Nemo o la batalla de hechizos semióticos en la industria cultural

Recreaciones culturales masivas de Nemo, el modus operandi de Disney

A lo largo del siglo XX el mundo sigue su curso y la colonización aparentemente se empieza a revertir. Sin embargo, en paralelo se produce un proceso de otro tipo de colonización que viene a suplantar a la primera. Los grandes imperios abandonan sus colonias, cesando el control sobre los cargos públicos de los países y sacando a sus ejércitos, dejando la puerta abierta a las multinacionales. La campaña de Mandela en Sudáfrica fue ampliamente financiada por marcas americanas que luego entraron en tropel a copar el mercado; a los cargos públicos solo se accedía dominando el inglés, lengua a la que no podía acceder la población. Es el colonialismo cultural y económico, en el cual los países se adueñan de los recursos de otros países de forma legal.

Si usamos como ejemplo la enigmática figura de Nemo se observa claramente este desarrollo. El Nemo de Verne pasa a formar parte del grueso corpus de literatura de aventuras a lo largo del siglo XX, que seducirá a millones de jóvenes e invitará a imaginar qué se esconde en la cara oculta del capitán.

Pero detengámonos brevemente a esbozar esta figura que creó el contador de historias francés. Sin entrar en profundidad en la cuestión, sino más bien para poder ilustrar las operaciones del resto del artículo, caligrafiaremos a Nemo a partir de un simple trazo. El primer trazo se deduce de su propio nombre: Nemo es Nadie. Apenas tiene intervenciones directas en la obra, carece totalmente de pasado, y es difícil poder deducir su personalidad, mas allá de las reflexiones de Annorax, el verdadero protagonista de la obra. Y esto se extiende al funcionamiento de la microsociedad secreta creada en torno a su figura. ¿Quiénes son todos esos marineros que lo acompañan en el Nautilus, de dónde salen? ¿Cuál es la estructura interna y las formas de relación en el submarino? Casi todo son elucubraciones y nos movemos en un terreno pantanoso. Este efecto creado por Verne funciona como un agujero negro que atrapa a las lectoras niñas y mayores, que son invitadas a rellenar este vacío a través de su imaginación o la indagación en las escasas pistas que se nos dan. Si ben hay otros rasgos que se podrían detallar de su personalidad —ecologismo, ideas políticas anarquistas, anticolonialismo, cientificismo positivista, e incluso un cierto asomo de espiritualidad panteísta que le hace entender el mar como un solo ser vivo del cual él es tan solo una parte más—, en este caso destacaremos el principal, que es esa oscuridad que ha permitido que el mito de Nemo haya sido resignificado en diversas ocasiones a lo largo de los siglos XX y XXI.

Existe una compañía de la industria cultural que pondrá su ojo sobre la obra de Verne, seguramente motivada por el éxito original, por el hecho de que se trataba de un significante colectivo, para hacer una famosa adaptación al cine. El éxito arrollador que cosechó la versión cinematográfica que estrenó Disney en 1954 (que ganó un Oscar a los mejores efectos especiales, lo cual ya nos da una pista sobre el enfoque que siguió la película) seguramente esté directamente relacionado con el buen ojo que tuvieron sus directivos a la hora de seleccionar un personaje que ya contaba con un gran número de fieles y fans, apuesta segura. Disney es uno de los buques insignia de la industria cultural norteamericana, que lleva años exportando modelos y valores al resto del mundo. Esto no sorprende a nadie, pero es reseñable el hecho de que la infancia de ya varias generaciones en nuestro país se vea directamente vinculada a las películas de Disney y su constante bombardeo con los tópicos del príncipe salvador y la princesa sufridora, camuflados en diversos personajes y animales. Pero ante todo, Disney es una corporación, una empresa, y busca el beneficio económico allende los mares. Una muestra de ello es que ya en esta época muchos de los directores eran también los productores que invertían en su propia obra. Por eso también piensan sus películas para arrastrar a los mayores. La versión cinemátográfica de 20.000 leguas de viaje submarino es un claro ejemplo de ello, utiliza a personas reales y coloca como protagonista al atractivo y ya famoso Kirk Douglas, que focaliza la trama en el cazador de ballenas, Ned Land, que representa a la testosterona y el lado más animal del hombre en la obra de Verne. En cuanto al capitán Nemo, aparece representado como un varón blanco occidental, engalanado en un elegante traje de marinero al estilo europeo. Estéticamente en el libro el personaje posee una tez oscurecida, se hace alusión a lo parco de su indumentaria, que en las imágenes que complementaron a la obra en la mayoría de sus versiones, según podemos observar, posee un aire oriental.

