Corrupción

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por Rosa Ángeles Fernández

Tenía que escribirla, a pesar de lo fea que es. Pero la razón de que caiga en las redes de la palabra más articulada de la actualidad, no es precisamente con el objetivo de contribuir con una revelación más sobre todos los escondites que entraña esa doble erre maliciosa, y esa terminación tan sonora en la que estamos secuestrados. Esa tarea ya la está desempeñando el periodismo de investigación, auténticos artífices en mostrarnos, al resto de los mortales, tramas que parecían impensables y un magma viscoso de extorsiones y fraudes.

El motivo de traerla aquí surgió de manera fortuita cuando entré a desayunar, después de perder el autobús, al bar del Mercado, justo el día que había estallado por los aires la conjugación completa del verbo corromper. No tardé en observar, recogiendo frases de aquí y de allá, que estos ciudadanos estaban convencidos de que por el hecho de vivir en una democracia, su opinión importa. El primer punto sobre la i lo puso mi compañero de taburete, entre sorbos de café con leche: “Ya me gustaría saber a mí, si tú estuvieras en su lugar, si lo harías o no, ya me gustaría, ya”. Seguramente me habría perdido el principio de la charla. Su interlocutor le daba la espalda, manipulando la cafetera, por lo que la respuesta se hizo esperar. “Pues claro que no lo haría, es una cuestión de principios, eso es y nada más”.  La tertulia matutina que allí se fue instalando me dejó impresionada, he de admitirlo. En menos tiempo del que te ocupa terminar un simple desayuno, las conversaciones se cruzaban de un extremo al otro de aquel lugar vivo y en vías de expansión. Una pareja de señoras, sentadas en una mesa, se daban la razón mutuamente, repitiendo, casi al unísono: “Todos los políticos son iguales, da igual el color, da igual, da igual -aquí me dieron ganas de darles un golpecito en la espalda para que pararan-, rojo que azul, naranja que morado, da igual, da igual”. Y el camarero, que impartía lecciones de honradez tras la barra, parecía un director de orquesta. Era él y no otro el que con un movimiento sutil de cuello ligeramente hacia arriba, invitaba a uno o a otro a opinar, y cuando dejaba caer la barbilla hacia abajo, a callar. Un señor mayor que se había sentado escuchando la frase a coro de las hermanas Gilda, no tardó en sumarse al festival: “Señoras, el color importa, claro que sí. Ahí está la historia para demostrarlo. El poder corrompe, eso es una verdad como un templo, pero yo no consiento que los de mi color hagan un mal uso de su poder; no les consiento que se aprovechen de mi voto para su propio beneficio, no señoras, no”.  Y a las señoras se les escurría la magdalena empapada en café con leche entre sus dedos, boquiabiertas. Un caballero muy bien vestido, de ahí el término empleado, que había permanecido callado todo el rato, en un extremo de la barra, de medio lado, sin dar de todo la espalda al respetable, pero sin desvelar su rostro, realizó un giro de noventa grados y dijo, sin concederle mucha importancia a si iba a ser escuchado o no: “Hay que dar ejemplo en la vida, hagas lo que hagas, sea lo que seas”. Y volvió a su posición original.

 

Creo que volveré a hacerlo a la menor ocasión, eso de entrar sola a desayunar.

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