El día que los payasos lloraban

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por Mapi Pamplona

El día que los payasos lloraban Bill estuvo varias horas sentado en la misma mesa. Ese día, como todos los demás, parecía no tener miedo a nada pero se miraba los dos picotazos del brazo con cierta inquietud porque intuía que pronto todo aquello le traería problemas. Estuvo todo el rato solo y sin moverse. No esperaba a nadie. La soledad era para él un traje hecho a medida elegante, vacío y odioso.  Aunque su aspecto le importaba cada vez menos no había caído en la dejadez y vestía una camisa de manga corta limpia, de un color verde pálido y triste, sin corbata ni sombrero. Una vez alguien le dijo que parecía un mafioso o un asesino a sueldo, un tipo peligros de los bajos fondos, como si los algodones que un día poblaron su cuna se hubieran secado, o disecado, o ensuciado de gris, o teñido para siempre de negro. Tampoco le importaba eso. Lo único que tenía sentido para Bill en aquellos días era caminar por la calle y respirar cuando era necesario, incluso privarse de ello a veces porque la sensación de ahogo le seducía potentemente y le excitaba casi tanto como las camisas bien almidonadas, como poner la vista en cualquiera que le regalara un latido arrítmico desde lejos. A Bill le ponían los boyscouts y las torturas. Para entendernos: Bill era un puto señorito excéntrico al que le gustaba follar y dejarse follar el culo.

A Bill hacía tiempo que nadie le llamaba Bill. En Harvard era más apropiado que le llamaran William. Lo apropiado, se decía a sí mismo, como si eso tuviera relevancia, como si a Sade, Cocteau o Quincey les hubieran importado un carajo los juicios de valor de los demás. Bill todavía no se veía a sí mismo como uno de ellos pero tenían en común más de lo que pensaba;  era un automarginado, se había enamorado de una Europa desangrada y  coleccionaba cicatrices en el cuerpo y en el alma como esa extraña y profana trinidad literaria que tanto admiraba. Sin embargo Bill no se sentía libre como sus escritores favoritos porque estaba encerrado en una especie de útero de barro a punto de resquebrajarse en el que inhalar benzocaína había dejado de ser inhalarante para convertirse en tedioso. Por eso Bill se había puesto a coquetear con la morfina en las últimas semanas y por eso le picaban el brazo y la garganta esa noche. Por eso y porque hacía un calor húmedo y sudaba demasiado, como si orinara por cada uno de los poros de su piel.  Bill también tenía revuelto el estómago y creía que en cualquier momento los agujeros picotosos y rojos empezarían a abrirse y a supurar vómito, o bilis, o cualquier otro fluido corporal con capacidad para escocer. Bill pensaba en los meados y en el vómito naciendo de su interior y conviviendo en su piel y eso le daba asco, un asco que no era tan poético como otros ascos y que le hacía ser consciente de lo asqueroso de sus hábitos, como el de permitir que una tibia cuerda  pringosa y con sabor ferrático se descolgara de su boca una y otra vez, él soltándola y recogiéndola cual capitán de barco con sarro en los dientes y sangre en las encías que no sabe en qué puerto de malamuerte volcar su ancla. Su alma era ese ancla pesada y oxidada y cada embiste le desgarraba parte de su cuerpo sesgándole trocitos de corazón. El corazón de Bill había empezado a pudrirse y a  rezumar asco: eso era lo único real de todo lo que pasaba por su mente en esos momentos.

Además de lo de la saliva Bill era un compulsivo y cuando se aburría hacía cosas de compulsivos. Una vez incluso pensó en cortarse un dedo jugando a ser Verlaine y Rimbaud. “Relationships have all been bad/ Mine’ve been like Verlaine’s and Rimbaud”, cantaba para sí al pensarlo. No. Esto último es mentira. Estamos en julio de 1944 y Bob Dylan aún se llama Robert Allen Zimmerman, tiene tres años recién cumplidos y no ha podido componer “You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go”. Para eso faltan un par de décadas. Todo llegará. Aún así no nos equivocamos al pensar que en algún momento de esa noche entre los hielos y el etileno Bill se creyó Verlaine comiéndose a Rimbaud, osea un maldito, lo que siempre había creído ser,  lo  que siempre había sido sin saberlo: en definitiva,  lo que era ese día y lo que sería todos los que vendrían después.

