Uno para todos o todos para uno

Por Lorenzo Heredia.

La historia del deporte ha convivido entre la dialéctica del individuo y la del grupo, hay una gran variedad de disciplinas deportivas donde la conjugación de individuo con el grupo es tema de debate. Pero de entre todos los deportes el ciclismo es el que mejor representa la conjunción del individuo y del grupo, uno sin el otro y el otro sin el uno. Sin embargo, el fútbol que es un deporte de equipo parece cada vez más individual ante la importancia que cada año gana la victoria de un jugador en el Balón de Oro. Tal vez la historia de un ciclista nos muestre algo de luz dentro de este largo debate tan viejo como el hombre y tan nuevo como fútbol.

Jacques Anquetil fue uno de los mejores ciclistas de la historia, el palmarés que atesora sólo corrobora esta afirmación. Aunque no fue nunca campeón del mundo, dominó el pelotón ciclista entre la segunda mitad de los cincuenta y la primera mitad de los sesenta. Entre sus grandes logros encontramos un récord de la hora —donde superó la marca establecida por el gran Fausto Coppi—, más de veinte títulos entre clásicas y carreras por etapas, dos Giros de Italia, una Vuelta a España y sobre todo pertenece al exclusivo club de ciclistas que han ganado el Tour de Francia cinco veces —donde además ganó 16 etapas—.

La obra de Anquetil pertenece a ese momento en que el deporte se cruzaba entre lo amateur y lo profesional, cuando todavía quedaba lugar para la pasión irracional. Corrió en varios equipos, era un ganador nato, pero sobre todo era frío y calculador, su apodo le precede «Monsieur crono». Anquetil aparte de ser de esos deportistas que traspasan la barrera del tiempo (la memoria se empeña en no olvidarlo), no sólo se le recordará por ser un ganador sino también por su método pionero. Así, por primera vez, las carreras ciclistas que siempre dependían de la fuerza individual de las piernas de cada componente del equipo ciclista comenzaron a cambiar ya que Anquetil y su equipo incorporaron la fuerza del grupo para lograr sus objetivos. Dentro de un deporte tan individual como el ciclismo, Anquetil y su equipo consideraron la opción de planificar las carreras con ayuda de todos los componentes del equipo. En una carrera de tres semanas como el Tour, el Giro o la Vuelta se intentaba optimizar todos los recursos de todos los componentes del equipo. Así empezaron a aparecer los gregarios, la gran figura en la sombra de los grandes campeones de este deporte. Con ello, y sin saberlo, Anquetil y sus respectivos equipos iniciaron un modelo de ciclismo que todavía perdura, donde el cálculo de distancias con tus rivales es básico para afrontar el día a día de uno de los deportes más duros del mundo y donde la dosificación de fuerzas es esencial para la obtención de éxitos. Anquetil dominó las cronos, su gran especialidad, y todas las grandes vueltas que ganó lo hizo con una solvencia espectacular ya que dosificaba esfuerzos en cada etapa según la distancia que tenía con los demás o que los demás tenían con él, pero sobre todo con la ayuda de su equipo para atrapar escapadas o para hacer selecciones en ascensión de puertos y así eliminar a posibles rivales, ya no para la victoria de etapa sino para la victoria de la carrera.

Anquetil nos enseñó otra forma de ganar en un deporte tan individual como el ciclismo. Hoy en día ejemplos como el de Chris Froome y su equipo (Sky Team) demuestran que el grupo se presenta como necesario y fundamental para la consecución de los objetivos individuales, pero sobre todo que las enseñanzas de «Monsieur crono» perduran y siguen más vivas que nunca.

Durante los años que Anquetil daba estas lecciones al mundo, nacía en Francia a manos de la revista France Football el Balón de Oro, el antónimo a las enseñanzas de «Monsieur crono». Así en 1955 se da el primer Balón de Oro y con ello se inicia una historia que desembocará en la exaltación del individualismo exacerbado dentro de un juego de grupo como el fútbol.

En sus inicios, el Balón de Oro, además de iniciar la andadura hacia el premio de la individualidad sobre lo colectivo, estaba reservado para los europeos que jugaban en Europa como símbolo de la Europa imperial que enseña al mundo sus virtudes en forma de goles o jugadas y como reafirmación de la relación asimétrica que tenía Europa —como representante de la civilización— con el resto del mundo. Sólo algunos como Eusebio, un oriundo de Maputo (Mozambique), tuvo el privilegio de ganarlo; aunque debemos tener en cuenta que para ello abrazó la nacionalidad portugesa. Hubo que esperar para que otro africano lo ganara hasta 1995 cuando el liberiano del Milán George Weah se alzó con el premio al mejor jugador de Europa.

