Abierto 24 horas

Extremo Oriente

por La Teniente

Salgo del portal y me trago un jirón de niebla; esta noche la humedad hace que el aire pueda masticarse. Me subo la cremallera del tres cuartos —aunque no tengo frío— y bajo por la calle, esquivando las planchas de metal que han colocado en la acera los operarios del gas ciudad. A estas horas, ni siquiera veo gatos. Reviso las fachadas buscando algún insomne que fume un cigarrillo en la ventana… La ciudad está llena de ojos —me dijo alguien— y nunca los cierra todos a la vez.

Doblo la esquina de la nueva agencia de seguros —con su suelo masón en damero— y cruzo a la acera de enfrente por el paso de cebra desgastado. Sigue sin haber nadie y sigo vigilando las ventanas y sigo masticando el aire que ahora, no se por qué, sabe a polvo. Dejo atrás el taller de coches, la academia de inglés y un par de bares, y vuelvo a doblar la esquina. A menos de cincuenta metros veo la luz que sale del local y se come una parte de la acera. Meto las manos en los bolsillos para tantear la cartera y decido mentalmente si compro una bobina de veinticinco CDs o una de cincuenta.

La veo a través del cristal. Está viendo algo en una televisión pequeña que tiene en una esquina del mostrador. Cuando empujo la puerta, sólo levanta los ojos para saber quién entra. Me ve, me reconoce y sonríe. Me saluda. “Hola, Luke”. Me llama Luke porque una noche bajé a comprar algo de comer y me llevé también media docena de figuras de La Guerra de las Galaxias; sólo por eso. No me gusta que me llame así porque Luke me parece un blando, pero me gusta como lo dice; así que sonrío y le contesto: “Hola, Li”. Su nombre es más largo, pero nunca me acuerdo. Son-Li, Li-Chuan, Mao-Li… yo qué sé. Del Li estoy seguro, por eso la llamo así. “Necesito CDs —le digo; ella no dice nada y sigue sonriendo, señal de que no ha entendido una palabra—; para el PC, para el ordenador, ¿sabes?”. “Ah, sí —dice—. Oldenadol —repite—. Al final, delecha”. Y con una mano dibuja el camino en el aire: al final (tiene la piel muy blanca) y a la derecha (y los dedos largos y finos). Le digo “gracias, Li” y sigo su mano.

Recorro la sección cuarto de baño si miro a la derecha y la sección velas perfumadas y ceniceros si miro a la izquierda. Me paro a mirar una escobilla con el pie transparente. Dentro tiene un líquido azul y unos peces de plástico que se mecen si agitas el líquido. Me fijo en que uno no se mueve; está anclado al fondo. Golpeo el plástico con el índice pero el pez no da señales de vida. No sé por qué pero quiero contárselo a Li. Levanto la cabeza y la veo en el mostrador, atenta a su película de chinos. Me digo que es una tontería y dejo la escobilla donde estaba.

Li me gusta. Tiene los ojos demasiado pequeños, pero me gusta. Intenté decírselo una vez, pero di demasiados rodeos. Se enredó en las palabras y no entendió nada —Li conoce la palabra pela-patatas pero arruga la frente si oye alguna que no tenga en sus estanterías—. Lleva poco tiempo aquí. En realidad lo supongo, porque no he oído hablar de esta gente en los meses que el local lleva abierto —aunque también es cierto que no me relaciono con casi nadie; cuestión de horarios—. Recuerdo, eso sí, haber comentado con alguien lo del chino veinticuatro horas que iban a abrir y lo de que el padre fuera ruso —es un dato que llama la atención, supongo—. Lo he visto algún día por aquí; un tipo robusto, alto, que te asusta en cuanto entras y te da las buenas noches. Cuando lo ves, tienes claro que a alguien así nadie va a venir a robarle la caja; pero, ¿y a Li? Ella es tan menuda…

Encuentro los cd’s donde me dijo. Me pongo en cuclillas para comparar las bobinas y veo de reojo la cámara de circuito cerrado en una esquina. No me preocupa.

Oigo la puerta. Levanto la cabeza pero, como sigo agachado y escondido en un pasillo, no veo nada. Escucho a Li dar las buenas noches y una voz de hombre que le contesta. Sé que la conversación sigue, pero no consigo entender nada con la televisión de fondo. Voces pisándose. Me pregunto de qué pueden estar hablando si a Li hay que sacarle las palabras de la boca… Me pongo de pie, me coloco en la esquina y asomo un ojo para poder ver algo.