Al maldito Bill, al maldito William, se le cayó el último grumo de saliva y al hacerlo le vino a la cabeza el bigote del Barón Baden-Powell. Le vinieron los uniformes de los chiquillos y sus navajas. Pensó en Lucien, en Allen y en Jack, los tres uniformados, los tres con navajas sanguinas y premonitorias en el bolsillo, los tres en un bosque en el que Baden-Powell tenía los pantalones por las rodillas y a su lado una serpiente ponía huevos. Bill pensaba que parecía demasiado viejo.  William pensaba en cadáveres exquisitos masticados y pegados una y otra vez formando versos corruptos. Bill pensaba en romper las barreras para no volver a restaurarlas nunca. William pensaba en la mejor manera de autodestruirse.  La idea de escribir un libro  le rondaba en la cabeza desde hacía tiempo pero, ¿sobre qué? ¿sobre sus nuevos amigos? ¿sobre Guillermo Tell? ¿sobre Joan (¿Joan? ¿Quién coño era Joan entonces?) ¿sobre máquinas que suman (1,2,3,4,5,6,7,8,9) y restan (1,2,3,4,5,6,7,8,9) y vuelven a sumar (1,2,3,4,5,6,7,8,9) hasta que el mundo se convierte en una suma de sumas?  William echaba un vistazo hacia adentro y sólo veía un agujero cóncavo y completamente hueco y así era complicado que su escritura latiera. Pensó en su vacío. Pensó en la nada. Sintió una angustia que era casi tan real como el asco: se ve que en el pozo interior a nadie le gusta estar solo.

Entonces sonó algo en la radio, algo que activó la imaginación de Bill, una noticia que dejaría helado a cualquiera pero que a él le hizo aumentar en volumen de su entrepierna. ¿Quién cojones no había oído hablar alguna vez de los hermanos Ringling? Esos tipos eran los reyes del circo y resulta que ahora se habían convertido en asesinos custodios del fuego redentor porque sólo el ser humano es capaz de hacer tales milagros mutar al mártir en verdugo en menos de tres minutos. Según las ondas primero ardieron los pies y después el cielo de las lonas, y fue así como la estructura se fue desvaneciendo para acabar benditamente abrazada por lenguas de fuego  hambrientas de parafina. Aquello era el infierno amenizado por los llantos de los niños y una estampida animal como coro. Ningún profeta, ningún discípulo, ningún evangelista habría sido capaz de describir un Apocalípsis tan perfecto. Aquello de pensar en una carpa hundiéndose y sepultando cadáveres con su desplome y ver a los payasos con el maquillaje descorrido le despertó el apetito y las ganas de moverse, así que Bill corrió a buscar a sus nuevos amigos y aparentemente olvidó los datos más importantes de la noticia que acababa de conmover al resto de su especie: Hartford. Connecticut. El circo de los Ringling Brothers ardió allí la tarde del 6 de julio de 1944. Varios miles de personas habían asistido para ver la función. Más de un centenar fallecieron en el incendio. Contaban que Emmett Kelly, el gran payaso vagabundo, intentaba en vano calmar las llamas echando cubos de agua  sobre la lona.