En lo referente a la psicología del capitán, se muestra mucho más cercana a la faceta aburguesada del original. Ciertamente se potencia mucho el vasto conocimiento cultural del capitán. En su discurso vemos que se ha borrado todo lo referente a lo que destacábamos en la parte anterior, la faceta más insurreccionalista del capitán. En su lugar se ha llenado este vacío con la faceta del hombre que se hace a sí mismo. La libertad entendida como fruto del esfuerzo y trabajo personal de Nemo. De esta forma se justifica cierta misantropía del capitán en una posición de superioridad intelectual sobre la que se construye una superioridad moral, mientras que en el original, como ya apuntábamos, es un sentimiento de odio como reacción a las formas de dominación establecidas por el imperio británico.

Janni Dakkar o Alan Moore y sus hechizos semióticos

Aquel que se detenga y observe cómo funciona la producción de mitos en nuestra larga historia verá un patrón que se repite constantemente época tras época: la apropiación y resemantización de símbolos. Si miramos a la forma que tuvieron de evangelizar los primeros colonos en en la América precolonial tendremos un ejemplo perfecto de cómo se utilizaban los mitos ya existentes en las culturas indias para, a través de ello, introducir la religión cristiana. No existe en la cultura el original absoluto. Todo se compone mediante los ecos de lo ya existente, por mucho que lo deformemos. Esto es algo que tiene muy presente la industria cinematográfica norteamericana, por eso la interpretación que se hace del vacío de Nemo (por otro lado, totalmente legítima si entendemos todo el espacio de la cultura en una sociedad como una suerte de campo de batalla donde unas y otras interpretaciones del mismo símbolo, en nuestro caso la figura del capitán, poseen distintos grados de vigencia y extensión) está enmarcada en el cuadro común de valores que engloba a otros muchos héroes de la industria, usando muchas veces a los mismos actores en diferentes papeles para reforzar esta unidad. En este sentido Disney esparce la semilla de su capitán Nemo entre un público muy numeroso que no ha leído las novelas y que se quedará con esa interpretación cerrada del mito, coherente con el sistema de valores que transmite.

Esto se puede ver hoy perfectamente en el campo de los superhéroes. Disney compró la Marvel en el momento en que la industria cinematográfica americana vive en gran parte sustentada por la reinterpretación de los héroes del cómic para hacerlos masivos. Si comparamos al Lobezno o al Spiderman de los cómics con los de las películas encontraremos diferencias. Además los superhéroes saltan de una película a otra siendo siempre interpretados por el mismo actor, creando un entramado que recuerda al que surge a través de los mitos en la Grecia clásica.

Si hay alguien que sabe bien de esto es Alan Moore. Tras trabajar años en DC y en la Marvel haciendo guiones de superhéroes tradicionales, construye su Watchmen como una reacción al sistema de valores que estaba obligado a adoptar para caracterizar a sus personajes, tildado por él mismo como excesivamente machista y pro-capitalista. Watchmen entraña una dura crítica contra el valor propugnado del superhéroe haciéndolo más humano, con un lado oscuro físico y palpable: alcoholismo, problemas de control de la violencia, depresiones, problemas sexuales y todo tipo de trastornos que lo hacen antisocial. Moore entiende perfectamente la guerra que se está desarrollando en los campos semánticos. Quizá por ello podemos aventurar que cedió los derechos a Warner y 20th Century Fox de sus propias historias, Watchmen, V de Vendetta y La Liga de los Hombres Extraordinarios —en la cual recicla al Nemo de Verne como personaje—, entendiendo que las ideas que busca transmitir con ellas van a llegar a una gran parte del público que no accedía a sus cómics. El autor, no obstante, se mostró molesto con las interpretaciones que se hicieron de V de Vendetta y La Liga de los Hombres Extraordinarios. En el primer caso, al estar ubicada en una distopía orwelliana, Moore había diseñado una sociedad en la que había fracasado todo intento de acción y casi pensamiento disidente, trataba de plasmar el poder de los mecanismos de control, por eso su héroe es trágico y lleva su cruzada en solitario, como en la tragedia griega, las leyes de la ciudad, las leyes de los dioses, se imponen al héroe y este fracasa en solitario. En cambio, en la película observamos cómo, a pesar del fracaso individual del héroe, su mensaje, su idea, sí consigue calar en la población, dando una visión de esperanza en la sociedad como ente. En cuanto a la segunda obra, podemos afirmar que el guión y los personajes se deforman hasta tal punto que podemos afirmar que tan solo comparten el título y los nombres de los personajes. Como ejemplos pueden servir Allan Quatermain, protagonista principal rescatado de los fanzines de aventuras y llevado hasta su vejez, un explorador de África deprimido y adicto al opio en la Liga de Moore, que es llevado a la pantalla por un Sean Conery —otro actor de héroes— bravucón y confiado.

