«El exterior de la ideología»: entrevista con Rafael Reig (dos)

Con Rafael Reig

Nos entrevistamos con Rafael Reig en Cercedilla el día 5 de diciembre del año pasado. Él —que no tiene pelos en la lengua— decidió no intervenir en la edición ni en la publicación del artefacto. Más allá de algunas modificaciones técnicas debidas al ruido ambiente o a titubeos, más allá de la supresión de algún fragmento innecesario, aquí quedan las palabras que Rafael Reig pronunció aquel día.

Munir Hachemi y Gonzalo Ruiz Suárez

Entramos en el eje biográfico. No le vamos a dar mucha importancia, pero sí nos interesa, por ejemplo, preguntarte algo. Para haber llegado a pensar todo lo que nos acabas de contar: ¿crees que hay algún hito biográfico clave que te haya ayudado a llegar a ello? Ejemplos podrían ser tu amistad con algún autor, o tu militancia en algún grupo…

Yo sólo he militado en un grupo feminista norteamericano. Al final me gustó el asunto, pero fue una especie de confusión. Yo estaba en Boston, sería el año 86. Quería ligarme a una tía que estaba bastante buena. Yo tendría 23 o 24 años, y compartía piso con ella. Yo tenía una beca y una de mis obligaciones era llevar la Spanish House y organizar una tertulia una vez a la semana. Los estudiantes allí están en residencias. Algunos se van a la Casa Francesa, o la Casa Alemana… es una forma de que tengan contacto con la lengua que aprenden. Y entonces no estaba mal visto tirarse a estudiantes; se podía. Yo era lector y daba clases. Bueno, el caso es que la tía me molaba y un día le dije «¿nos vamos a tomar algo?», y me dijo «yo es que me voy a una reunión LGTB», y yo dije «pues vale: voy para allá». [Risas]. Y cuando llegué era algo como de Alcohólicos Anónimos. Cada uno se sentaba y contaba su triste historia. Yo no tenía mucho que decir, pero me inventé una historia aceptable. Y a partir de ahí me metí en rollos de feminismo y sexualidad, y me lo pasé muy bien. A mí me han marcado mucho los años que estuve en Estados Unidos. En todos los sentidos. Vitalmente, intelectualmente… Las bibliotecas norteamericanas son una absoluta pasada. En cualquier pueblo como este la biblioteca sería inmensa. Y todo el mundo va a la biblioteca todos los días. Y el préstamo interbibliotecario funciona de manera increíble. En cualquier pueblo puedes pedir las obras completas de Quevedo de una edición concreta y al día siguiente las tienes. Yo hice algunas pruebas, cuando era profe. Pedí una revista que hice en la Autónoma, con algunos amigos. Salieron dos o tres números, no más. La vendíamos con una mochila. Pues al día siguiente los dos números en mi despacho. Cuando hice la tesis pude leer todo tipo de folletines en todos los idiomas. Fue muy estimulante intelectualmente. Además creo que tuve mucha suerte. En la Autónoma conocí a Eduardo Becerra, A Javier Azpeitia y a Antonio Orejudo, con los que sigo manteniendo amistad. Y también con Belén Gopegui. Pero sobre todo Antonio Orejudo. Antonio y yo hemos sido siempre inseparables. Para mí era un estímulo intelectual. Leíamos lo mismo, discutíamos, hicimos la revista… Yo creo que alguien que quiera ser escritor lo que tiene que hacer es granjearse de inmediato la amistad de alguien que también quiera ser escritor; es lo único que te ayuda. A mí Antonio me ayudó en todo muchísimo. Luego trabajé en comunicación política. Miento: primero me fui a Boston un año a escribir una novela. Fui, la escribí, volví, la publiqué y no pasó nada. [Risas]. Bueno, sí pasó: la editorial quebró. Una editorial que se llamaba [¿Hexadra?]. Fue una quiebra fraudulenta. A los tres meses de editarse la novela, los libros los metieron en un depósito judicial. Es un libro que no existió. Se llamaba Esa oscura gente.

A los tres meses de editarse la novela, los libros los metieron en un depósito judicial. Es un libro que no existió. Se llamaba Esa oscura gente.

Aparte de dedicarme a escribir, estudié cine y literatura norteamericana. Podía estudiar gratis lo que quisiera. Me dediqué a la norteamericana, sobre todo al XIX y al XX. Más al XIX. Y volví, y empecé a trabajar en cosas bastante raras. De asesor político, de escritor de discursos… Es algo que nunca he dejado de hacer. He vuelto a hacerlo más veces después. Les he escrito discursos a Zapatero, a Joaquín Leguina, a mucha gente. Y por un lío de faldas me echaron de ese trabajo, y pedí una beca para doctorarme en Estados Unidos. Me la dieron. Me fui, hice el doctorado y me quedé de profesor unos años.

