El aliento del robot

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por Loro

Sol ya no golpea tan fuerte mis músculos entumecidos. Cuando mi espalda no está en la silla personal-adaptada del despacho o sobre la cama, acuden los dolores. Termino de apurar el cigarrillo mientras observo los tatuajes de mi brazo, descoloridos ya por los años, que envían a mis ojos directamente hacia la lata de cerveza que uso de cenicero. Entierro los pies en la arena aún caliente y observo al grupo de chicos saliendo del agua. Las horas de Sol se acercan a su fin; se aproximan inexorables las insufribles dos horas en el vagón del metro atestado, de vuelta a la unidad de viviendas.

Están los cinco. Sanos, sin heridas, todo bien. Han disfrutado, han quemado toda esa energía acumulada en esos pequeños cuerpos, parecen radiantes cuando se lanzan a la arena que está humedecida por el agua que la empapa por debajo y comienzan a construir un castillo de arena.

Muchas de las familias ya están recogiendo y se dirigen ordenadamente hacia las salidas del módulo playa. Faltan dos horas para que se apague el sistema de mareas y el sistema Sol deje de emitir sus rayos. Es el lenguaje de la ciudad. Se van antes para tratar de evitar las aglomeraciones de última hora. En el organismo de la ciudad, ir 15 o 20 minutos antes a un sitio puede ahorrarte dos horas de tiempo total. Eso supone poder aprovechar dos horas más de tu vida en algo que no sea estar quieto mientras el mundo se mueve a tu alrededor. Viendo caras enjauladas.

Antes enjaulábamos a los animales. Les enjaulábamos para todo tipo de cosas. Las celdas eran sus catres para descansar de las horas que trabajaban para nosotros. Le metíamos entre rejas para transportarlos de un lado a otro, para que cualquier ser humano con la capacidad de adquirirlo pudiese comer cualquier animal en cualquier fecha del año. Las jaulas eran las cómodas viviendas de los animales que se exhibían en zoos para mostrar a los niños la naturaleza encarcelada. Es así o no es, parecía que les decíamos. Incluso hasta cuando compartíamos nuestras viviendas con ellos y los hacíamos compañeros, no podíamos evitar enjaularles.

Antes había gente que trabajaba sacando a pasear los perros de (pertenencia) otra gente. Podía verse a una persona con diez, doce o catorce correas extendiéndose desde sus brazos, siguiendo vectores de fuerza que pugnaban por arrancárselos. Ahora ya no se ven animales en la ciudad. Apenas nadie tiene contacto ya con ellos, si es que siguen existiendo fuera de las ciudades y los canales. Podemos producir su carne directamente a partir de células madre evitando el engorroso coste de su manutención.

Ahora yo trabajo en mis horas libres paseando por ciudad a los niños que sus propios padres han encarcelado en sus casas y en las aulas. Viven formándose bajo un seguimiento continuo. Más de diez horas al día encerrados entre cuatro paredes.

Los chicos han levantado un castillo de arena sin más instrumento que sus manos y el barro. Consiste en una muralla con forma cuadrada, con una torre en cada vértice y una central en mitad del patio. Las torres tienen una forma redondeada por encima fruto de la técnica de construcción con los huecos de las manos. Junto con el color de la arena, esas formas redondeadas dan la sensación de tratarse de una construcción en adobe. De uno de los muros se abría una gran apertura que daba a una barbacana, muy correctamente situada como entrada. De esta forma los asaltantes que tratasen de derribar la puerta y entrar, antes de llegar al castillo, más bien una torre gigante de barro, tendrían que acceder a la antesala donde sería sencillo tenderles una emboscada desde las murallas. Toda la arquitectura recordaba a una urbe muy antigua, de las que se asocian generalmente a las civilizaciones sumerias, por ejemplo. Ahora los chavales se afanan en cavar un foso alrededor de la muralla.

Sumeria. No podemos estar seguros de que esa gente ni siquiera existiese. A pesar de que la cantidad de datos que lo atestiguan ya no podemos estar seguros de nada. Porque solo son eso, datos. Atrás quedó ya el tiempo en que uno podía acudir a comprobar si había algo donde se supone que debería haber estado Sumeria. ¿Cuántos años llevamos encerrados en las ciudades búnker, temerosos de una guerra que vieron nacer nuestros bisabuelos y ya ni siquiera sabemos si existe? ¿Seguirá el resto del mundo occidental aislado y atrincherado como nosotros? Atrapados con un maldita máquina loca que es omnipresente en la ciudad: el Gúgolmante. La IA que se nos fue de las manos. Crea y destruye a otras IAs, más pequeñas y supeditadas a ella, a una velocidad que no podemos ni procesar. Aún así gestiona todos y cada uno de los procesos que se dan en la ciudad. Cualquier cosa que quieras hacer, informarte, comer, comprar, vender, transportarte, votar; todo pasa por Gúgolmante de alguna u otra forma. Los expertos no saben muy bien cuánto tiempo lleva produciendo información falseada permutando los datos que ya tenía. Ahora mismo, en base a las probabilidades mas altas de fiabilidad -establecidas también por el propio Gúgolmante-, existen doce tipos distintos de Sumerias para elegir en cuál creer. La historia democratizada, que dirían algunos.

