Fragmento de Ish Hazari acerca de la verdad, el estado, la novela, etcétera

Dinero Yo

por Guido Ohlenschlaeger Gómez

Existe una relación entre Borges, Wittgenstein, Foucault, Piglia y Macedonio, dijo Hazari. La máquina de Macedonio que crea un relato infinito. El texto como cita, el texto sobre el texto, la historia como texto, la verdad como cita y un largo etc. «Posible e imposible» mejor que «verdadero» y «falso». No hay lenguaje privado porque no hay nadie privado. La palabra es siempre una repetición de algo ya dicho previamente, un lugar común, por eso nos entendemos. Y también la historia.

Un policía busca la verdad cuando interroga a un sujeto —o lo tortura— pero desconoce que lo que le está pidiendo —lo que exige— en realidad es que restablezca el orden de las cosas. Cuando un policía pregunta si tienes o no papeles se quiere asegurar de que la gente sigue queriendo decir «democracia» cuando dice «democracia», que cinco euros siguen valiendo cinco euros y que «¡siéntate!» sigue siendo un imperativo para instar a alguien a que se siente. Si lo mató, es necesario por el bien del estado, de la historia, de la ciencia y de todas las novelas que se han escrito que el interrogado responda que lo mató, no por la justicia en abstracto, si quizás por la verdad, pero la verdad como repetición de todo lo ya dicho, como la aseveración de que todo sigue igual y es más, de que nada va a cambiar —de que el archivo sigue siendo el mismo—. La cómoda seguridad de la idea a la que le encuentras una cita —(2009: 32)—.

Cuando declaras ante el juez o en un interrogatorio se produce un suspenso de realidad —un espacio de anarquía— durante tal vez segundos, minutos, horas o días hasta que el juez dicta una sentencia o pronuncia unas palabras, y es en esa libertad en la que todo podría haber sido de otro modo, en la que podría no haber sido, ese momento intocado donde somos con todas las consecuencias, hasta que el juez golpea el estrado con el martillo o el policía vacía toda su rabia en tus brazos y te hace hablar. Entonces es cuando sucede la verdad y la mentira, la condena o la libertad, la vida o la muerte. De la forma que sea, es en ese instante cuando vuelve el relato, la narración, lo verdadero o lo falso, la ciencia, la historia y en última instancia el estado. Y es por eso que el policía pierde la calma y vacía el ácido contra el cuerpo del torturado, o te golpea el rostro con el interior del puño —el guante negro, y un dolor en la cabeza que no deja marca—, porque teme la anarquía, la destrucción del estado y en última instancia la desaparición de la verdad. Lo triste, dice Hazari, es que no podemos salir de ahí. El momento de indeterminación es rápido y fugaz, imposible para nosotros, tal vez para el loco no —no lo sabemos—.

Igual que un novelista que construye una novela incoherente y que morirá pobre, lentamente sobre su propia boca hambrienta. Por eso el estado se asegura de que el mercado literario no deje entrar a los escritores bárbaros. Por eso la policía tortura a los pobres, y los persigue, porque ponen en cuestión lo que es. Por eso evitan encarcelar al rico, para no ponerse a ellos mismos en suspenso; al estado y a la verdad.

Es triste que la mayoría desconozca el poder de su testimonio, de su palabra, para hacer que el Estado se tambalee. En la universidad, en un juicio, en un interrogatorio, en un bar, en el autobús, en el gimnasio o en una oficina. Declinar la invitación a sentarse en la silla del escritorio antes de empezar la entrevista de trabajo porque no existe tal silla, o negar la verdad del dinero por ejemplo quemando un billete en la cafetería o pagando con un papel pintado puede tambalear un estado, una unión de estados o el total de las significaciones o del lenguaje, por eso da tanto miedo —por eso crearon la palabra loco—.

Por eso nos asustamos cuando oímos a un tipo solo gritando por la calle, contra nadie, contra nada, solo porque le gusta mirarse en los escaparates de las tiendas mientras grita, colocándose la gorra de medio lado una y otra vez. Nos violenta verlo. Pone en cuestión lo más sagrado: nosotros. Por eso nadie compra una novela en la que un personaje va mutando sin razón aparente en el transcurso del relato. Solamente si introduces un relato sobre por qué el personaje muta, o un metarrelato ensayístico sobre la no identidad de los personajes de una novela. O solo si el lector tiene ya ese marco de lectura. O ni si quiera esto. Seguramente si existes, si no has perdido toda realidad nunca puedas escribir algo que carezca de sentido completamente, porque siempre habrá un marco de lectura («es un niño, estaba loco, intenta jugar con la noción de identidad, es un teórico y se nota, responde al juego posmoderno de la caricatura novelesca de los personajes, etc.»). Pero si consigues escribir un relato de ese tipo de seguro que la gente lo llamará «bazofia» o ni si quiera habrá nadie que pase de las dos líneas, porque ya desde la primera linea, dirán, se nota que es un texto malísimo. La esperanza es que no te conozcan, que no sepan que estudiaste dos carreras y sabes cinco idiomas, porque entonces estás perdido. El estado ha dicho que si estudias dos carreras y sabes cinco idiomas tienes que ser medianamente capaz de escribir una novela —aunque no sea una genialidad—. En cualquier caso es imposible que alguien con estas características escriba una —bazofia tal—. Se pone entonces en juego la maquinaria hermenéutica del sentido. Algo nos hemos debido perder, «está jugando con algo que desconocemos, nos quiere tomar el pelo, está parodiando a la novela como institución y un largo etc.» y esas coletillas serán las que den valor a la novela. Si uno indaga un poco más, al final de todo esto está el miedo a que perezca el estado, la verdad, la lógica, la ciencia y en última instancia el lenguaje mismo. Lo imposible no es una categoría que interese para la revolución. Más bien todo lo contrario. Pero lo posible es otro asunto. Nada más odiado que lo posible. Nada más temido por el estado que que el pobre pueda hablar o ser oído —por eso lo persiguen— o que el loco pueda tener razones, o que el rico pueda estar equivocado o pueda ser un delincuente. No es de extrañar que en Chino la palabra dinero y la palabra «Yo» se escriban prácticamente igual. 钱 我. Ellos lo han visto, seguramente, como tantas otras cosas que nosotros todavía ni intuimos. Estamos atrapados y perecemos a causa de «la verdad».

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