No nos has llegado a contar si te ligaste a la chica del colectivo LGTBI.

[Risas]. Sí. A pesar de que teóricamente yo no era su primera opción, por una cuestión de géneros, sí.

¿Alguna anécdota especialmente interesante?

Sí. Yo allí estudié con Pedro Lastra, que contaba anécdotas impagables. Yo hace poco escribí un artículo en El País sobre las cartas que había guardado Pedro Lastra. Y ahí contaba que un día estaba con García Márquez y le dijo: «Gabo, ¿usted leyó las memorias de Darío?». Y dice Gabo «¡hombre! Miles de veces, cómo no». «¿Cómo empiezan?». «No lo sé, no me puedo acordar de todo». Y las memorias de Darío empiezan con que su tío le lleva a conocer el hielo. Y entonces Gabo, según Pedro, se dio un golpe en la frente y dijo «¡hostia! De ahí lo cogí». [Risas]. Yo me lo creo, eso pasa mucho. Asimilas algo, se te olvida de dónde viene… Es lo que pasa cuando te mueves en un ambiente así. Y en Nueva York, por aquellos años, el ambiente intelectual era intensísimo. Lo cual no quiere decir que no folláramos como descosidos y bebiéramos como cosacos.

Les he escrito discursos a Zapatero, a Joaquín Leguina, a mucha gente.

¿Te influyó la biblioteca que había en tu casa cuando eras pequeño?

Mucho. Mis padres eran extraordinariamente cultos. En casa había una cantidad de libros enorme. Eduardo Becerra, que vosotros lo conocéis, venía a casa a coger libros para la tesis, porque había de todo. Era una maravilla. Con el aliciente de que mi padre era muy aficionado al ensayo y a la novela española. Y latinoamericana. Y mi madre a la historia y a la novela policiaca. No he visto una biblioteca de novela negra mejor que la de mi madre. Entonces todo lo que después se puso de moda yo ya lo había leído con catorce o dieciséis años. En mi casa comíamos en la cocina. Éramos cinco hermanos y teníamos la enciclopedia Larousse en la cocina. Porque lo que más nos gustaba –y nos gusta– es discutir. Y a mis padres también. Discutíamos de todo. Y tirábamos del Larousse para ver quién tenía razón. Y solía tener razón mi padre. Y si eran cuestiones técnicas, mi hermano. Nos lo pasábamos en grande. Yo creo que he sido un privilegiado. Siempre lo he tenido todo muy fácil.

¿Naciste en Cangas de Onís, no?

Sí, pero yo creo que no he vivido en Asturias en mi vida. Viví en Cuenca, en un pueblo que se llama Beteta. En Colombia cinco o seis años. Y luego en Madrid. Yo soy de Madrid. Y soy un desclasado para abajo. He sido un niño bien, un joven bien, y he ido cada vez empobreciéndome más. Y no lo lamento en absoluto.

¿A qué se debe este retiro espiritual? ¿Por qué te has venido a vivir a la sierra?

A razones económicas y etílicas. [Risas]. Yo vivía de alquiler, y ya no tenía dinero para pagarlo. Yo siempre he vivido por Malasaña, Glorieta de Bilbao… y eso es caro. Y ahora que se está aburguesando, más aún.

Vale. Pasamos a hacerte una rueda de reconocimiento. Te decimos un nombre y tú lo fusilas en dos o tres frases.

Vale.

El primero es Bolaño.

A mí de Bolaño sólo me gusta La pista de hielo. Creo que con leer eso ya has leído todo Bolaño. Me parece un escritor enumerativo, repetitivo, y me aburre. La pista de hielo está muy bien, y ahí está todo: está el cámping, está la loca… está todo Bolaño.

¿Autor juvenil, o no?

Sí. Yo siempre he dicho que la literatura es como la vuelta ciclista. Bolaño es un escritor, claro. A mí me interesó mucho La pista de hielo. Con leer eso ya te has leído a todo Bolaño. Y lo demás es repetición, repetición, repetición. Yo no pude leer Los detectives salvajes. A la quinta mesera a la que se la mete, no pude más. Me aburrió.

Yo no pude leer Los detectives salvajes. A la quinta mesera a la que se la mete, no pude más.

