Jorge Carrión: “Soy un yonqui de la literatura”

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Jorge Carrión, foto de Carlos Swartz.

por Víctor Garre

Jorge Carrión (Tarragona, 1976) es escritor, crítico cultural y Doctor en la Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde actualmente imparte clases. Es autor de los ensayos Teleshakespare (2011, Errata naturae) y Librerías (Anagrama, 2013), de las novelas Los muertos (Mondadori, 2010; Galaxia Gutenberg, 2014), Los huérfanos (Galaxia Gutenberg, 2014) y Los turistas (Galaxia Gutenberg, 2015) —que, juntas, conforman la trilogía Las huellas— así como de la incatalogable Crónica de viajes (Aristas Martínez, 2014).

En marzo de 2011 sale a la luz Teleshakespeare , un minucioso y perspicaz ensayo que, más de cuatro años después, se ha convertido en un auténtico manual de instrucciones para ver y leer las series de televisión.  Cuéntanos cuándo y cómo surge este (ambicioso) proyecto.

En 2010 publiqué Los muertos, que es una novela que se plantea la siguiente pregunta: ¿es posible una obra maestra ética y estéticamente perfecta? Y lo hace a través de otra pregunta: ¿puede una serie de televisión ser una obra maestra perfecta? Fue a partir del proyecto de escribir una serie de ficciones sobre creadores televisivos que decidí sistematizar mi crítica de series y darles forma de ensayo.

Actualmente, también escribes en varios periódicos y revistas sobre series de televisión. En estos artículos así como en el curso que impartiste junto a C. A. Scolari (“La tercera edad de oro de la TV”), predomina el drama. ¿Qué ocurre con la comedia? En Teleshakespeare, por ejemplo, sí hablas sobre ella aunque dedicas mucho más espacio, como digo, al drama…

Uno tiene que escribir sobre lo que realmente lee y yo leo sobre todo literatura, cine y televisión dramáticas. Es lo que me apasiona. La comedia no me interesa como consumidor, aunque puedo pasar un buen rato con Los Simpson y sí me interesa el posthumor de Louie o de Miguel Noguera, por ejemplo, y mucho; pero no conozco a fondo esas cuestiones y prefiero escribir sobre lo que sí conozco a fondo. Hablo poco, por lo mismo, de teleseries europeas. O de cine.

A día de hoy, las series de televisión son un fenómeno de masas. Por citar un ejemplo, solamente la última temporada de Juego de Tronos ha cosechado más de veinte millones de telespectadores en todo el mundo, batiendo el récord de audiencia de la HBO que, hasta este momento, tenía Los Soprano. Hay una amplia oferta y, por supuesto, también una amplia demanda de series de televisión. ¿Crees que esta continua expansión de las teleseries—este intento de prolongar el éxito con todo lo que ello implica, en definitiva— puede acabar por perjudicar la calidad de las mismas o, de alguna manera, alterar la relación con los telespectadores tal y como la conocemos hasta ahora?

Yo creo que las buenas obras, las obras excelentes, las extraordinarias, siempre han sido una minoría. También durante el Gótico, el llamado Siglo de Oro o el Impresionismo hubo mucha producción y pocas obras maestras. Lo mismo ocurre con la televisión actual. Fue un milagro que, durante la década pasada, con un volumen menor de producción, se sucedieran series maravillosas como Six Feet Under, The West Wing, The Sopranos, Carnivále, Deadwood, Gallactica, etc. Pero ahora también hay grandes series, como Breaking Bad o como Game of Thrones o como Fargo, aunque es cierto que es más difícil localizarlas entre tal masificación…

En Teleshakespeare también haces hincapié en que nuestra relación con las teleseries ha cambiado para siempre y que, de alguna manera, ya no hay lugar para el culto a una única película irrepetible. A día de hoy, además, las teleseries forman parte de nuestros momentos más íntimos y también de nuestro día y día: Walter White y Jesse Pinkman, por ejemplo, son temas muy recurrentes en una conversación con tus amigos o tu pareja (al menos solían serlo hasta hace muy poco tiempo). ¿Hacia dónde vamos? ¿Cómo se definirá, en los próximos años, la dicotomía teleserie/telespectador? ¿Las “nuevas” empresas comerciales, como es el caso de Netflix, cambiarán esta relación cuando se asienten en España?

No lo sé. Prefiero hablar del presente que del futuro. En el presente los proyectos transmedia están siendo muy potenciados. Es un camino prometedor. Por otro lado, eso que dije en Teleshakespeare se podría matizar ahora tras el fenómeno Frozen. Es el peligro de hacer crítica del presente: siempre te equivocas. Pero merece la pena correr riesgo, porque estamos en una época de crisis de la prescripción, en un mundo saturado de producción cultural, y porque pensar en directo es una experiencia muy estimulante.

Hablemos ahora de la trilogía Las huellas (Los muertos, 2010, Los huérfanos, 2014 y Los turistas 2015). En ella, sobre todo en Los muertos, las series de televisión juegan un papel fundamental: no solo como parte de la ficción sino que, además, la propia novela resulta ser un híbrido entre una narración formal y un guion de una teleserie. No hay límites claros. Pero tampoco hay límites claros en Crónica de viajes, ni en Librerías…  Tu obra bien podría definirse por la inexistencia de una frontera entre géneros…  En Barbarismos, Andrés Neuman califica la “frontera” de “ilusión óptica”… No sé si eso te ayuda con la pregunta…

