Genealogía del cuñadismo

por Felipe Reyes Guindo

El filósofo Gianni Vattimo fue quien propuso la dicotomía de pensamiento fuerte y pensamiento débil para describir los cambios en la manera de pensar que se devienen con la posmodernidad, de la que es uno de los principales teóricos. Según Vattimo, mientras que en las sociedades modernas se tendía a pensar mediante la generación de categorías fuertes, creencias sólidas y posturas absolutas, los ciudadanos del mundo posmoderno ejercen el pensamiento débil: se niegan a atribuir a su existencia un fin, un sentido o una trascendencia ulterior y en consecuencia no generan valores sólidos. Se colocan en la filosofía de la tolerancia, la convivencia, la conservación y defensa de todo lo que no genere sufrimiento y abogan en el imperio planetario de la condescendencia. A costa de relativizar hasta el infinito las ideas y creencias que lo impidan. Renuncian por completo a la imposición de las posturas propias e incluso a la mera exposición o discusión de las mismas si en algún momento causa malestar a aquellos con quien conviven.

El cuñadismo ha sido visto hasta ahora como un elemento más humorístico que otra cosa, formando parte de numerosas escenas que hacen sátira de unas relaciones familiares plagadas de tópicos. Cuando los términos cuñado y cuñadismo empezaron a saltar a la política, muchos creímos que se trataba una mera estrategia empleada por ciertos actores de la izquierda para desacreditar ad hominem a su adversario, relacionándolo con lo casposo, lo rancio, las muletillas superficiales disfrazadas de doctas sentencias, la campechanía frívola española… En virtud de este fenómeno, empieza construirse en el imaginario colectivo lo que se entiende por cuñado: aquel que opina sobre cualquier cosa a placer sin tener ni idea de nada y sin que parezca importarle no tenerla, haciendo uso de perogrulladas, estereotipos del peor gusto y lugares tan comunes que le hacen pensar a uno que nuestro interlocutor está bromeando (pero no: lo ha dicho en serio). En definitiva: un muestrario completísimo de falacias entre las que no se puede encontrar ni un solo argumento verdadero.

El cuñadismo es la peor manera de opinar. Pero es una forma de opinar, al fin y al cabo. Afectada de una verborragia descontrolada, por cierto. Este comportamiento no puede coexistir con un sistema sólido de valores y categorías inflexibles porque no habría lugar para una subversión genuina, que es lo que a todas luces persigue el cuñado. Ser depositario de un férreo entramado de enseñanzas, experiencias y posturas absolutas para las que no existe ningún género de duda, impide que el individuo ejerza la labor de Prometeo, que es lo que se esconde detrás de cada cuñado. Y parece claro que saberse el pensador más ecuánime e imparcial es conditio sine qua non para el cuñadismo. No debe resultar sorprendente, por tanto: los cuñados son uno de los frutos inevitables del pensamiento débil del que habla Vattimo y llevan al menos tres décadas rondando y proliferando a lo largo y ancho del país.

¿Ha habido algún cambio? Hasta hace poco, los cuñados no constituían un estrato electoral explotable. Sencillamente era una idea de necios que los políticos apelasen a la voluble idiosincrasia de este sistema de pensamiento débil. Por varias razones: primero, porque con frecuencia el cuñado se auto percibe como un outsider de la política, en cuyo caso, ni recurriendo a los tópicos más repetidos conseguirás que se identifique con una opción política. Perdería su condición especial de librepensador; ningún partido es lo suficientemente bueno para él. Segundo, la propia debilidad del pensamiento hacía que muy probablemente cambiaran rápidamente su parecer respecto a las posturas anteriores. Y tercero: en general nada les impedía acabar votando por un partido concreto en virtud, por supuesto, de otros motivos que no fueran la completa sintonía ideológica.

Algo ha debido cambiar en España para que, de repente, salga a cuenta emplear el cuñadismo como herramienta política. Como recurso retórico, ha invadido los discursos políticos de izquierda a derecha, pero es que también ha invadido el sistema político español, apareciendo un partido hecho a medida para el selecto y distinguido club de los cuñados. El cambio está en que el cuñado ya no se siente un outsider de la política; no tiene que acabar desechando secretamente sus ideas de barra del bar porque alguien las está empezando a decir en la tele. En consecuencia, hay una serie de ideas y posturas que se han consolidado, dándole entidad a esta idiosincrasia y haciendo que sea, por tanto, menos voluble. Es decir: cuando empiezan a aparecer ideas sólidas, el cuñado tiene de repente la potestad y el derecho de exigir cierta sintonía ideológica con el partido al que va a votar. En pocas palabras: el pensamiento se ha fortalecido.