María Dueñas

María Dueñas es un encanto de mujer. La considero amiga. Lo que escribe es muy diferente de lo que a mí me interesa, pero es una mujer muy inteligente y muy generosa. Más de una vez ha hablado de mí en público. Aparte de que está muy buena.

Ricardo Piglia

Me parece un pensador muy interesante y un narrador muy limitado.

Ricardo Piglia me parece un pensador muy interesante y un narrador muy limitado.

Alan Pauls

No lo he leído. Empecé una novela y la dejé, pero eso no quiere decir nada.

Vila-Matas

Es amigo mío. Me ha echado una mano, además. Pero lo que escribe me interesa de forma muy limitada. Me parece que llega a ser un poco cansino, que repite el truco todas las veces. Hace poco ha salido un libro en Acantilado, de un francés, que es Bartleby y compañía. Y lleva prólogo de Vila-Matas. Pero es muy anterior al suyo. Buscadlo.

Cortázar

Es un grande. Por muy irregular que sea. Yo he llevado libros suyos en el bolsillo de la trenca en el metro, con 17 años. Es un mito, y no puede ser de otra forma. Es un mito que no se nos cayó nunca. Le llamaban «el viejo verde de la política», y me parece muy bien. Es un señor que a los 60 decide que ya está bien de tonterías. Era un escritor burgués que se liberó personal y políticamente, y se convirtió en un mago. Es el típico que uno cree que ya lo ha superado, y que si lo vuelve a leer descubre que no. Una vez le preguntaron qué pensaba de Mafalda. Y dijo «¿y eso qué importancia tiene? Lo jodido es saber qué pensaría Mafalda de mí». [Risas]. Y a mí me pasa lo mismo: me gustaría saber qué pensaría Julio de mí.

Juan Gelman

Me cae estupendamente. Creo que escribe mucho. Hay muchos poemas prescindibles. Pero por ejemplo «Las seis enfermeras locas del Pickapoon Hospital» es un pedazo de poema. Gelman vino a Stonybrook (que es donde Orejudo y yo hicimos el doctorado), pero nunca coincidimos.

Recuerdo una ocasión en la que Antonio estaba escribiendo su primera novela. Antonio es muy secretista, pero de vez en cuando yo encontraba entre los libros una hoja con su letra, con notas para su novela. Le iba siguiendo, porque Antonio estuvo antes que yo. Él si coincidió con Gelman. Y le gustó mucho. Nosotros éramos entonces muy revoltosos, y Antonio fue y le dijo «señor Gelman: lo que más me ha interesado de su poesía son sus botas. ¿Dónde se las ha comprado?». [Risas].

Carlos Ruiz Zafón

Yo he leído muchos folletines del XIX mucho mejores que Carlos Ruiz Zafón. Empecé La sombra del viento. Cuando la cieguita se folla al profesor de piano dije «esto no puede estar pasando; esta bobada no se le ocurre ni a un adolescente empalmado». [Risas]. Me dieron ganas de llorar. Me parece realmente peligroso que eso se lea tanto. Aunque es muy importante analizar lo que se lee mucho. Yo pertenezco a una generación pedante en la que no eras nadie si no leías a Cortázar, y tal. Y las experiencias más intensas que yo viví de joven fueron leyendo. Entonces leer estaba de moda. Ya no.

Me parece realmente peligroso que Carlos Ruiz Zafón se lea tanto.

David Foster Wallace

Es una broma. Me parece un muy buen articulista, pero en novela no se entiende lo que intenta hacer. O es una imbecilidad muy grande. Es como Larva, de Julián Ríos: una cosa inútil.

Ahora te vamos a preguntar por nuestro odiado tridente catacrocker. Empezamos por Mario Vargas Llosa. No hace falta que lo odies, ni nada, ¿eh? De eso nos encargamos nosotros.

No lo odio especialmente. Me parece un novelista muy potente en sus primeros libros. En Conversación en La Catedral, por ejemplo, aunque esa novela es un poco pelmazo. Y ha seguido haciendo alguna novela buena, como La fiesta del Chivo. Me parece un formidable lector, más que escritor. Su libro sobre Flaubert, por ejemplo, me parece obligatorio. Y su figura de autor es muy cargante: porque bebe leche, porque tiene que escribir, porque se levanta a tal hora, hace no sé qué… como figura de autor me quedo con García Márquez. Y como articulista no hay quien lo lea. Entre otras cosas, porque creo que cuando escribe artículos no escribe en español. Dice cosas como «ello es», que no son castellano. Y ese artículo sonrojante que le dedicó a Esperanza Aguirre, llamándola «la Juana de Arco de la política española», o algo así. Su posición ideológica, salvo que se trate de libros… y sólo clásicos; modernos no.

