El lenguaje no sexista: regalar la lengua al patriarcado

Por Felipe Guindo

El sexismo en el lenguaje es un tema especialmente controvertido. Defensores de la norma y rebeldes del lenguaje, activistas comprometidos, se enfrentan allá donde un discurso, oral o escrito, adquiera cierta relevancia o trascendencia. A pesar de que las soluciones que se proponen desde los distintos colectivos son múltiples y heterogéneas y ninguna guía de lenguaje no sexista ha adquirido aún el estatus de universal, no acogerse a alguna tendencia que violente el sistema de género del español se ha convertido en algo por completo inaceptable en textos públicos, oficiales, publicitarios o propagandísticos, sobre todo.

Desde la norma, hay un sinfín de argumentos para no emplear ninguna de estas estrategias. Ni los dobletes todos y todas, ni las marcas de ambigüedad como tod@s o todxs, ni dolorosas e irracionales feminizaciones como jóvena, miembra, o portavoza. No son argumentos en los que redundaré, pues tienen las patas muy cortas. No porque acepte los contraargumentos desmesurados de una filosofía suspicaz sino porque son, todos ellos, falacias etimológicas. El lenguaje está vivo y cambia con el mundo. La aparición de nuevas realidades hace que, de forma natural, aparezcan nuevas palabras para referirlos y la feminización de una palabra masculina es un método más para crear neologismos que acaben consolidándose en el uso.

Un ejemplo que ilustra bien esto son las profesiones. Durante el último siglo, por fortuna, la mujer ha ido adquiriendo un papel más relevante en el ámbito público, ocupando profesiones que tradicionalmente habían sido ejercidas sólo por hombres. Cuando uno decía «tengo que ver a mi médico», el mensaje se prestaba a confusión porque el hablante iba a pensar, seguramente, que se trataba de un hombre. En ese caso, y con buen criterio, el hablante tiende a resolverlo con dos estrategias: feminizando la palabra, creando el neologismo «médica», o bien, acompañándola de un artículo femenino, creando el sintagma «la médico». A través de la primera solución aparecieron: presidenta, abogada, bióloga, árbitra, etc.

Ese es un buen ejemplo de cómo el mundo cambia al lenguaje. Hago hincapié en esto porque no creo que pueda suceder a la inversa. Me explico: ¿Por qué no ha proliferado la palabra pacienta, siendo morfológicamente similar a presidenta? E igual que pacienta, ¿porque no existe solicitanta, ponenta, valienta…? La respuesta es sencilla: siempre ha habido mujeres pacientes, valientes y solicitantes, y el empleo de estos términos no lleva a quien nos escucha a un equívoco, como sí puede ocurrir con presidente. Presidente es quien preside, igual que el solicitante es quien solicita, sin importar el sexo. La diferencia está en las nuevas realidades una paciente no es una nueva realidad pero una presidenta sí. Por tanto, se hace necesaria la segunda.

Y es que, por más vueltas que queramos darle, el género gramatical no se corresponde con el sexo. Y no hablo de la norma, hablo de cómo funciona nuestro cerebro. Vayamos con otro ejemplo: miembro. A pesar de ser una palabra gramaticalmente masculina, no es una palabra que refiera sólo a hombres. «Ella es un miembro fundamental de empresa» no nos rechina para nada, exactamente igual que «Él es una pieza fundamental de empresa». Pieza, a pesar de ser una palabra gramaticalmente femenina, puede referir a hombres, igual que persona. Por tanto, crear las palabras miembra, jóvena o portavoza, es tan ridículo como intentar crear piezo o persono. No hay cosas nuevas en el mundo que exijan la creación esas palabras, y nuestro cerebro (el depositario de la lengua), las catalogará siempre de inútiles y redundantes. Es el mundo el que cambia el lenguaje y no al revés. Las mujeres no se hicieron abogadas y médicas gracias al empleo de estas palabras, sino que estas palabras aparecieron gracias a que las mujeres lucharon por convertirse en profesionales de primer nivel. Por desgracia, aún estamos muy lejos de que exista una igualdad efectiva entre hombres y mujeres, y a medida que la lucha feminista siga haciendo conquistas en este sentido aparecerán nuevos términos aceptables por el sistema lingüístico, aunque no necesariamente por la norma.

Y con el famoso masculino genérico, ocurre justo lo mismo. La oración «Te lo juro por mis hijos» no excluye a las mujeres de su clase para el entendimiento de ningún hablante del español salvo que haya factores psiquiátricos de por medio. ¿Estoy negando, con estos argumentos, la existencia del sexismo en el lenguaje? Por supuesto que no. Fuera de estos ejemplos, ciertos actos de habla pueden constituir un claro atentado contra la igualdad entre hombres y mujeres. Se me ocurre un famoso titular: «Mueren dos turistas alemanes y sus mujeres en un accidente». Todas las maneras descontextualizadas de referirse a una mujer en función de la relación que tenga con un hombre, es machismo, además de otras muchas formas sexistas que no viene al caso discutir.

Dicho esto, ¿qué ocurre con todas esas estrategias? Para empezar, asumen que el género gramatical se corresponde inherentemente al sexo. Y segundo, asumen que el único género gramatical femenino tiene que acabar forzosamente en –a, si se refiere a una mujer. A pesar de que hay multitud de sustantivos de género gramatical femenino con otras terminaciones, como la mano, la mar, la calor, la actriz, la matriz, la voz o muchísimos adjetivos acabados en –e indistintos, las normas no oficiales de lenguaje no sexista sólo reconocen la –a. Sin embargo, no dicen «capilla ardienta», a pesar de que, obviamente tanto capilla, como el sustantivo que la acompaña, son palabras femeninas.

En mi opinión, aceptar como femeninas sólo aquellas palabras que acaban en –a, o en algún símbolo estrambótico, es una cesión enorme a bajo precio que el activismo le ha hecho al patriarcado. De repente, palabras que indiscutiblemente referían también o en exclusiva a mujeres, pasan a ser de exclusiva propiedad del sexo masculino. ¿Cuál es la actitud del patriarcado con la aparición del conflicto? Sencilla: la lengua nos pertenece, y si queréis haceros ver, tenéis que usar elementos extraños. ¿No debería indignarnos que se acepte que todos y cada uno de los cientos morfemas flexivos del español sean exclusivos del hombre y sólo los morfemas –a, –as se acepten como típicamente femeninos? Le regalamos el noventa y ocho por ciento de nuestra comunicación al patriarcado. Una verdadera oposición lingüística, disputaría un mayor espacio semántico en nuestra lengua. La voz es femenina, las portavoces también, a pesar de que no acabe en –as. No más cesiones al patriarcado.

 

Foto autor Felipe Reyes
Modo lecturaEr zobiético. Nació en Granada el día de la república exactamente un año después de la Expo’92. Creció en un rincón de la Alta Andalucía profunda, hecho que le hizo crecer como un... Leer más

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1 Response

  1. Irene Sotos Erce. dice:

    Médica no es ningún neologismo. Conozco esa palabra desde que tengo nariz. Igual que abogada o ingeniera. Tengo sesenta y tres años y nací en Argentina.

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