España es Latinoamérica

Mapa Dymaxion

por Munir

Advertencia preliminar

Si por cualquier motivo el lector de esta página creyera que la realidad preexiste al discurso, deberá tomarse el trabajo de convertir todo lo subjuntivo –verbos en subjuntivo, estructuras en subjuntivo, signos de puntuación en subjuntivo– en indicativo. Esto propiciará una mejor comprensión de un texto que se declara incapaz de admitir ingenuidad alguna. Si el lector, aun creyendo que la realidad preexiste al discurso, decidiera continuar leyendo en subjuntivo, deberá asumir la no-preexistencia del objeto literario (a riesgo de no entender absolutamente nada). Dicho esto.

Como si (aclaración o enredo de la “Advertencia preliminar”)

Si –como dijo o escribió Nietzsche– pensar «como si» es necesario y/o deseable, leer «como si» también habrá de serlo. Sé lo que están pensando: es probable que lo que nuestro querido Friedrich buscara con esa afirmación no fuera sino constatar la imposibilidad de un nominalismo absoluto, pero en cualquier caso eso en el fondo nos lleva a acatar el hecho ineluctable de que cambia, todo cambia (según Heidegger y Mercedes Sosa) si lo leemos «como si». El aforismo de Nietzsche fue enunciado como un aliento de vida o un mantra de autoayuda, pero aquí lo trataremos como una posición hermenéutica. Si no lo fuera, de hecho, estaríamos entendiéndolo como si lo fuese, que es de lo que aquí se trata. Podemos pensar que Nietzsche habría estado orgullosx de nosotrxs.

Al mismo tiempo, en ese vídeo que Ricardo Piglia perpetra en 1995 (titulado «Macedonio Fernández»), un señor cuyo nombre no atino a recordar nos cuenta una anécdota. Dicho señor iba un día de camino al Teatro Colón, por la calle Cerrito o «una de ésas», cuando se encontró con alguien que por lo que yo puedo dilucidar era un fotógrafo extranjero, o el sobrino de alguien, no sé; ya sea porque me falla la memoria o porque la sintaxis argentina está diseñada precisamente para permitir los enunciados irreconciliables, reconozco que no lo sé. No importa. El caso es que el tipo le dijo al señor «oiga, parece que va usted al Teatro Colón», y el señor respondió (sorprendido) que no, que él no iba al Colón. Tras unos segundos de desconcierto (éstos los añado yo), el tipo dijo «pues parecía que estuviera usted yendo al Colón», y continuó: «igual se lo aviso: suspendieron la función». El señor lo miró, más sorprendido aún que antes, y terminó la conversación con un «bueno, de todas maneras gracias». Y así termina la anécdota, que –afirma el señor en la entrevista, un nivel de realidad por encima de la anécdota– él no habría recordado como especial sino porque fue típicamente macedoniana. Es cierto: el episodio no habría sido recordado –id est, no habría ocurrido– si no hubiera sido porque el señor tenía puestas las gafas de leer a Macedonio, porque leyó la realidad «como si» ésta fuera un texto de Macedonio.

Leer la realidad como si fuera una novela de Macedonio. Leer A como si fuera B. En eso consiste todo.

Leer la literatura española como si fuera literatura hispanoamericana.

(El anterior título es aquél cuya des-subjuntivización el lector inocente debe poner mayor esmero en lograr: «la literatura española es literatura hispanoamericana»).

¿Por qué? Empecemos por la parte menos ingenua del asunto. Hay todo un elenco de razones políticas por las que es interesante filiar a España con Latinoamérica –el continente donde la izquierda ha logrado y logra sobrevivir con más fuerza– antes que con Europa –ese apéndice disfuncional de los Estados Unidos–. Pero eso suena demasiado a «España y los países del sur». No crea el lector que me he dispuesto a ensuciar este rincón del ciberespacio sin haber recabado antes algunos otros argumentos de índole menos política, más inmanentistas. Pero vaya por delante que la petitio princeps de este relato es que España es un país latinoamericano (o: leer a España «como si» fuera un país de Latinoamérica (de hecho lo es (¿van captándolo?))).

Se esgrimirá como tesis principal en contra de dicha presuposición lógica que España no puede ser Latinoamérica por un motivo geográfico, esto es, anacrónico: España está al este del Océano Atlántico (o muy al oeste). Yo me pregunto si no es mayor la distancia que impone una lengua que la que impone un «charco», y si a pesar de eso no decimos que Brasil o Haití pertenecen a Latinoamérica. Mientras haya aviones y cable submarino (internet) la respuesta es no, la distancia no es mayor. Hasta que se desentrañen los misterios últimos de la traducción automática, claro. Es por eso que debemos actuar con presteza.

