«Construir un convento»: entrevista con Cristina Morales (parte i de ii)

Tiffany Martínez, Cristina Morales, Munir

Tiffany Martínez, Cristina Morales, Munir

después de la entrevista fuimos a tomar algo y al final se nos olvidó hacernos la foto de rigor. Por suerte, Jana Domínguez tuvo a bien imaginar la escena y re-crearla en una ilustración.

por Tiffany Martínez, Cristina Morales, y Munir Hachemi.

Hola Cristina. Antes de nada, te advertimos que las nuestras no son entrevistas al uso. Le restamos al espacio biográfico algo de la importancia que suele tener en este género, y privilegiamos otras cosas, como la forma de posicionarse de los autores.

Muy bien.

Vamos allá. ¿Es la escritura un acto político? ¿Debe serlo? En la presentación de la que venimos [Los bosques imantados, de Juan Vico] se ha hablado un poco de eso.

Sí, bueno… Juan tiene una visión un poco inocente de eso. Política se hace en la cama, así que escribiendo se puede hacer, sin duda. De hecho, hasta cuando uno no es consciente. Juan decía que su intención es sólo narrar. Yo no sé lo que es eso, lo que es sólo narrar. Ni los hermanos Grimm, cuando cuentan Hansel y Gretel, sólo narran. Cuentan un punto de vista sobre el mundo. Podríamos darle la vuelta a la pregunta: ¿cuándo no es la escritura un acto político? Sí hay esa inocencia predicada: sólo se narra, sólo es literatura, evitamos meternos en camisas de once varas… creo que eso es una quimera.

Por eso existe el tópico de que la novela social, como se la ha llamado en España, es siempre panfletaria.

Sí. El modo de desacreditarla sí que es panfletario. Porque quién diría que es panfletario El gatopardo, ¿no? Muchas veces cuando se dice «novela social» lo dice la gente del otro bando. En el caso español, los ganadores de la guerra, o la élite intelectual mal llamada de izquierda.

En ese sentido: ¿hay menos política en Malas palabras que en Los combatientes?

No. Aborda aspectos de la realidad distintos. Lo político puede estar más o menos explícito, e incluso podríamos preguntarnos qué significa eso de «explícito». Imagino que en Los combatientes se ve de una manera más clara. Ni eso. Quizá la retórica suena a lo que hoy en día, posmoderna o contemporáneamente entendemos por «político»: habla del hecho social y de la comunidad. Y en Malas palabras eso tiene muchas capas, porque se habla de una comunidad tan antigua como es la comunidad de unas monjas del siglo XVI. Pero yo no veo mucha diferencia entre un libro y otro, ni con La merienda de las niñas, porque para mí la conciencia siempre existe. No hay nada inocente en el modo en que yo escribo. Y es más: aunque hay quien dice que no pretende tener un punto de vista, y que el lector sea quien haga la lectura crítica, mi principal objetivo sería que mi punto de vista esté claro. No tengo ninguna intención de ser ecuánime ni equilibrada. Me gustaría que de cada libro se supiera claramente de qué pie cojea, e incluso cuál es su ideología. Si a mí un lector me dice que no sabe por donde voy, que hay medias tintas, yo lo vivo como un fracaso. Me ha pasado con algún relato corto.

Yo me imagino que el lector ideal de Los combatientes —y esto es sólo cosa mía, no tiene ninguna pretensión de universalidad es muy diferente del de Malas palabras. Éste sería alguien que no ha leído nada de Santa Teresa, y no sabe nada de ella, o sabe muy poco. Es mi caso, concretamente. Esa persona es lo que a mí me ha ocurrido recibirá como primera imagen de Santa Teresa la que se da en Malas palabras, y leería todo lo que viniera después incluso la propia obra de la santa a partir de tu novela. Pero creo que el lector de Los combatientes tiene que estar más preocupado por la política. El de Malas palabras no tiene por qué estarlo, y sin embargo la lectura es política porque moldea en su mente la imagen de un significante colectivo como es Santa Teresa.