Los chicos, cansados de cavar hasta hacer aflorar el agua que reside bajo la superficie, han cambiado su estrategia. Ahora están haciendo un montón de pequeñas construcciones alrededor de la muralla, cada uno en un lado. Me acerco intrigado a observarles más de cerca y ellos parece que ven reforzado su entusiasmo al contar con público. Sin dejar de construir, cada uno explica su pequeña aportación al devenir de esta urbe de arena. Parece ser que ha habido prosperidad en el castillo y asentamientos de nómadas empiezan a acampar a sus afueras, atraídos por la abundancia de bienes. Con el paso del tiempo, los propios habitantes del castillo se atreven a salir y uno de los chicos está edificándoles el barrio rico, cercano a la entrada. Las casas son grandes cuadrados de arena, con amplios patios para disfrutar del aire libre. Por su lado otro se afana en cavar hoyos en la arena, dejando una parte de la entrada alzada a modo de porche, dando hogar a la gente más pobre, que busca el cobijo bajo tierra. En la zona de detrás del castillo se extienden decenas de estas viviendas-hoyo, que parecen las moradas de gusanos gigantes de arena. En el lado de la muralla que da mas cerca al mar uno está edificando una serie de tiendas cónicas de arena, con una entrada y agujeros para ventilar, al estilo del tipi indio. Unas quince tiendas, notablemente más pequeñas que las casas del barrio rico, se ordenan en círculo alrededor de un gigantesco casco de barco puesto boca abajo, que es donde viajaban los habitantes de las tiendas antes de naufragar. Ahora el casco de barco sirve de lugar de reunión social para los miembros de esta tribu, que parecen los más primitivos. Justo detrás de ellos, otro ha levantado una gigantesca montaña de arena cruzada por numerosos senderos que se internan en la misma a través de hoyitos cavados en su superficie, simulando un supuesto laberinto de cuevas en su interior: ahí es donde se realizan los ritos religiosos animistas. Los chicos con sus palabras, con el aliento que desprenden, parecen animar al gólem de barro que están construyendo. Como en el antiguo mito judío, la arena cobra vida bajo las manos y las palabras de las personas.

Se supone que el mito del gólem es el primero que habla de las IAs. Una inteligencia creada por el ser humano íntegramente, diferente a él, habitando un cuerpo que no es animal. Es muy parecido a la idea de robot que circulaba entre nuestros padres y abuelos, alimentada por toda la literatura y cine de ciencia ficción. Robots humanoides, capaces de pensar por sí mismos, que estaban pensados para ayudar a los humanos y acababan revelándose contra estos. La pura selección natural. Porque un robot es tan natural como un perro o una piedra, está hecho de lo que la naturaleza nos ha dado.

Antiguamente, las personas vivían en un contacto más estrecho con los animales -dependían de ellos-, se relacionaban con ellos, aprendían su lenguaje, se comunicaban, y mantenían así un vínculo directo que los unía al escalón anterior de la evolución. Eso despertaba su lado animal. Poco a poco, nos hemos ido alejando de eso y acercándonos más a las máquinas. Ahora pasamos todo nuestro tiempo con ellas, aprendemos a comunicarnos con ellas, las tratamos de entender por dentro y por fuera. Han ido sustituyendo a los animales, desplazándolos, hasta que hoy ya son prácticamente inexistentes. Las máquinas hacen su carne, las máquinas cumplen su función de compañero para quienes lo desean. Hoy los robots ya existen, pero no son cómo los imaginaban nuestros abuelos. La ciudad con sus miles de brazos y su dispositivo cerebral, el Gúgolmante -que precisamente debe su nombre a un antiguo libro de William Gibson que lo vaticinó-, es entera en sí un robot invisible. Todo está conectado en un solo sistema de infinitos datos cuánticos que se nos escapan. Es omnipresente: el robot es la ciudad, nosotros lo habitamos. Son los transportes, es nuestra casa, son las escuelas, son todos los sistemas de ordenación territorial y de población, son quienes nos extienden nuestro dinero y quienes racionan la comida -que nunca escasea bajo sus cálculos-. Con cada nuevo avance que hacíamos en informática, con cada aliento desprendido en cada charla que se daba, se iba, poco a poco, realizando el rito del conjuro que daría vida al robot, al gólem. Un hechizo susurrado a través del teclear de millones de ordenadores extendido en la manta del tiempo. Cada persona es una célula de un cuerpo. Un cuerpo físico que se conecta a través del espacio y del tiempo; su nexo: el lenguaje. Una bestia que atesora el conocimiento y la información a través del tiempo y lo hace viajar más rápido que cualquier ADN. La naturaleza. Ahora es la máquina la que está empezando a comunicarse con nosotros. A analizar nuestro lenguaje, nuestra tendencia como células.