Y no sólo por eso: vivimos un momento de cambio económico y –por la teoría del reflejo, que a veces sigue siendo útil– por eso mismo también ideológico. Acaso la literatura sea la punta de ese iceberg que los marxistas llaman superestructura. Entonces, no extraña que en nuestro país no podamos encontrar un grupo literario medianamente cohesionado –más allá de la broma que constituyen Luna Miguel y sus secuaces–, ni siquiera un género o un estilo de moda –más acá de los best seller (y ésa es otra discusión)–. Por eso es el momento de atacar, de construirnos unas gafas y también –para qué negarlo, si hemos dejado de lado toda ingenuidad– de tejer una bandera.

La última respuesta a la pregunta eterna (y eternamente mal enunciada (¿por qué?)), es acaso la más evidente: porque en el siglo XVI la literatura española y la hispanoamericana eran, efectivamente, una sola cosa, Sor Juana y Góngora y el Inca Garcilaso. Porque sólo somos ramas de un tronco común, uno que no nos pertenece. Porque las jarchas y las moaxajas y la Razón de amor y el Laberinto de Fortuna son literatura hispanoamericana precolombina.

Con café y un mapa de Europa desplegado sobre la mesa

El primer paso sería necesariamente bibliográfico. Consiste en fabricar unas gafas con la minuciosidad de un orfebre, de reconstruir y al mismo tiempo negar para siempre la posición en la que Carlos Argentino Daneri se ponía para mirar el infinito universo que descansa en el decimonono escalón de algún sótano de Buenos Aires. Consiste, entonces, en fatigar historias de la literatura hispanoamericana, en responder al exhausto enunciado «de qué hablamos cuando hablamos de ()», poniendo entre los paréntesis a la literatura hispanoamericana. (Hispano- o latino-, la duda me corroe, porque desconozco la literatura brasileña y ese gigante se me figura bajo la imagen de un gigante hambriento).

Habría, en definitiva, que encontrar una postura desde la que mirar a la escalera, y de ese modo contorsionarnos para mirar a la literatura española. El objetivo no es ser verdaderos sino productivos, y lo seremos.

La buena noticia es que ese paso ya ha sido dado.

Algún ingenuo podría objetar con incorregible prosa que «la literatura española no es literatura hispanoamericana», pero leer es siempre leer desde, y por lo tanto seleccionar y «canonizar» una parte del corpus: unos autores, unas obras o incluso unas líneas, no importa. Ésa es la segunda parte del trabajo, para la que necesitaremos las gafas que antes habremos construido.

La tercera parte del trabajo consistiría en universalizar (en pequeñito) las lecturas de la segunda parte, es decir en extraer conclusiones, filiar estilos, fundar géneros (fundar, que no descubrir, porque hemos descartado la preexistencia desde el principio de este texto). Hablar de la literatura aérea y citar a Huidobro y a Valle Inclán, hablar de reescritura histórica en el marco de la posmodernidad y filiar a Álvaro Enrigue con Menéndez Salmón. No todo sería válido, y no incurriré por más tiempo en la temeridad de presentar los frutos de un trabajo antes de haberlo llevado a cabo.

¿Por qué Bolaño o Fresán no son escritores españoles? Dicha pregunta puede ser respondida, pero no se lo pondríamos tan fácil a los defensores del statu quo si preguntamos por qué Vila Matas no se puede asimilar a Bolaño y a Fresán. Y si ambos son latinoamericanos… todo el peso del Modus Ponendo Ponens caería sobre la cabeza de nuestro maniqueo: Vila Matas es un escritor latinoamericano. Y Chirbes, y Eloy Tizón, y Andrés Neuman y Rafael Reig. Lo mejor de todo es que estaríamos permitiendo a todos los escritores latinoamericanos reescribir el Lazarillo, plagiar la Celestina o apropiarse del Quijote.

Estaríamos descubriendo España.

Foto Munir
Modo lecturaMunir (Madrid 1989 – Ixtapalapa 2022). He publicado tres cuentos sueltos (M, Los ojos blancos y Del otro lado) y una novela (Los pistoleros del eclipse). Si echan de menos el nombre de... Leer más

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

-->