Pasos de baile

por La Teniente.

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– Un, dos, tres… ¡cha-cha-chá! Un, dos, tres… ¡cha, cha, chá!

La miraba de reojo… Miraba sus pies pequeños embutidos en zapatos de baile de tacón bajo. Los veía revolverse con gracia, marcando los tempos con precisión, sin perder nunca el ritmo. Él, en cambio, se trabucaba a cada poco, como un ganso entre cisnes. De todos modos, ya no le importaba que ella le viese dar tumbos por el aula mientras destrozaba los principio básicos del cha-cha-chá. Ahora sólo importaba que gracias a aquel ridículo semanal al que se sometía, podía verla una vez cada siete días y recrearse en cómo movía sus caderas o en cómo daba saltitos gráciles cuando tocaba fox.

No estaba muy seguro de que fuese a llevarle a algún sitio aquella idea de apuntarse a bailes de salón que tuvo cuando supo que ella también iría. Al fin y al cabo, sólo la conocía de vista y, en las seis semanas que llevaban como compañeros de clase, la cosa no había cambiado demasiado. Es más: seguía sin hablar con ella y ni siquiera estaba aprendiendo a bailar. Parecía evidente que no bastaba con aquel esfuerzo titánico de calzarse mallas; tenía que hacer algo más… Así que tomó una decisión: ese día no saldría de allí sin hablar con ella. No importaba de qué. Si hiciese falta la pisaría para poder pedirle después perdón. ¿Y después? Después ya se vería… Lo que estaba claro es que no podía seguir jugando a ser Fred Astaire sólo para tenerla cerca, porque más pronto que tarde las clases se acabarían y él volvería a verse yendo a El Corte Inglés para espiarla entre las perchas de la planta de caballeros; algo que llevaba haciendo meses sin sacar nada de provecho (salvo dos jerseys que encontró rebuscando en una cajonera). Así que aquél era el día. No habría más retrasos. Que fuese lo que Dios quisiera.

Y Dios quiso que, por boca de la profesora de baile, fuese así:

– Hoy empezamos con algo nuevo: vals. Primero, la técnica básica, como siempre. Luego dejaremos que Noelia abra el baile, ¿no?, que para eso es la que más interés tiene en aprenderlo -la profesora la miró sonriendo-. Hay que aplicarse, que en la boda van a estar todos pendientes de ti cuando suene el vals…

Cuando acabó la clase (la última a la que pensaba ir), sintió unas ganas horribles de llorar. Sólo se le ocurrió coger un rotulador del mostrador de entrada y, en el baño, escribir en una puerta:

– Que te den por el culo, Strauss.