Javier Marías es el segundo

Javier Marías tiene un libro precioso: Vidas escritas. Luego Corazón tan blanco, que es una mula averiada, que no se sujeta ni tiene argumento, que no se sabe de qué va, y que está escrito en una lengua que se parece un poco al castellano. Me parece un pelmazo de categoría. Y además ha prometido muchísimas veces que dejaba de escribir y nada. ¡Que lo cumpla, hombre!

Y el tercero es Pérez Reverte

Reverte tiene alguna novela interesante, como El Húsar, su primera novela. La Reina de África es una novela comercial más que correcta. Y bueno, diré lo que digo siempre. El chopped está bien. Yo a mi hija le compro chopped para el bocadillo, y eso. Pero que no nos vendan el chopped como si fueran jamón ibérico. Bueno, ahora la OMS dice que el chopped da cáncer… [Risas].

En cuanto a su posicionamiento político, es un fascista, una especie de legionario ebrio de cazalla, o algo así. No tiene ni la más remota idea de lo que dice. Lo de Alatriste, por ejemplo, yo prefiero leer el modelo original, que es la vida del capitán Contreras. Está copiado. No me interesa. Si transmite algo a la juventud son unos valores detestables.

Pérez Reverte es un fascista, una especie de legionario ebrio de cazalla, o algo así. No tiene ni la más remota idea de lo que dice.

Gonzalo Torrente Malvido, que fue compañero nuestro

¿En atracos a bancos? [Risas]. Es un personaje del xix al que hay que tenerle cariño. Es un personaje de Baroja. Un sablista del xix. Lo único que leí de él fue Cuentos de la mala vida, y están bien, pero yo tengo un problema con los cuentos en general; a mí me gustan las novelas.

Pregunta homenaje a la persona que nos presentó: Eduardo Becerra.

Sospecho que debe ser un gran profesor. Es entrañable, formidable, un tío de aro. Es muy amigo, muy llano, muy tratable. Y tiene una enorme solidez en todo lo que dice. No diré que es un erudito, pero siempre sabe de lo que está hablando. Tiene algo que tienen muy pocos profesores: curiosidad. Lee de todo. Si le hablas de un autor que no conoce, lo pide inmediatamente en una librería. A mí me gustaría tener esa avidez que él mantiene.

Bien. Ahora vamos a la anti-rueda: te damos una definición y tú nos dices el autor al que la harías corresponder.

«Cada vez que publica un nuevo libro, voy corriendo a leerlo».

Juan Marsé.

«Si me lo/la encontrase por la calle, le daría un bofetón».

Yo nunca he pegado a nadie, pero un bofetón metafórico, supongo que a Pérez Reverte.

«Jamás lo/la invitaría a cenar a mi casa».

Bueno, como ya he dicho Pérez Reverte… César Vidal. Entre otras cosas porque hice un viaje en tren con él y yo me partía el culo. El tío había reservado dos asientos. En uno llevaba una pila de libros enorme. Cogía un libro, anotaba algo, lo tiraba. Cogía otro, anotaba algo, lo tiraba. Y eso lo alternaba con coger el teléfono y gritar «Yes! Hello!?». A la siguiente en italiano, luego en francés. Todos nos mirábamos. Hasta que se levantó una vez «Da! Da! Spasiva!» [risas], y dijimos ¡anda ya!

Ese tío en tu casa tiene que ser insufrible.

«Es una de las autoras (uno de los autores) más prometedoras (prometedores) de la joven escena literaria española».

Ángela Medina, la autora de Pañales y cerveza.

«Está sobrevalorada o sobrevalorado».

Jonathan Franzen.

«Es joven y su literatura se parece a la mía».

Pérez Andújar. Creo que es mejor que yo, y no es tan joven, pero valdrá.

«Antes me interesaba, pero ya no».

Eduardo Mendoza. Ya ni las hojeo.

«Una escritora muy interesante».

Belén Gopegui.

Bueno, pues como en toda conversación sobre literatura, ha llegado el momento de hablar de Borges.

Borges era un desgraciado. No había echado un polvo bien en su vida.

