Arte

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por Antonio Praena

 

Para Ricardo García

 

Soy el hombre que Bacon ha pintado

-más guapo, menos viejo-

desnudo sobre un váter parisino.

Soy el mismo animal en cuyos ojos

el sexo y el terror supuran una

violencia que no encuentra analogía.

Asmático de sangre, soy adicto

a los golpes de sangre,

y en pos de la belleza he destrozado

la jaula de la vida desguazando

con ella el animal que la habitaba.

No importa:

la escena es algo hermoso

como es hermosa la violencia

en los cuadros de Bacon.

 

Porque somos el monstruo de esos cuadros

y estamos infectados de un destino

repugnante y sublime.

 

Llevamos cada uno en nuestras venas

la hora de la muerte.

   Nada impide

preñar de nuestra muerte cuerpos nuevos.

Los monstruos se eternizan en el semen.

Sus hijos tienen dientes en los ojos

y devoran el mundo exactamente

igual que nuestros padres devoraron

el mundo con sus ojos y sus dientes.

 

Nuestro cuerpo es la hostia

sobre la que culmina el sacrificio

que quisimos amor y amor no pudo.

Lo supo Bacon bien; al fin y al cabo

lo dice el hijoputa mientras brinda

en un documental de los ochenta:

el amor es ser bueno. Pero estaba borracho.

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