Moore retoma al Nemo de Verne y busca construir adrede un arquetipo que se oponga a la versión cinematográfica de Disney, como él mismo afirmó en una entrevista. Su príncipe Dakkar no alberga ningún rasgo occidental en su genética, a pesar de que sí está formado culturalmente. La aventura se sitúa muchos años después de la Isla misteriosa de Verne. Moore aprovecha todos los vacíos que rodean al capitán y construye su propia versión sobre ellos. Según avanzamos en la lectura de los ocho cómics en los que aparece, tres de los cuales giran en torno a su legado, se nos presenta un personaje en el que destaca el tercer eje que se mencionaba antes, su faceta anti-colonialista.

Si bien se une a un grupo de operaciones especiales de los servicios secretos británicos, en parte por un deseo de vivir aventuras tras un gran periodo de calma en su vida, lo hace también para poder estudiar a su enemigo y quizá tratar de sabotearlo desde dentro. Además se potencia el carácter sádico del capitán cuando lucha contra sus enemigos. Desde un primer momento desconfía del liderazgo de Quatermain y organiza un sistema de espionaje interno sobre sus propios jefes. Además Moore trabaja sobre el terreno de la isla de Lincoln. Se trata de una isla de piratas que han creado una suerte de zona autónoma. En ella encontramos algo que destaca sobre la tripulación de Verne y es que hay mujeres. Ciertamente en la obra original, sea por las causas que sea, podemos encontrar rasgos de misoginia en el personaje, también en el autor, ya que no aparece ninguna mujer en la tripulación. Este es un rasgo que Moore también destaca, pero obliga a Nemo a afrontarlo directamente al hacer que su única heredera sea su hija. El capitán reniega de ella frustrado por no haber podido tener un varón hasta sus días de vejez en los que, entre los últimos delirios antes de fallecer, se arrepiente del trato dado a su hija y la insta a que siga capitaneando la flota de la isla pirata. Para combatir esta misoginia y seguir explotando el potencial de la isla Lincoln, construye una trilogía en la que observamos a la capitana Janni Dakkar, que ha tomado el testigo de su padre pero ha impuesto su propio modelo, al frente del Nautilus y toda una sociedad autogestionada dedicada a robar, extorsionar y chantajear a los grandes poderes económicos.

El personaje, a través del cual Moore se muestra siempre en cualquier medio, ayuda a comprender muy bien la dialéctica de mitos que tratamos de explicar con el ejemplo de Nemo. Se presenta como un mago que entiende el terreno de la cultura como un terreno donde puede operar la magia. Para él las historias son hechizos que actúan sobre la sociedad, entendiendo una relación directa entre las historias que circulan entre nosotros y los valores sociales. De esta forma él configuraría sus obras como si fuesen hechizos que buscan contrarrestar los grandes mitos promovidos por grandes industrias culturales que sustentan su modelo en base al beneficio económico, al igual que hace Janni Dakkar.

Lo que indudablemente podemos deducir es que el capitán de Verne, al tratarse de un personaje donde la lectura y la interpretación tienen mucho trabajo que hacer, es una magnífica creación que encuentra un equilibrio entre lo que muestra y lo que oculta, de forma que el mito, al igual que el Nautilus y el propio mar, sigue en movimiento, transmitiéndose en sus variaciones a través de generaciones, adaptándose a las nuevas épocas. Siendo este un punto en el que se pone de manifiesto que la idea tan extendida de la virtud en la originalidad absoluta no parece muy acertada, pues precisamente la cultura se nutre de esa constante reinterpretación de símbolos, la batalla hermenéutica.

Modo lecturaÁlvaro Lorite. Desconfío de todo aquel que se dice poeta, desconfío de toda aquella que se dice artista. Los nombres los otorga nada más la cópula del tiempo y la suerte, lo demás es... Leer más

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