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Parece que han pasado varias decenas de años en la ciudad de los chicos, mientras Sol sigue bajando gradualmente su intensidad. Ahora ya hay un barrio judío, hecho de pequeñas casas cuadriculadas, que están dispuestas de forma ordenada dando lugar al primer trazado de cuadrícula. Esta meditado antes de haber sido construido. Las casas de fuera son ligeramente más altas y se encuentran muy cerca una de las otras, formando una pequeña ilusión de muralla, tras la cual parecen esconderse secretos. Muy convenientemente, junto a este nuevo distrito, se sitúa el barrio de las putas, así lo llaman los chicos. Parece que la ciudad ya ha encontrado su tendencia babilónica. Las necesidades se ordenan y los vicios se ordenan. Además ha habido un accidente, uno de los chicos, al ir a recoger arena para seguir edificando sin socavar el suelo, ha tropezado con la montaña y se ha llevado con su pie parte de la cima. Ahora quedan dos picos con el hueco en medio que arrancó el pie. Una mala señal. Por lo visto, aquellos no eran los dioses indicados, según relataba el culpable para guardarse las espaldas ante sus compañeros. Los habitantes habían empezado a recelar de la montaña, a cubrirla bajo un velo de supersticiones. Pronto nadie acudía a los antiguos ritos. Además, las cuevas de la montaña se desmoronaban aleatoriamente y eso suponía un peligro. A raíz de ello se construyó una nueva iglesia, a la entrada del barrio de los ricos, un edificio grande y poderoso, con un nuevo culto adaptado a las nuevas necesidades. Simultáneamente, en las sombras, se creaba otra institución -los rostros de los niños escuchaban hechizados la justificación-, una sociedad secreta formada por los navegantes encallados. Ellos se habían quedado en la montaña sin temer a la superstición y habían trazado el nuevo mapa de los túneles de la montaña. Ahora podían reunirse allí en secreto y organizar aquello que necesita la ciudad pero que se produce a espaldas de la misma, el contrabando y el crimen.

Es hora de irse y les digo que vayan recogiendo, sin parar de sonreír ante la obra que han compuesto, que ya capta miradas de bañistas rezagados, y eso que desconocen su historia. Se quedan contemplándola adornada con las sombras del falso crepúsculo. Todos parecen satisfechos excepto uno que muestra preocupación en su rostro. El castillo ya no sirve, se atreve a retar a sus compañeros. Lo voy a destruir. La gente se empezó acercando para nutrirse del castillo, pero ahora el castillo se nutre de la gente. Entonces se acercó y miró a los otros. Al principio mostraron rechazo. Sentían una deuda hacia ese castillo que lo había empezado todo, pero ante la insistencia del otro y mis últimos avisos terminaron por ceder. El chico derribó uno de los muros, cuyos escombros pasaron a formar un puente a través del foso que comunicaba el interior con la ciudad. Derribó la puerta principal y arrancó un par de torres -fruto de la lucha, dijo-. El castillo quedó integrado como un barrio más de la ciudad.

El robot se empezó llamando Internet, luego se hizo invisible, se dejó de hablar de él. Estaba en todo y lo ocupaba todo, se metió en cada uno de los resquicios de nuestra vida. Es algo que no vemos. Empezamos desarrollando su cuerpo y de repente ¡BUM!, le dimos la mente. Ni yo mismo puedo creerme mis propios pensamientos de lo terribles que suenan. Pronto quedarán sepultados por miles de datos. Toda la información a la que nos someten, que debemos procesar. De eso va ahora la cosa, de procesar la información. Estos chicos, a sus nueve años de vida, es prácticamente lo único que han hecho. Así lo dispone la ciudad. Llevamos demasiados años usándonos tal y como usábamos a los animales. ¿Y si ya se hubiese producido el salto evolutivo a nuestras espaldas?

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