Pasó el tiempo. Pasaron las semanas y los meses y al llegar el invierno, un mientras intentaba poner en orden los hechos que ocurrieron durante el verano anterior,  William volvió a aquel día en que los payasos lloraban. Murieron hombres. Murieron mujeres. Murieron niños. Pero, ¿qué pasó con los animales? ¿Cuántos perecieron en el gran circo de fuego? ¿Cuántos elefantes, jirafas de cuello roto y monos fumadores hicieron allí su última función? ¿Cuántos hipopótamos se cocieron en sus tanques de agua dulce? Pensar en las lágrimas negras de los payasos despertó de nuevo todas sus hambres así que William pidió disculpas a Jack por ausentarse, fue hasta la cocina y bebió un vaso de agua. Comió queso francés y un trozo de manzana. Después, en el baño,  con los dedos apestándole a fermento, se masturbó al ritmo de máquina de escribir que sonaba en el salón  y  derramó su esencia como quien hace  el  acto reflejo de respirar, sin esfuerzo, sin compasión, sin motivo.  Cuando regresó de su petite affaire  Kerouac fingió sorprenderse aunque pronto encontró una una explicación a la extraña sonrisa de su amigo:  William S. Burroughs estaba convencido de tener el título perfecto para la novela que estaban escribiendo juntos.


 

William S. Burroughs y Jack Kerouac escribieron “Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques” a cuatro manos. La novela es una crónica velada de los hechos que ambos vivieron en el verano de 1944, comenzó a escribirse en el invierno de aquel mismo año y no fue publicada hasta 2005, cuando todos los protagonistas de la historia ya habían fallecido.

 Uno de los grandes misterios de este libro es su título. Según Burroughs lo escucharon él y Kerouac mientras estaban escribiendo en el apartamento de la 118 y estaba relacionada con la noticia del incendio de un circo;  Jack Kerouac coincide con su “partenaire” literario en el medio de comunicación (la radio) aunque se sitúa a sí mismo y a Burroughs en un bar y con el telón de fondo el gran incendio en el zoo de Londres; para  Allen Ginsberg , la frase “Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques” pudo surgir de alguno de los experimentos cut-up  que hacía su amigo Jerry Newman y que los beats, especialmente Burroughs, adoptaron como propios. Es decir, que se es fruto de la casualidad. Y para finalizar existe una versión, quizá la menos creíble pero la más literaria de todas y que encajaría perfectamente con el espíritu de comicidad y horror de “Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques”:  la del incendio del circo Ringling Brothers and Barnum & Bailey en Hartford el 6 de julio de 1944 , conocido por la prensa de la época como «el día que los payasos lloraban».

 El incendio de Hartford sucedió a los pocos días del primer encuentro entre William S. Burroughs y  Jack Kerouac.  En este punto de la historia descubrimos a un Burroughs apenas esbozo de lo que estaba a punto de convertirse: bebía y se drogaba pero todavía no había sucumbido a la autodestrucción y a la heroína, manifestaba tímidamente sus tendencias homosexuales y empezaba a mostrar su fascinación por las armas de fuego, una pasión que le acompañaría durante toda su vida y que mostró en su “Manual revisado del boy scout”. Este ensayo entre la comicidad y el terrorismo fue escrito en 1970 y deliberadamente oculto durante años porque, según su autor, podía llegar a ser “tan inspirador y contagioso que desatase consecuencias devastadoras”.  En 1944 Burroughs no se había planteado dedicarse a la literatura  y en ocasiones todavía se veía presionado a participar (aunque nunca lo hacía)en el negocio familiar, la Burroughs Adding Machines, una empresa que su abuelo había fundado tras inventar una económica y rentable “máquina de sumar”. Esa misma primavera había conocido a la que se convertiría tiempo después en su esposa, Joan Vollmer Adams Burroughs, musa beat que falleció siete años después en una de las huidas de la pareja a México en la que ambos, bajo el efecto de las drogas y el alcohol, intentaron representar uno de los pasajes más famosos de  Guillermo Tell. Ella se llevó la peor parte: murió de una bala perdida entre la manzana que reposaba en su cabeza y su corazón.  Aquel accidente marcó para siempre a Burroughs y fue el germen de su despertar literario. “Jamas habría sido escritor sin la muerte de Joan”, aseguraba el escritor en el prólogo de su novela autobiográfica “Queer”,  escrita en 1953. A partir de entonces , el William S. Burroughs que conocemos: la cabeza renegada de la generación beat, el personaje sagrado, el Espíritu Feo, el viejo exhibicionista. Otro escritor maldito. Un poeta homicida más.

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