Cuento tokiota_7 (y dos)

por Begoña Chorques

En el trayecto en tren de Takayama a Inotani de la JR Takayama Line, la naturaleza sale al encuentro de la vista del viajero. Tokio ya quedó atrás. Las altas montañas de frondosos árboles se dejan penetrar por túneles en los que se sumerge el tren con su traqueteo acunador. De vez en cuando a la salida de uno de estos túneles las pupilas se ven sorprendidas por un paisaje espléndido: casas tradicionales de un pequeño pueblo de montaña, riachuelos bajando jubilosos entre las rocas, puentes y presas de arquitectura casi imposible por su emplazamiento. El paisaje interior del tren también merece atención: cuatro adolescentes diciendo gansadas, una joven estudiante memorizando algo, una madre con tres hijos, una anciana leyendo abstraída…

La placidez del viaje se ve interrumpida por la cara de pánico de la joven estudiante. En una de las paradas ha debido de colarse un abejorro que revolotea por la parte alta del vagón. Cuando el insecto japonés se posa en la luz que está sobre mí observo sus colores y su forma. Sus dimensiones son considerables. Mi primera idea es descalzarme y matar al enorme bicho con el zapato, pero no quiero cometer ningún ultraje cultural. ¿Serán los japoneses tan respetuosos con la naturaleza que interpretarán esto como una ofensa  bárbara?

Imagen Relato. Cuento tokiota_07

Al detenerse el tren en una de las estaciones intento abrir una de las puertas para invitarlo a salir. Actúo impelida por el rostro de pavor de la joven estudiante que ya se ha levantado de su asiento. Es imposible abrir porque en las paradas intermedias hay que bajarse del tren por la salida más cercana al conductor. Cuando este se da cuenta de que intento abrir pulsando el botón de apertura, me dice algo así como que tengo que ir hasta allí para abandonar el convoy. Yo le señalo el abejorro e intento hacerle saber que no deseo bajarme. Finalmente, se desplaza hasta nosotras y la joven estudiante le explica en japonés comprensible lo que sucede.

Muy resuelto toma un periódico, abre la puerta y lanza un golpe fulminante sobre el abejorro que permanecía posado y ajeno a todo el revuelo levantado. Como consecuencia del golpe, el insecto sale disparado como un proyectil hacia el suelo cerca de nosotras. Aún mueve las patas cuando me atrevo a asestarle el pisotón final. El pobre bicho queda adherido a la suela de mi zapato. Las risas y la algarabía de los extranjeros y autóctonos del vagón es unánime. Rápidamente el conductor pasa el periódico por mi suela y desprende el ya insecto cadáver. El sacrificio del abejorro japonés ha suscitado una fiesta.

El conductor cierra la puerta del vagón, vuelve a su cabina y reemprendemos el camino a Inotani donde espera el tren que nos llevará a Toyama.

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

-->