«Construir un convento»: entrevista con Cristina Morales (parte ii de ii)

Tiffany Martínez, Cristina Morales, Munir

Tiffany Martínez, Cristina Morales, Munir

después de la entrevista fuimos a tomar algo y al final se nos olvidó hacernos la foto de rigor. Por suerte, Jana Domínguez tuvo a bien imaginar la escena y re-crearla en una ilustración.

por Tiffany Martínez, Cristina Morales, y Munir Hachemi.

Enlace a la primera parte de la entrevista.

Nos da la impresión de que tú buscas los espacios de resistencia en la geografía urbana y política. ¿Podríamos buscar esos espacios en la geografía literaria? ¿Cuáles serían?

Hay que leer a Angelica Lidell, claro, que es la que ha levantado la trinchera para todos nosotros. Aparte de tener obra publicada la lleva a escena, y es una bruta; es deslenguada, procaz, se desnuda sin sensualismo, hace lo que nadie hace. Incluso paga a sus actores [Risas]. Me parece una artista y una creadora de primer orden, en lo literario y en lo teatral. Que para ella yo creo que no hay frontera entre lo uno y lo otro. Lo es incluso en sus circunstancias vitales. Ella tiene un posicionamiento político hacia lo teatral, lo literario, el dinero, lo que cuestan los espectáculos, la dignidad, lo que cuestan los actores… Si hay que parar el trabajo se para. Si hay que iniciar un proceso de investigación se hace. Coger músicos de la calle… Eso es una trinchera. A mí Angelica Lidell me ha levantado una trinchera, es alguien a quien me gustaría parecerme.

Me viene a la mente también Agustín García Calvo. Debe ser leído y estudiado. Para mí es otro referente. No sé si me estabas preguntando por autores. Te estaba preguntando más bien por el espacio. Los autores son parte del mapa, pero por ejemplo los recitales en bares, los fanzines, el graffiti, serían otros ejemplos. Ah, sin duda. De hecho me parece que es lo único que tenemos donde se pueda respirar con comodidad: en la marginalidad. Cualquier otro sitio es irrespirable. O se lo toma uno como trabajo, como necesidad de supervivencia, y ahí por lo general no hay gozo, no experimentación, hay solamente muerte. Soy una gran lectora de fanzines, creo que es lo que más he leído últimamente: fanzines y a Agustín García Calvo. Lo que estoy escribiendo ahora tiene un poco de fanzine. Claro que será un poco raro, porque será una novela que saldrá en Seix Barral, pero quiero que tenga retórica de fanzine. Pero claro, sin recitales en bares y sin fanzines ni graffitis esto ya sería la muerte.

«Sin recitales en bares y sin fanzines ni graffiti esto sería la muerte».

¿Te podemos preguntar qué estás escribiendo?

Este verano tengo que entregar una novela que tiene un trasfondo histórico. Se desarrolla en el siglo XIX, después de la guerra de independencia en España, contra los franceses. Habla de una conspiración: intentaron matar al rey Fernando VII. Además pronto saldrá con Seix Barral una novela en la que trato el tema de la discapacidad física e intelectual, y cómo se utiliza el arte para normalizarla. En concreto la danza.

En una entrevista dijiste que la literatura tiene que ver con la capacidad de referirse a nuevas realidades para producir cambios. ¿Tiene algo que ver esto con la intención de disputar en Malas palabras la figura de Santa Teresa, con la intención de tomar una moneda de cambio y darle tu propio valor?