Es el gilipollas de Bardeo. Me pregunto qué clase de urgencia tendrá un tipo como él. Quizá condones. O cerveza. O papel de plata.

De repente, Li levanta la voz. Le está pidiendo que se vaya. “Fuela, pol favol”, le dice —eso puedo oírlo—. Bardeo se ríe y se burla de su acento. Yo, por ahora, decido no hacer nada. Pienso en lo que podría pasar si intervengo y me digo que, a lo mejor, el gilipollas hace caso a Li y se larga de la tienda. Aún así, tengo los músculos tensos, preparados, y las manos crispadas. Estoy alerta.

Siguen hablando, pero ahora Bardeo lo hace buscándole la cara. Ella se separa hasta la pared que tiene detrás y él echa el cuerpo por encima del mostrador, agarrándose al borde, a la altura de las caderas, como si lo estuviera jodiendo por detrás. Siento asco y siento rabia y siento que debería hacer algo. Me saco el tres cuartos sin dejar de mirar. Y cuando Bardeo agarra a Li de las muñecas y la arrastra hasta el mostrador, salgo de mi escondite. Llevo los puños cerrados y tengo la mirada centrada en mi objetivo.

Y entonces ocurre.

Li da un salto con los pies juntos y sube al mostrador. Y el salto es tan limpio, tan grácil y tan imposible, que me quedo parado a mitad de camino. Abro los puños cuando la veo deshacerse sin esfuerzo de las manos de Bardeo, que, como yo, está quieto. Tengo que hacer esfuerzos para no gritar cuando Li le rodea el cuello con las manos y lo levanta un palmo del suelo. Tiene la cara desencajada y parece una gárgola subida en cuclillas y sosteniendo una presa que la dobla en tamaño. Bardeo patalea y se agarra a los brazos de ella para no ahogarse. Y cuando intenta gritar, Li mira al exterior, echa la cabeza hacia atrás y abre la boca, con espasmos que hacen que la presa se sacuda en el aire como un peso muerto. Cuando endereza el cuello y vuelvo a verle la cara, ya no veo a Li… Tengo que apoyarme en una estantería para no caerme en el pasillo.

Siento mareos.

Veo a Li difusa, doblando la cabeza de Bardeo hacia un lado. Veo las piernas borrosas de Bardeo pateando el mostrador y una de sus zapatillas en el suelo; azul. Veo los dientes. Veo, entre brumas, la pernera del pantalón de Bardeo goteando orín mientras ella le chupa el cuello. Veo el cuerpo caer desplomado en el charco y veo la lengua de Li lamiéndose la sangre que le rodea la boca. Y entonces dejo de ver y escucho el sonido estridente de ceniceros estallando contra el suelo.

Me desplomo.

Cuando me despierto, estoy sentado en la acera de la calle, apoyado en una marquesina de autobús. Li está allí, de pie, justo delante, fumando como los malos en las películas. Creo que lo que siento es miedo, pero no hago ni el más mínimo movimiento. Me quedo allí sentado, mirándola, esperando a que ella decida qué va hacer conmigo.

Apura dos caladas seguidas, las últimas, y tira el cigarrillo al arcén de la carretera.

—Si dices una palabra de lo que has visto, iré a por ti.

Lo que me dice queda en un segundo plano. No se por qué, pero no puedo dejar de pensar en por qué habla así, en por qué, de pronto, pronuncia las putas erres. Li sonríe como si supiese lo que estoy pensando. Saca el paquete de tabaco del bolsillo de atrás del vaquero y enciende un cigarrillo antes de volver a guardarlo. Traga un par de caladas y me da la espalda.

—He tenido mucho tiempo para aprender muchas cosas…

Se va. La veo hasta que se pierde al doblar una esquina. Antes me ha dicho adiós con la mano, sin volver la cabeza.

Sigo sentado. Me palpo los vaqueros buscando el paquete de tabaco hasta que recuerdo que tuve la brillante idea de dejar de fumar hace cinco meses. Pienso en levantarme, pero no lo hago. Estoy bien aquí. Sé que tendría que estar sufriendo un ataque de pánico, pero aquí sentado me siento bien. No sé por qué, pero me siento bien; así que no me levanto… Estoy en estado de shock, me digo, por eso, después de lo que he visto, sólo puedo pensar en que Li sí me había entendido el día que le dije que me gustaba…

Me recuesto en la marquesina y entonces me doy cuenta: a mi lado, junto a mi pierna derecha, me ha dejado una bobina de cd’s. De cincuenta.

 

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