A mí Borges me interesa mucho. Me parece mejor escritor Bioy, pero los cuentos de Borges son una delicia. Él era mejor pensador, pero Bioy tiene más pluma. De Borges me interesan sus relatos, pero éstos son ideas. Y me interesa Borges como personaje. Hay miles de anécdotas de Borges. Está ese libro estupendo de Bioy. ¡Y demuestra que Borges era un gorrón! Todas las entradas del diario empiezan «hoy vino Borges a cenar a casa». Sólo hay una que empieza «hoy tomamos el té en casa de Borges». ¡El té! Y el tío comía todos los días allí. Claro que Bioy era un señorito apestoso. Y Borges era un desgraciado. No había echado un polvo bien en su vida, era un infeliz. Una anécdota de Borges que yo siempre recuerdo: estaba en una conferencia y dijo «sí, porque en antiguo sánscrito»… y un alumno le preguntó: «maestro, ¿usted también sabe sánscrito?». Y Borges respondió «bueno, ché, el sánscrito que sabe todo el mundo». [Risas].

¿Hay algo de Borges en tu obra? Yo he creído ver algo de su humor…

Conscientemente no hay nada. Ojalá hubiera algo del humor de Borges. Me interesa como lector, pero como escritor no tanto. Cualquier análisis de Borges es interesantísimo. Ha educado mi forma de leer, he leído mucho sus ensayos; era un ensayista notable. Me interesó mucho leer, por ejemplo, a Esteban Echevarría, «El Matadero», y ahí entendí mucho mejor «El Sur». Borges es apasionante. En cuanto a sus ideas políticas, creo que no tenía. En parte le gustaba hacerse el enfant terrible y en parte es que era bobo. Creo que le habría gustado ser un señorito, como Bioy, pero no tenía pasta. Políticamente Borges es una especie de taxista madrileño. Son clase obrera pero no lo saben; se creen que son empresarios, pero no. Uno piensa ¿cómo se puede ser tan facha y pasar 12 horas al volante?

Políticamente Borges es una especie de taxista madrileño.

En general, ¿qué importancia crees que ha tenido en el campo literario español?

El problema es que de Borges no se puede aprender mucho, literariamente. Sólo se puede aprender a escribir cuentos de Borges. ¿Qué vas a hacer con eso? No puede dejar mucha impronta literaria. Otra cosa es lo que luego hagas con esa lectura. Por eso no hay imitadores de Borges. Aunque siempre hace falta un Borges. Creo que tienen más pecado las posiciones políticas de Vargas Llosa que las de Borges, porque Vargas Llosa no es un necio político.

Queda poco. ¿Cómo ves el panorama editorial español?

Lo veo mal. Cada vez se tiende más a los grandes conglomerados: lo que no es Penguin es Planeta, y eso no es saludable. Y cada vez se venden más ejemplares de un número menor de libros. Estamos cultivando el best seller, y eso no es sano. Siempre he dicho que el panorama literario va a acabar como el musical. Me preguntan «¿qué música oyes?» Y yo digo «ahora estoy con Tchaikovsky», y me dicen «ah, ¡pero eso es música clásica!». Me preguntan «¿qué estás leyendo?»; respondo que estoy con Galdós y dicen «ah, ¡pero eso es literatura clásica!». Ahora todo es literatura clásica. Se habla de literatura pop como de música pop, y ninguna de las dos me interesa. Cada vez hay menos diversidad. Pasa como con las semillas de Monsanto, que son estériles. Ese tipo de literatura también es estéril.

¿Te plantearías publicar en una editorial independiente?

Bueno, he publicado en Caballo de Troya, que es independiente, aunque dentro de Random House. También he publicado en Lengua de Trapo. Constantino Bértolo decía que Caballo de Troya era la editorial más independiente, porque al estar dentro de Random House no dependía de las ventas. Lengua de Trapo, por ejemplo, dependía de los premios, que solían estar más bien dados. Y Random House dejaba que Bértolo hiciera lo que le saliera de los cojones. Tusquets era independiente cuando yo empecé a publicar, también.

Y a día de hoy también me plantearía publicar en una independiente. Aunque como autor quiero la máxima difusión posible. No me importaría combinar una independiente con otra cosa.

Por último: ¿qué es para ti una editorial independiente?

Ésa es la pregunta. Sería una editorial que tuviera sus propios medios de subsistencia. Herederos, por ejemplo, o que Caja Madrid o el Santander pagara una editorial y no se metiera para nada. Porque hay tan pocos lectores que no puede ser de otra manera. Porque ¿qué editoriales independientes hay? Páginas de espuma sería un ejemplo de independiente rentable, porque ha encontrado un nicho de mercado y tienen un buen catálogo, pero es una excepción. No lo sé.

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1 Response

  1. 23 Febrero, 2016

    […] caso: el otro día leí una entrevista al escritor español Rafael Reig (de quien algo he leído y disfrutado). En esa entrevista, los de Ediciones Paralelo le piden a […]

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