Cuento tokiota_2 (uno)

por Begoña Chorques

En los museos conviven las obras de arte casi sempiternas con los turistas exhaustos y conscientes de los límites de sus cuerpos. Los asientos de estos bellos lugares son remansos de descanso para el viajero somnoliento que presentan nuevas oportunidades de observación de arte efímero y humano. El Museo Nacional de Tokio no es una excepción.

Los teléfonos inteligentes de última generación permiten atrapar estos instantes eternos: dos señoras comiendo yakisoba, una mujer leyendo totalmente abstraída del entorno y una madre japonesa dando de beber y alimentando con galletitas con forma de dibujo animado occidental canino a su bebé que aún no ha cumplido su primer año, pero que ya amenaza con dar sus primeros pasos.

Cuento tokiota_02

Al ser sorprendida captando la imagen como un ladrón a hurtadillas, la reacción de la madre oriental fue totalmente inesperada: se sentó y acomodó al bebé en su regazo de tal manera que yo pudiera admirar la escena en todo su esplendor. Seguí encantada contemplando el ritual de cuidado materno sin perder detalle hasta que la mirada del bebé y la mía se cruzaron. Entonces una pequeña sonrisa que dejaba asomar los incipientes dientes de leche me concedieron la confianza definitiva. La mochila diminuta de esta afortunada bebé japonesa estaba adornada con un amuleto budista de protección divina. Acabada la ceremonia del cuidado, la despedida fue aún más insólita: la madre japonesa se acercó con la niña en brazos para que ella y yo pudiéramos decirnos adiós. No hubo contacto físico, solo visual pero tan potente como la piel. En contra de lo que algunos profesores de Lengua pudieran pensar, la comunicación no verbal traspasa fronteras culturales.

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