Esto va aparejado con ciertas actitudes de imposición inauditas que caracterizan más bien a las formas de pensamiento fuerte. Frases hechas que, misteriosamente, sentencian una discusión: «es mi opinión, tú tienes la tuya y la respeto»; como si con eso fuera suficiente para evitar que el otro le diga que lo que está diciendo es una soberana estupidez. De hecho, las ideas se han solidificado tanto que la flexibilidad argumental es casi nula. El cuñado no acepta una apostilla, una sugerencia, una reserva y, ni mucho menos, otro punto de vista. Exhalará enseguida toda una sarta de «ya lo verás», «te lo digo yo que sé del tema» o «tú de eso no tienes ni idea»…

No obstante, sí que pervive la continua pretensión de colocarse en el centro virtuoso, en el equilibrio entre dos extremos de los que reniega. Anteriormente (antes de que este sistema de pensamiento se fortaleciera) el cuñado aceptaba las dicotomías socialmente establecidas y se posicionaba en el punto equidistante. Algunos con una creatividad magnífica: recuerdo a un republicano que colocó el escudo de la segunda sobre la rojigualda alegando que, a pesar de ser un convencido republicano, se negaba a aceptar la imposición del morado (y hasta aquí su lucha). Ejemplos aparte; cuando estas ideas se han fortalecido, ¿cómo garantizar que representan la equidistancia entre dos extremos? ¿Cómo mantenerlas así si por casualidad la sociedad cambia la oposición dicotómica en cuyo centro está ubicada? Fácil: fijando los extremos. Creando las dicotomías, falsas en la mayoría de las ocasiones, de tal forma que una idea absolutamente reaccionaria pueda pasar por moderada. El clásico ejemplo es el de «ni machismo ni feminismo: igualdad». La falsa oposición entre machismo y feminismo les ampara a la hora de tomar parte por una actitud reaccionaria ante la lucha feminista. Pero se me ocurren otros ejemplos: racismo e integración. «Yo no tengo nada en contra de que vengan, pero tampoco que tengan más derechos que un español» o «a mí no me importa que se les atienda como es debido pero digo yo que los que somos de aquí primero, ¿no?». Racismo disfrazado de equidad y justicia. O el falso enfrentamiento entre las diferentes regiones de España frente a Cataluña: «Vale, pues si ellos pueden decidir, ¿por qué no Andalucía?», «Mientras Cataluña esté en España, tendrán que decidir los españoles ¿no?».

No quiero que se desprenda de este artículo que tengo algo en contra del pensamiento fuerte; más bien al contrario. Detesto sobremanera el pensamiento débil y creo que es un síntoma fatal del mal de nuestro siglo. Pero es que no todos los sistemas de pensamiento fuerte son tan deplorables como el cuñadismo. Y el cuñadismo no hubiera sido más que una anécdota si no se hubiera fortalecido. Los sistemas de pensamiento fuertes son perfectamente compatibles con el devenir próspero de un pueblo, una nación o una comunidad intelectual encargada de renovar las letras o las ciencias; tanto así, un pensamiento débil instruido puede detener el ritmo voraz y descontrolado de una sociedad con valores férreos y posicionamientos tan inamovibles que no pueden ser corregidos sino por una resistencia ideológica de pensamiento débil. Pero lo del cuñadismo es un despropósito se mire por donde se mire: aparece con el debilitamiento del pensamiento y, tras proliferar virulentamente entre colectivos poco instruidos, se solidifica y fortalece en el peor momento de su ciclo evolutivo. Esas mentes son como un producto que se pudre al romper la cadena de frío. Perfecto si lo dejas congelado, bien si lo mantienes tibio. Fatal si lo descongelas y lo vuelvas a congelar. Puede ser venenoso e incluso mortal; a eso nos estamos enfrentando entre tanta risa con los cuñados. Pero no es tan gracioso: puede que acaben ganando el pulso de las elecciones en este país.

Foto autor Felipe Reyes
Modo lecturaEr zobiético. Nació en Granada el día de la república exactamente un año después de la Expo’92. Creció en un rincón de la Alta Andalucía profunda, hecho que le hizo crecer como un... Leer más

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