, todo queda en agua de borrajas.

Se dejan caer nuevamente relajados. Con la noche ya encima, tan sólo la ventana aparece iluminada por una media luna lejana.

–Voy a bajar ahí abajo –dice él.

Bueno, pues no te olvides de subir una caja de leche –acepta ella– y huevos.

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