Astrud

Imagen (Cuento)

por Munir Hachemi

«Hay un hombre en España que lo hace todo».

Astrud

Astrud –algunos lo llaman el Santa Claus africano o latinoamericano– no es Dios, aunque guarde con él algunas simetrías; destacan una cierta preferencia por el número siete y algunos problemas para relacionarse con las personas. Pero no es Dios; mientras que a Dios todo el mundo lo culpa de todo (por simplificar), quienes no conocen a Astrud han inventado toda una ciencia para explicar los efectos de sus acciones. Además Dios es todopoderoso, mientras que Astrud se desuella las manos trabajando de sol a sol.

Los lunes Astrud se despereza en Congo. Toma las materias primas que los mineros han extraído durante la semana y las lleva hasta Bélgica, donde las cambia por armas que reparte por toda África.

Los martes se despierta en Colombia o en Bolivia, carga con la coca y las otras hierbas que los campesinos han recogido y las lleva hasta Washington. A veces hace una parada en México. Regresa al ocaso con armas y con alcohol para los pobres de Latinoamérica.

Los miércoles Astrud trabaja en Camboya, en Laos, en Vietnam (aunque él no utiliza esos nombres). Le entregan los diamantes de las minas y algunas pieles que él intercambia por armas y tabaco para los pobres de Asia.

Los jueves Astrud suele despertar demasiado cansado para viajar, así que va a las fábricas de textiles y se lleva la ropa que los niños de Asia han tejido durante la semana. A cambio les entrega cientos de terrones de azúcar que ellos celebran. Astrud llega a Europa al atardecer; entrega su cargamento y tiene tiempo para fumar un cigarro antes de rendirse al cansancio. Hay que entender que el sufrimiento de Astrud es infinito.

Los viernes y los sábados Astrud trabaja hacia adentro, y son los peores días. Debe recorrer el mundo y pedirles a los pobres de Europa, China, Estados Unidos y muchos otros lugares que le den el fruto de sus trabajos semanales. Con el tiempo Astrud ha llegado a comprender por qué esos días son los más duros: al norte del mundo –el norte no es un lugar– los pobres se entregan con fervor a la creencia de que son ricos; la fe multiplica su pobreza y pocos comprenden el trabajo de Astrud. Casi nunca llegan a pelear, pero las discusiones se suceden y son agotadoras, y siempre que llega el domingo a Astrud lo domina una rara mezcla de ira y de pesadumbre.

El séptimo día Astrud fuma y odia en silencio su trabajo. Querría no tener que hacerlo solo. Si está de buen humor, hojea las páginas de economía de algún diario y sonríe como sonríen quienes son dueños de algún secreto. Pero casi nunca está de buen humor. Lo peor es que lo confundan con Dios. A su entender, su trabajo se parece más al de un montacargas que al de una divinidad.

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