Sí, claro. Hay versiones de las cosas que están más asimiladas que otras, que están socialmente, cuando no penalmente, censuradas. La propia versión de Santa Teresa de sí misma, el Libro de la Vida, estuvo a punto de ser quemada. Ya se encargó Felipe II de hacerla santa, y ahí se quedó su potencial revolucionario. No es que yo quiera que la quemaran, pero es cierto que antes de que fuera santa era leída de otro modo. Empezaron a salir conventos de carmelitas descalzas como setas, y como estábamos en tiempos de la contrarreforma eso se podía desmadrar y tener a los luteranos, a los erasmistas, en casa, en España y en el Imperio. Ya estaba Sor Juana Inés en México. Por eso había que canonizar a Teresa, para que se supiera que era una católica católica. La jugada de Felipe II es maquiavélica, es genial. De hecho se sabía que la propia Teresa era marrana; su abuelo era judío. Fue sambenitado, paseado por las calles de Toledo.

¿Cómo ves el panorama literario en nuestro país?

Es muy difícil ganarse la vida escribiendo, y lo que más se publica y lo que más se moviliza son libros que directamente no son literatura. Editoriales históricamente literarias publican viñetas o cosas cercanas a la autoayuda. Yo me considero afortunada de poder haber escrito hasta ahora lo que me ha dado la gana. Pero me parece que publicar en una editorial grande es más difícil que nunca. Hace cincuenta o sesenta años llega Vargas Llosa a España con La ciudad y los perros, que es una barbaridad de libro para una persona de veinticuatro años, y es acogido. Una Ciudad y los perros o un Cien años de soledad llega hoy a los herederos de los editores de entonces, que siguen en Barcelona, y les dan con la puerta en las narices. Vivimos un momento absolutamente retrógrado, donde no existe el riesgo editorial. También diría que para las grandes editoriales ciertos autores cumplimos una función legitimadora, para que las editoriales históricamente literarias puedan decir que siguen siendo literarias y que hacen cosas más allá de la autoayuda y la viñeta y el libro canónico de mujeres, que ha vuelto (50 sombras de Grey y toda la escuela que ha creado). Porque dinero no damos. Se me arruga el corazón de pensar que estoy cumpliendo una función legitimadora, pero creo que la cumplo.

«Para las grandes editoriales cumplimos una función legitimadora».

La siguiente pregunta es: ¿por qué decidiste publicar en Caballo de Troya y en Lumen?

Se acercaron a mí, fueron propuestas de las editoriales. Los combatientes ganó un premio, y el editor de Caballo de Troya, Constantino Bértolo, me llamó. Había tenido acceso al texto y estaba interesado en publicarlo. Y claro, cómo decir que no. Y con Lumen pasó que vinieron preguntándome si estaba interesada en escribir sobre Santa Teresa por el quinto centenario de su nacimiento, o sea, que me hicieron un encargo. Decidí publicar porque eran ofertas de editoriales que tienen en catálogo a autores que admiro, porque necesitaba de forma acuciante el dinero y porque consideré que publicar en esas editoriales me ayudaría a seguir publicando.

¿Te plantearías publicar en una editorial independiente? No es que sea una oferta [risas], pero existe el dilema de querer hacerlo pero tener que sobrevivir. ¿Cómo ves ese problema en general, no sólo en tu caso?

Yo personalmente no publicaría con una editorial independiente, porque todo lo que tengo está ya colocado. Para mí no hay ningún problema, ningún dilema, porque, como ya os he dicho, considero que he escrito lo que me ha pedido el cuerpo a pesar de haberlo hecho en editoriales grandes. No sé si vosotros como editores sentís que os manejáis con más libertad a la hora de decidir cómo presentan, dónde, a quién se dirigen los autores, qué dicen, cómo lo dicen… También hay editores que se llaman independientes y son verdaderos chorizos. Un independiente sería el que no está sometido a las leyes del mercado ni a los plazos editoriales. A nosotros realmente no nos convence la palabra independiente, pero es la palabra con la que se comercia. De hecho, habría que preguntarse hasta qué punto una editorial como Caballo de Troya, que tenía un cheque en blanco de Mondadori, no es más independiente, por el hecho de tener dinero, que una editorial más pobre. Fíjate, no lo había visto yo así. Con Constantino Bértolo, por ejemplo, la relación fue muy fácil y fluida. Fue un mail, una llamada, y en cuestión de días se decidió todo. Luego el se presentó en Barcelona sin tener por qué, ya que vivía en Madrid y además en ese tiempo tenía un problema médico.

