En el principio, la arruga

angel 4

De Pizzol-cementerio de Colonia, Uruguay

Por ROSANNA MOREDA.

Jugaba al fútbol con el entusiasmo rozagante de quien todavía no conoce el mundo, pero su tos cansina se quejaba por él.

Entonces a ella se le ocurrió investigar. Quiso saber qué tipo de enfermedad tenía el niño.

Fue un mediodía de recreo en el liceo, y la pelota gastada, la de siempre, se movía enloquecida de un pie a otro pero sin prisas.

Porque al tiempo le gusta capturar redondeces dominantes y adoradas, en movimiento perpetuo. Y pueblos concienzudamente ocultos como Nueva Helvecia, donde los muchos sinsentidos son delicias. Donde podrías aspirar, si te concentras, todos los olores cítricos del silencio. Y nada más. Porque no hay nada más. Silencios atrevidos como solo albergan las llanuras, que huelen a palmerita y a las arenas desérticas que casi están, que podrían ser. El tiempo juega a detenerse justo ahí. Ahí donde nadie mira. Juega con estas cosas que en el fondo, le parecen nimias. Hasta que un día ¡zas! Se cansa de la belleza de lo pequeño, e insiste en probar con lo grande, con lo serio. Elige el momento preciso, más bien crea el momento, pues su inteligencia, aunque no lo quiera, aunque lo niegue, es humana. No sabemos cómo llegó a enterarse el tiempo de aquella dolencia casi única en un niño muy amado de un pueblo chico del Sur de América. Cuando montó en su flecha y salió veloz en busca de ese nuevo bocado, el niño ya había envejecido como veinte años, lo que equivale a dos de los nuestros. Aquella noche, en su cama, el niño, en un hilillo de voz, le habló a su madre:

– ¿A vos no te huele raro?

– No, ¿por qué lo decís?

– Hay un olor extraño, como a asado, pero no es el asado de siempre.

– Te parecerá a vos mi amor, la carne a las brasas siempre huele igual…

Pero el tiempo, jamás imaginó que todos los juegos van más allá de sus propias reglas. Podrá convertir dos en veinte y cuatro en cuarenta, pero nunca, nunca conocerá la clave del inicio… al que no llega. Ese inmenso umbral cuando, como dijo un sabio, se borran los contornos y la nota del corazón se para.

Publicado originalmente en negralluvia y las siete gigantas.

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