Qué bueno. Para mí el lector ideal de Malas palabras es un carmelita descalzo. Y además apareció. Fui invitada el año pasado a presentar el libro a la feria de Valladolid. Me invitó un catedrático de historia moderna, un carmelita descalzo que había leído mi libro con devoción. Y era un señor que tiene cerca de ochenta años. Creo que como la investigación ha sido tanta, incluso de crítica teológica y de teología feminista, hay cosas en la novela que sólo un religioso, o sólo un carmelita, o incluso sólo un carmelita que haya estudiado el tema, pillaría las claves. Porque la novela es un homenaje. Y de Los combatientes el lector ideal es un quinceemero, pero en este caso sí que voy a por él. Es un quinceemero que no se da por aludido de que los discursos que parecen quinceemeros pueden ser falangistas.

En Los combatientes hay un reflejo y una crítica del 15M. Pones de manifiesto que un discurso falangista, e ideológicamente vacío en términos de izquierda y derecha es tan capaz de vehicular la «indignación» como uno que se diga de izquierda. En Malas palabras también hay un diálogo entre Teresa y Juana Suárez que se puede ver como un reflejo del dilema «ruptura o reforma»: es cuando Juana dice que quiere ganar las elecciones a prelada y Teresa dice que lo mejor es construir un nuevo convento desde cero. La pregunta es: ¿existe todo eso en las novelas? Y ¿cómo te enfrentas a ello?

Sí existe. Lo has dicho mejor de lo que yo lo podría decir. [Risas]. Bueno, una respuesta posible es que yo me enfrento a todo eso escribiendo libros. Para mí es muy natural que el discurso falangista suene tan bien para el oído quinceemero; no veo conflicto en eso. El problema me parece que es que esto no se explicite, o que no se vea y no se diga. El problema es que haya un mito de origen del 15M como algo novedoso o revolucionario. Me parece que el problema es ese engaño. Y en cuanto al dilema ruptura / reforma es más acuciante para mí. Yo el 15M no lo viví, porque estaba en La India, pero me llegó la onda expansiva a través de mis amigos. Fue una forma de socialización por la que yo no había pasado. Pero quizá lo de Juana Suárez y Teresa es más acuciante. También es muy clásico. Es un dilema que está en la calle, o al menos en espacios politizados, como mi barrio [Sants, Barcelona]. Allí se ve muy claramente quién está a favor de la Colau y quién no, por ejemplo. Yo intento trabajar intelectual y físicamente para realizar una crítica muy completa en extensión y muy radical en sus presupuestos, porque me parece que cada vez hay menos foros de radicalidad. No necesariamente insureccionalistas, no necesariamente de cóctel molotov, sino de puro darle al coco. Es un problema de espacios. Claro, siempre es un problema de espacios. Mi casa es un problema de espacios. [Risas]. Siempre. Si viviéramos en comuna, la vida sería otra.

¿Cómo se puede aplicar todo esto a la literatura? ¿Hacemos un convento nuevo, o nos presentamos a las elecciones?

Por lo que a mí respecta, yo he escrito lo que me ha dado la gana. No sé cuán radical o rupturista es mi escritura; supongo que en algunas cosas sí y en otras no. Pero desde luego, si quiero comer de lo que escribo tengo que someterme a un cierto formato editorial, que es el que paga anticipos. ¿Comes de lo que escribes? Este año sí, porque tengo una beca de creación con un sueldo mensual. En cuanto a los anticipos, son muy pequeños. Me pueden dar de comer tres o cuatro meses. Esa pequeñez de los anticipos determina en buena medida la extensión, la temática y el contenido del libro que una escribe. Malas palabras fue un encargo que tuve que escribir en cuatro meses: uno de investigación y tres de escritura. Los combatientes ganó el premio INJUVE y después fue comprada por Caballo de Troya. No fue escrita con anticipo sino con rabia y exaltación. La escribí en un mes o dos. Ahora estoy escribiendo dos novelas: una de ellas la cubre la beca-salario de la Fundación Han Nefkens. La otra la cubre un anticipo de esos chiquititos. No dan ni para escribir el libro. No, claro que no. Pero es lo único que me da algo del modo menos sometedor posible, sin poner copas en una cafetería.