Los nombres que engrosan la larga lista de ganadores de este trofeo individual pertenecen al imaginario colectivo del fútbol, y el recuerdo de estas figuras da más vigor y fuerza a la intrahistoria de muchas de las dinastías que se han generado a lo largo de la historia moderna del fútbol. Muchos nombres se quedaron sin este entorchado, los bloqueos consensuados, como la reserva a jugadores europeos mencionada previamente, privó a Maradona o Pelé de estar en esta exclusiva lista, uno por ser sudamericano aun jugando en Europa —Nápoles 1984-1989— y otro porque nunca jugó en Europa. Y la pregunta que nos podemos hacer al respecto es: ¿es necesario que un gran jugador gane el Balón de Oro para considerarlo como tal? Los ejemplos de Pelé y Maradona nos muestran que no es necesario para traspasar la barrera del tiempo y el fútbol te tenga reservado un espacio.

Si seguimos mirando la historia de este título individual, veremos que en su palmarés sólo están un portero y varios defensas; el resto son delanteros o centrocampistas llegadores, siendo este hecho sintomático del objetivo de este trofeo: el ensalzamiento del éxito individual por encima del grupo. La bola de nieve fue creciendo con los años para engendrar un relato sobre el triunfo de un futbolista en un juego de equipo. Aun considerando la premisa de que son, fueron y serán grandes jugadores, ser el protagonista del momento más exaltante del fútbol —el gol— no significa ser el único autor de la obra, ya que para que el balón llegue a zonas del campo donde se pueda generar una ocasión que permita a un equipo sumar un dígito en su cuenta goleadora es necesaria la intervención de muchos jugadores y el éxito grupal sólo se consigue cuando un equipo entero logra levantar algún trofeo o por qué no, cuando consigue mantener la categoría después de una dura temporada en los puestos rojos de la clasificación.

Y como no bastaba con el balón de oro, la FIFA, siempre envidiosa de la UEFA y de Europa, inventó allá por el año 1991 un trofeo similar al Balón de Oro pero de calado mundial. La fiesta ya estaba preparada para que la lucha de egos de muchos tuviera su campo de batalla. Ya no sólo ibas a ser el mejor de Europa sino el mejor del mundo. Todo esto y la capitalización salvaje del fútbol durante los años 90 convirtieron el Balón de Oro en una cuestión nacional; véase el caso de Raúl en 2001 o el caso de Xavi Hernández en 2010, donde muchos esgrimían el discurso del chovinismo anti-afrancesado para argumentar que la no victoria de españoles en el Balón de Oro era una cuestión de xenofobia de los franceses rencorosos después de perder Bailén.

Tras ver la rentabilidad que tenía este premio, la FIFA y France Football deciden en el año 2010 unirse para dar un único premio, o sea , el que lo ganara iba a ser el mejor de Europa y del mundo a la vez. Viendo tan apetitoso plato los mass media y las corporaciones que componen las directivas de los clubes de fútbol, se lo tomaron en serio y empezaron a implementar un discurso donde ya no sólo se ganaba la copa o la liga sino que muchas dinastías futbolísticas estaban obligadas a ganar ese título individual. Desde entonces cuando se acaba de dar uno ya se publica en periódicos y revistas que el siguiente ya se está disputando, como si fuera otra competición a seguir. Los clubes exponen este galardón como otro éxito más del club y montan una parafernalia para exhibir con ello el éxito de un individuo que no ha necesitado a nadie más para la consecución de ese laurel. Aun así y para agrandar la bola la «gran» FIFA monta una gala, inédita en la historia, para dar ese premio y de nuevo exhibir al mundo el éxito de un individuo sobre los demás. El rendimiento económico es brutal ya que este show televisivo se vende a precio de oro a televisiones del mundo entero para que todos sepan quién es el mejor y con ello decir a los niños de las favelas o de un barrio de chabolas que él puede ser el siguiente.

El relato del Balón de Oro lo ha conseguido, todo aquello que nos enseñó «Monsieur crono» se ha olvidado. El éxito individual se coloca como un valor máximo para regocijo del capitalismo salvaje, utilizando el fútbol para legitimar el discurso hegemónico y hacer olvidar a la gente virtudes como la solidaridad o el compañerismo para la obtención del éxito. Muchos recordamos el testamento de Anquetil y lo hacemos recordar para que en las escuelas de fútbol, o en cualquier otra escuela, se nombre a «Monsieur crono» y se cuente que fue un hombre grande gracias a sus compañeros, porque lo único que se consigue con el Balón de Oro es hacerle olvidar a la gente que «el pueblo unido jamás será vencido» y que la gente se acuerde de otra cita: «divide y vencerás», más acorde con estos tiempos de competencia salvaje donde uno de los grandes deportes colectivos no es ajeno a ello y es utilizado para que esa idea galope por el planeta fútbol y por el mundo olvidándonos cada vez más del: «sin mis compañeros no hubiera sido posible».

 

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