EL RATONCITO PERES

por Alejandro Pedregosa

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Me llegan noticias de que Domingos Peres, el Ratoncito, ha muerto. Debía de andar por los ochenta. Yo lo conocí treinta años atrás. Por entonces ya tenía la espalda encorvada y ese perfil fantasmal que define a los hombres prematuramente viejos.

Moreno y portugués era el prestamista más reputado de la capital; sus pingües beneficios no habían conseguido mejorar su aspecto de inmigrante menesteroso. Le apodaron “el Ratoncito” por lo mucho que le gustaba el queso. Recibía a sus clientes en una mesa rinconera de la Taberna del Cojo, siempre servido de una gaseosa y un platito de queso añejo que roía concienzudamente.

Tengo la impresión de que el Ratoncito no estará solo en su entierro. Por lo general se le tenía cariño. Era un usurero, de eso no cabe duda, y la mayoría de las veces se lucraba con intereses abusivos; sin embargo, en otras ocasiones (cuando intuía un préstamo difícil de cobrar) se inventaba arreglos de lo más variopintos y se las apañaba para que el deudor regresara a casa satisfecho, con la feliz sensación de haber conocido a un hombre justo.

Se contaba que el primer cambalache insólito fue con un tendero que necesitaba medio millón para que no le embargasen el negocio. El Ratoncito se los prestó a cambio de cuatro dientes de oro que el tendero tenía incrustados en la encía. Los gastos del sacamuelas, según el contrato, corrían a cargo de Peres y si una vez extraídas las piezas no resultaban ser de oro auténtico el usurero podía reclamar para sí la totalidad del negocio. El Ratoncito era hombre reservado y no quiso explicar para qué quería los dientes. El tendero por su parte, una vez libre del embargo, se dedicó a sonreír a la clientela, dejando que las mellas salvadoras dieran noticia de su buena fortuna.

Este tipo de excentricidades le otorgaron a Peres cierta fama de bondadoso y muchos desgraciados desfilaron ante su mesa con la esperanza de que el Ratoncito se interesase por su caso. Yo fui, hace treinta años, unos de aquellos infelices que probó suerte en la Taberna del Cojo.

Por entonces tenía yo veintitantos años y ambicionaba por encima de todo ser escritor. Estaba muy delgado, me mantenía de la caridad de los amigos y de esa extraña savia romántica y nutritiva que otorga la juventud. Amaba la libertad y los versos clásicos con el mismo vigor que odiaba las tropelías de nuestros corruptos gobernantes. Creía que el mundo se podía cambiar y que yo, en última instancia con mi pluma, era uno de los elegidos para semejante propósito.

Con esta ambición publiqué mi primera novela, La estirpe de Caín, que si bien me valió el reconocimiento general de la crítica y un buen puñado de lectores, me otorgó también numerosas demandas en los juzgados, pues el gobierno en pleno se querelló contra mí por injurias, atentados al honor, apología del terrorismo y no sé cuántas cosas más.

En un primer momento me sentí elogiado por haberme convertido en «el azote del poder», pero pronto comprendí que debía buscarme unos buenos abogados si no quería pasar el resto de mis días en la cárcel.

La generosidad de mis amistades alcanzaba para pagarme la comida, el cuartucho donde vivía y las farras nocturnas, pero los abogados capaces de pleitear contra el gobierno eran pocos y valían bastante más de lo que mis amigos estaban dispuestos a dejarme. No me quedó más remedio que visitar al Ratoncito Peres e intentar que mi historia le conmoviera.

Recuerdo que evitó mirarme a la cara. No por arrogancia o soberbia; lo suyo era una especie de timidez que apenas le dejaba levantar la cabeza del platito de queso. Hacía un ruido particular cuando bebía la gaseosa y escuchaba las historias de perfil, como un cura en el confesionario, siempre royendo su bendita materia grasa y amarilla.

No se inmutó cuando le conté la fuerza de mi «enemigo» ni el peligro que se cernía sobre mi futuro; menos aún cuando quise exponerle mis incipientes logros literarios. El Ratoncito Peres era un prestamista no un mecenas; asuntos como el arte o la belleza le quedaban tan lejanos como Marte o Saturno.

-Me dice usted que necesita dinero para litigar contra el gobierno.

Me habló de usted. Su voz era sedosa pero conservaba todavía esa rara oscuridad de las consonantes portuguesas.

Asentí aquejado de una súbita humildad.

-Y en el hipotético caso de que consiga ganar el pleito, ¿cómo va a devolverme el dinero y los intereses?

Dije lo que creía.

-Pienso vender muchos libros con mi próxima novela.

El Ratoncito dejó de roer y un amago de sonrisa le torció los labios. Era un tipo decididamente sombrío pero mi ingenuidad juvenil debió parecerle graciosa.

Se mantuvo en silencio y después de un minuto largo me explicó:

-Vamos a hacer una cosa –dijo sin despegar la vista del plato–, yo voy a buscarle los mejores abogados para este asunto, ¿de acuerdo? Yo acordaré con ellos un precio y yo pagaré los honorarios; a cambio usted me cede todas las ganancias de su futura novela y el cincuenta por ciento de la siguiente, ¿qué le parece?

Sentí que el alma se me abría y que una explosión de fraternidad y afecto se proyectaba desde mi pecho hacia la figura taciturna del Ratoncito. Me levanté como un resorte y quise besarle la mano, pero el hombrecillo se echó rápidamente hacia atrás evitando cualquier contacto. Cuando regresé a la silla me dijo:

-No sé a qué viene tanta alegría… –probé a recuperar la compostura–. Acaba usted de vender su rebeldía y su talento literario… en el caso de que lo tenga, claro está.

No entendí muy bien a qué se refería y, en realidad, tampoco me importaba demasiado. Lo menos que podía hacer era aceptar sus sermones paternalistas. De hecho, me habría dejado insultar con tal de que me prestase el dinero para los abogados.

Me marché de la Tasca del Cojo pensando en el título de mi siguiente novela y en la sentida dedicatoria que escribiría para mayor gloria de mi salvador, Domingos Peres.

En efecto. Los abogados que el Ratoncito contrató fueron tan eficientes que alcanzaron un acuerdo con el fiscal y con las partes denunciantes para que retiraran los cargos contra mí. Y no sólo eso, también me consiguieron un contrato para las próximas dos novelas con una de las editoriales más notorias del país. A cambio sólo tuve que dar mi permiso para que La estirpe de Caín, mi primera obra, fuese retirada discretamente de todas las librerías y destruida en unos candentes hornos crematorios.

Muchos años han pasado desde aquello; el Ratoncito Peres ha muerto y yo soy uno de los autores más prestigiados de este corrupto país. Algunas veces alguien me para por la calle o me aborda en un restaurante y me pide que le dedique uno de mis libros. Ocupo también un barroco sillón en la Academia de la Letras, pero no soy imbécil. Sé que llevo treinta años escribiendo memeces, y que ni una sola de mis obras vale la mitad de lo que valía una simple línea de La estirpe de Caín. Cualquiera podría pensar que esta degradación intelectual me hace desdichado. No es cierto. Soy un hombre manso. No tengo rebeldía. Soy un hombre manso… y feliz.

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