El elefante del rey -cuento tradicional bereber-

Anónimo, tradición popular

Esto ocurrió hace mucho tiempo. En las tierras del norte de África, donde los clanes bereberes se repartían a lo largo de montañas y desierto, viviendo de la ganadería en pequeños asentamientos itinerantes. Cuando aún no habían llegado los bárbaros a inundar estas tierras de pólvora y humo negro asesino.

Jaimas-Bereberes

 

Cuando al joven Kouko le llegó la hora de ser rey, al fallecer su padre repentinamente tomado por una enfermedad, reunió al antiguo consejo de ancianos para que le ayudasen a tomar las primeras decisiones. No se sentía del todo preparado para gobernar ya que hasta hacía pocas semanas su padre gozaba aún de vigor y buena salud, no obstante la ley indicaba que ya poseía edad para asumir el cargo.

 

Los ancianos del consejo eran de la misma opinión que el propio Kouko y sabían que, al igual que ellos, el pueblo también vería al rey como un niño inexperto. Por ello el primer consejo que le dieron era que debía buscar un símbolo que recordase al pueblo constantemente que él era su rey, un símbolo de poder, que no les permitiese reparar en que aún era un niño. Kouko meditó y consultó a los reyes de otros clanes bereberes que había por la zona. De todo cuánto le mostraron, al final encontró el símbolo perfecto: un elefante. Los grandes reyes de pueblos más grandes siempre iban montados en elefantes y sus ejércitos a veces poseían varios de estos feroces e inteligentes monstruos.

 

El clan de Kouko no era demasiado grande pero, tras reunir a su consejo, encontraron que en las arcas había dinero suficiente para comprar un elefante a una de las naciones negras. Así lo hizo el rey y pronto se mostró a su pueblo a lomos de su noble bestia. Los bereberes al principio quedaron maravillados ante la majestuosidad del animal. El rey, sobre su lomo, ocultaba los rasgos en la distancia, y parecía casi inalcanzable para su pueblo.

 

Pero pronto las arcas del pueblo se vieron casi totalmente vaciadas y al gente comenzó a pasar hambre. Ni los consejeros ni el rey habían calculado el costo que suponía alimentar y mantener a un elefante para una nación tan pequeña. Todo el peso de la alimentación del elefante recaía ya sobre el pueblo en forma de impuestos. Al anochecer, la gente comenzaba a reunirse en las jaimas, ocultos de la mirada del rey, su consejo y su guardia, para hablar y conspirar. Las voces se alzaban enfadadas. Nuestros hijos se mueren porque no hay alimento suficiente para ellos, cada vez tenemos que trabajar más horas. Todo por culpa de la dichosa alimentación del elefante. Sí, desde que lo compró no ha servido para nada más que para pasear al monarca. Eso no está bien. Debemos plantarnos y decirle al rey que no vamos a trabajar más para su elefante.

 

Sin embargo, a la hora de elegir un representante nadie se presentó voluntario. Aunque el pueblo se sentía fuerte unido, no era lo mismo que uno solo se enfrentase cara a cara con el rey y toda su corte, incluido el propio elefante. La traición se pagaba con la muerte. Entonces un chico joven tuvo una idea para transmitir el mensaje al rey. Escribiremos aquí el mensaje, dijo sacando un pergamino, y cada uno de nosotros memorizará una palabra. Entonces iremos todos ante el rey en fila y diremos el mensaje diciendo cada uno nuestra palabra por orden, así estaremos todos juntos y no tendremos miedo. Esto le pareció bien a todos y así lo dispusieron durante el resto de la noche, preparando un mensaje en el que instaban al rey a abandonar a su elefante o todos a la vez pararían de trabajar y le abandonarían.

 

Al día siguiente el pueblo entero se presentó ante el rey, que les recibió arropado por su guardia y el consejo. El rey, sorprendido ante tan extraña escena, oliéndose algo raro, decidió subir sobre su elefante para escucharles. ¿Y bien? Vosotros diréis, sentenció en un tono que no parecía nada satisfecho con la situación. Entonces el primero habló, diciendo la palabra “Su”. A lo que siguió el silencio. El primero se giró hacia el compañero que tenía al lado, que parecía un poco más nervioso que él, y le apremió a que dijese su palabra. El segundo dijo un “Majestad” algo más bajo que el primero. Y sin que nadie supiese muy bien qué ocurría, el mensaje fue cambiando como por arte de magia. Según se acababan las fórmulas de cortesía y tocaba enunciar la denuncia, el mensaje dio un vuelco espontáneo y el pueblo se vio a sí mismo, sin que nadie lo hubiese decidido, diciéndole al rey que opinaban que su elefante estaba muy triste y que quizá había que comprarle una hembra para que fuese más feliz.

 

El rey Kouko quedó satisfecho al comprobar el verdadero poder del elefante.

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2 Responses

  1. 5 Octubre, 2015

    […] pocos días que se publicó en este mismo blog un cuento oral bereber titulado “El elefante y el rey”. Para el breve análisis que me gustaría hacer del cuento, lo podemos resumir del siguiente […]

  2. 7 Noviembre, 2015

    […] pocos días que se publicó en este mismo blog un cuento oral bereber titulado “El elefante y el rey”. Para el breve análisis que me gustaría hacer del cuento, lo podemos resumir del siguiente […]

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