Bueno, a la siguiente pregunta ya casi has respondido: te queríamos preguntar sobre autores de cabecera. Has dicho Angelica Lidell y Agustín García Calvo. ¿Quieres añadir algo?

Sí. A Celine, que es un gran fascista. Él comete todos los pecados contra los que te previenen en los talleres de escritura, en los másteres de escritura… No sigue ni uno de los preceptos. Es más: hace todo lo contrario. Nos habla desde el colaboracionismo, y nos lo merendamos. Es un modelo a seguir. Yo cuando estaba escribiendo Los combatientes leía al mismo tiempo a Celine. Hay muchos fragmentos en ese libro que no se citan, y algunos son suyos. Anda mira, te íbamos a pedir que nos regalaras alguno de esos autores ocultos. ¿Ah, sí? Pues os añado a Maiakovski. Y a Siniestro Total [risas].

Y últimamente estoy leyendo a una feminista boliviana que se llama María Galindo. Es difícil de encontrar. Tiene un ensayo sobre prostitución que se llama «Ninguna mujer nace para puta» que, contrariamente a lo que pueda sonar, no es abolicionista. O quizás sí es abolicionista, no sé… Quizás va más allá y no encaja en ninguna de esas dos categorías. Y añado a Roberto Bolaño, claro.

En términos más actuales recomendaría a Víctor Balcells, que publica en Delirio. También hay un fanzine de gran formato que se llama Aversión. Se puede encontrar en Barcelona; supongo que en otras partes también. No firman los textos individualmente: firma el colectivo. Son anarquistas, y son brillantísimos.

¿Y Marta Sanz? ¿Has leído Farándula? Sí, y me ha descolocado mucho, porque juega a la banalidad. Lo que yo había leído de Marta Sanz era muy preciosista. Es una especie de Proust, y de repente se pone los rulos y la bata de guatiné y escribe Farándula. Es camaleónico, es admirable.

¿Qué estás leyendo ahora? Estoy leyendo 2666 y paralelamente —porque no puedes leer solo 2666— los diarios de Nijinsky, que era un bailarín de los ballets rusos de principio de siglo. ¿Qué tal 2666? Estoy en la última parte, ya he pasado los crímenes, y no paro de reír.

Y la última pregunta: un libro, una película y un disco que jamás recomendarías a nadie para leer, ver o escuchar.

Entiendo que debo decir un libro, una película y un disco que hayan sido aclamados por la crítica y bien vendidos para que esta pregunta tenga sentido.

Libros hay tantos… voy a empezar por la película: Magical girl. Es machista, elitista, hipster, proxeneta, prostituyente, nacarada… bah. La desrecomiendo. El libro va a ser Limónov, de Emmanuel Carrère. El punto de vista, la voz narradora y los juicios que allí se vierten son orgullosamente burgueses, son una constante mirada por encima del hombro del narrador, varón blanco occidental de mediana edad, hacia todo lo demás. Con esas mimbres sólo se puede hacer una novela machista, clasemediera, eurocéntrica y encima con estilo periodístico. ¡Puaff! En cuanto al disco, no compro música (lo último que compré fue un vinilo del año 83 de Franco Battiato), apenas la descargo y muy ocasionalmente la escucho en casa. No tengo ni equipo, ni reproductor portátil. La música la oigo en directo, en las fiestas y en los conciertos. Uno de los conciertos más prometedores y por tanto más decepcionantes a los que he ido fue de Che Sudaka. Me parecen un remedo de Mano Negra y Manu Chao, un remedo adrenalínico y mal pasado por el funk y la música disco. Son El Arrebato del ska, vamos.

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