En efecto, fue muy difícil encontrar ese estilo, a medio camino entre el guión y la novela, un estilo que al lector tenía que resultarle extraño, como si lo que está leyendo estuviera mal sintonizado, al menos en las dos partes narrativas. En la parte escrita a modo de crónica y en el epílogo, un ensayo académico, debía persistir la extrañeza. A menudo cuando pensamos ese concepto, el de lo no familiar, lo hacemos a través de conceptos como “personaje” o “escena”, yo intenté trabajar la extrañeza desde el propio estilo, en los límites retóricos de lo comúnmente aceptado como “literario”. A ese respecto, en Los huérfanos y en Los turistas, aunque haya crónica y ensayo y hasta poesía, su presencia es, digamos, más convencional. Supongo que fue en Los muertos y en Crónica de viajes donde he ido más lejos en la disolución de convenciones literarias. En el primero sin salir de la prosa; en el segundo, mediante la transformación de la página en pantalla, en collage texto-visual, a partir de la intervención en el paradigma Google. Me gusta esa definición de Andrés: en efecto, la frontera es una convención más, un espejismo, algo que no cesa de aparecer y desaparecer y que nunca está en el mismo lugar.

Y por si la frontera fuese, hasta ahora, poco difusa, hace unos meses publicaste, junto a Sagar un cómic: Barcelona. Los vagabundos de la chatarra. ¿Cómo llegas hasta el cómic y por qué decides empezar a trabajar en él?

Me interesa trabajar siempre en proyectos simultáneos y en lenguajes distintos. El de la museografía, por ejemplo, también me fascina. Soy lector de museos y de cómic y de series y de literatura y de ciudades y de pantallas. Soy un yonqui de la lectura. El problema es que siempre acabo dando el paso, atravesando la frontera imaginaria, y de consumidor me transformo en productor. Es lo que me ha ocurrido con el cómic de no ficción: después de tantos años de leer a Sacco, Spiegelman, De Lisle, etc., tenía que llegar el momento de escribir un guión. Tardé muchos años en encontrar el modo en que podía hablar sobre la crisis española. Yo sentía que era una obligación moral, como ciudadano, como testigo, pero no sabía abordar la crisis desde la novela, la crónica textual o el ensayo. Cada libro mío es muy distinto. Al fin encontré el modo, en colaboración con Sagar, un gran artista de lo real.

En Twitter, eres muy crítico con Amazon y con las librerías virtuales. En este sentido, Librerías podría ser un libro de autodefensa y de memoria colectiva. ¿Cómo debe ser, para ti, la relación entre librero y lector? ¿Y entre autor y librero?

Amazon no es una librería: son unos grandes almacenes con una pequeña sección de venta de libros, que se aprovecha del prestigio del libro para potenciar su marca. En cambio hay muchas buenas librerías virtuales y redes. Yo compro habitualmente, por ejemplo, en iberlibro.com. En la dinámica de la compraventa de libros todos somos lectores. Es decir, no creo que cambie la relación entre el librero y el lector y el librero y el autor, porque cuando vas a una librería lo haces sobre todo como lector. Tiene que haber respeto, complicidad, algo de psicología, un apoyo mutuo. Si un escritor, por ejemplo, no compra en Amazon y  apoya las librerías de su barrio, me parece justo que éstas tengan bien expuestas las novelas de ese autor. En cualquier caso, tanto los lectores como los libreros, que son o deberían ser súper-lectores, tienen un importante rol de prescriptores. Y una gran responsabilidad como tales.

Hace unas semanas, en un ‘post’ en Facebook, hablabas del bajo nivel de nuestras redes sociales. ¿Crees que, poco a poco, está desapareciendo el concepto de “intimidad”? Hay un ensayo muy bueno sobre este tema de Paula Sibilia, La intimidad como espectáculo, en el que propone un nuevo concepto: “extimidad”.

No me quejaba del bajo nivel de las redes sociales, sino que fabulaba sobre un futuro informe PISA de redes sociales que sí lo hiciera, en el futuro, y hasta qué punto sería nuestra directa responsabilidad, pues nosotros configuramos sus bases. Es decir, nos podemos quejar de la educación, porque ha sido heredada, ¿pero podemos hacerlo de las redes sociales, que son nuestra obra? Sin duda estamos en una época de extimidad. La intimidad es un invento relativamente reciente, tiene sólo unos pocos siglos de historia, los modernos fueron íntimos, condujeron a Freud, el gran explorador de ese concepto, tal vez su gran novelista. En el cambio del siglo XX al XXI hemos podido ver en nuestras carnes ese tránsito: yo cada vez escribo menos en mi diario (secreto o al menos “personal”) y en cambio pienso en la redacción de mis estados de Facebook y tuits con la dedicación que antes sólo consagraba a mi diario. Es decir, pienso menos en una comunidad de lectores improbables y futuros que una comunidad de lectores un poco más probable y en estricto tiempo presente. Con ella he comprobado, por cierto, que no pasa nada si utilizas un buen argumento o un buen aforismo o una buena historia en las redes sociales: cuando aparece en el contexto de un libro, años después, nadie lo reconoce, no se lee como reiteración.

Una recomendación (una literaria y otra seriéfila) para este final de verano.

Me está gustando mucho la terecera temporada de Masters of Sex. El guión es complejo, con varios niveles, y su exploración justamente de la intimidad y de la psique es magistral. Mi recomendación literaria, en cambio, no es actual: Véase: amor, de David Grossman, el mejor libro que he leído sobre el exterminio nazi. Para mí él y Coetzee son los dos mejores novelistas vivos, por encima de Philiph Roth, si es que esas jerarquías tienen sentido, que lo tienen al menos en estos momentos en que se vuelve a decidir el Premio Nobel: mi candidato es Grossman.

 


Hemos recuperado esta entrevista, realizada por Víctor Garre a Jorge Carrión en septiembre del pasado año, del fanzine digital Cultura fetén.

 

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