¿CELOS? PODRÍA DESPLEGAR UN PARLAMENTO SOBRE ESTA CAMA Y NO LLEGAR A UNA CONCLUSIÓN FIABLE. SOLO QUEDARÍAN MANCHAS. COMO LA DE UN MARTES DE ABRIL POR LA TARDE

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por David Aceituno

Dicen que hay un tipo de indecisión que se resuelve en la espera.
Sobre todo cuando la persona a la que amas llega tarde.
Pero no es exactamente llegar tarde
cuando llueve, ha pasado más de una hora
y él no te ha avisado.

¿Qué pensar cuando pensar se parece
a dar vueltas en una habitación de dos metros cuadrados?
Basta con imaginar un espacio lleno de paredes, las paredes
llenas de fotografías, las fotografías llenas
de un pasado al que ya no puedes
atribuir nada.

Enero en Valparaíso,

cenábamos bajo un cielo cada vez más sucio.
Relevo de luces:
las nuevas eran blancas y se incrustaron en sus ojos
cuando me preguntó a qué edad me acosté
con un hombre por primera vez.
Con un silencio medí la distancia entre mi estómago
y mi corazón.
A los quince, dije.
¿No está el corazón dentro del estómago?
Recuerdo cómo me envolvió con sus palabras
pero no las que eligió.
Reímos. Toc-toc: ¡quería detalles!
Pedimos más vino.

Se los di.

Reímos.

¿Te dolió?

Algo en su pregunta me hizo darme cuenta
de que no lo conocía.

Luz de plata sobre el paseo Atkinson
mientras la noche removía frases nuevas en el interior
de nuestras mentes.
Podías escuchar sus trozos de respiración,
animalitos de rabia buscando guarida en sus pulmones.
¿No está el corazón en los pulmones?
Nunca olvidaré el camino de regreso:
las calles de vidrio, la luna de vidrio siguiéndonos
para ocultarse en las curvas, uña de luz entre
parcelas de oscuridad.

En una película que vimos después
lo llamaron «celos retrospectivos».
Nos alivió que alguien le hubiera puesto nombre.

Es fácil leer en los ojos de quien espera la expresión «no vendrá»
cuando pides un segundo café.
Durante la espera todo movimiento es un ejercicio de simulación.
Por ejemplo, hojear el periódico, mirar el móvil, rascarte el cuello.
Esperar avergüenza:

parece una manera de reconocer

que existe alguien capaz de hacer lo que quiera con tu tiempo.
Vete a casa y apiádate de ti.
Los celos se contagian.
Los celos crean adicción.

 (No escuches a los coros griegos que susurran tan cerca.)

¿Quién no ha tenido el tiempo de otra persona en sus manos?
¿Quién no ha sido capaz de alterar el ritmo de otra respiración?
¿Quién no ha estado alguna vez al otro lado?

Aquel martes yo estaba al otro lado.
Ruido de llaves hurgando en los músculos del pecho.
Esa noche no me hice la dormida:
Enciende la luz si quieres, le dije.
Él respondió dejando la luz apagada.
Por lo demás, supo qué decir a cada momento.
Yo esparcía emes de asentimiento en la oscuridad.
La espera había terminado.

¿Lo ves?

Hay cosas que solo puedes contar si estás desnuda
y traicionando a alguien.
Te aseguro que esto no es una venganza.
Lo creas o no, mi matrimonio funciona.

De Hogar (Olifante, 2015).

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