Hemos leído que Los combatientes es un viaje o el relato de un viaje. Si tomamos esto en un sentido metafórico, puede entenderse que es el viaje de la juventud actual, o de hace unos años. ¿Crees que muchos entenderán que Podemos es el final de ese viaje, en un sentido crítico? Ya hemos hablado de la crítica que haces al 15M. Quienes lean el libro ahora pueden entender que te adelantaste, criticándolo, al surgimiento de Podemos, ya que ellos mismos hablan de significantes vacíos, de transversalidad, etcétera.

Da mucho gusto escucharos, es sorprendente esta lectura. En realidad yo hablaba del viaje porque la novela empieza con un viaje del grupo de teatro de la UGR a Portugal. Y lo de Podemos es alucinante. Está muy bien traído, a Podemos le vienen como anillo al dedo las palabras de Ramiro Ledesma. No puedo decirlo mejor que tú. Yo no estaba especialmente politizada entonces, aunque siempre he estado muy fascinada por el análisis de discurso, y acostumbrada por la carrera a leer textos muy complejos de derecho, sentencias… Había una fijación por mi parte a esta elucubración constante sobre cómo se puede parecer San Agustín de Hipona a Adolfo Suárez. [Una catástrofe natural interrumpe la entrevista durante un minuto]. En resumen: me encantaría que se hiciera esa lectura de la novela.

Se me acaba de ocurrir algo. Nosotras estamos estudiando el género entrevista, y hay una pregunta siempre aparece: ¿cómo te dio por escribir?

Yo escribo desde muy niña. Eso hizo que yo quisiera meterme en periodismo, pero me quedé en Granada, un poco moldeada por mi madre para estudiar Ciencias Políticas, y no me arrepiento. El periodismo actualmente me parece una lacra. Pero las ganas de escribir vienen de muy lejos, de mi infancia, como algo muy físico, de autoobservación o incluso masturbatorio. Escribía las sensaciones de mi propio cuerpo.

Eso nos lleva en cierto modo al género autobiográfico. En Malas palabras afirmas que Santa Teresa es —salvo por las Confesiones de San Agustín— pionera en el género autobiográfico. En Los combatientes la protagonista es un alter ego tuyo. ¿Por qué te interesa el género autobiográfico?

Bueno, en Malas palabras se debió a un encargo. Y en Los combatientes imagino que me influyeron las lecturas que tenía en ese momento. Juan Bonilla, un personaje que es también un escritor, acude al autobiográfico de una manera muy radical. En su poemario Cháchara hay un poema, creo que el primero, cuyo último verso es «creo que nadie ha hablado tanto de sí mismo como yo en este poema». Porque en ese poema cada verso es la clave de su correo electrónico, el PIN de su tarjeta de crédito, su dirección… en fin, la cantidad de datos personales que se manejan en el día a día. En este poema es muy patético lo autoficcional y cómo se burla. Se puede hacer hasta la insignificancia. En obras anteriores de Juan Bonilla siempre el protagonista es él, aunque no sea con su nombre, y aunque estén enrevesadas, sofisticadas… Y ese modo de ser uno mismo la fuente de lo literario sin que se convierta en un acto ególatra hace que Juan Bonilla fuera para mí un maestro. Me enseñó que no era necesario acudir a ningún tipo de artificio o de investigación, que podía ponerme yo misma como carne de cañón. Y no para ensalzarme sino para ponerme en la línea de fuego. En cierto modo empezaste a escribir así, ¿no? Sí, pero de un modo íntimo. Esto lo dice muy bien Agustín García Calvo en un texto en el que defiende acabar con la distinción entre lo público y lo privado. Esa distinción, de hecho, es falaz: nos viene dada. Incluso en términos políticos lo público y lo privado se mezcla. El poder público y el empresarial son una misma cosa. Esto lo dice Calvo incluso de los regímenes comunistas. Lo escribe en los noventa y no deja títere con cabeza. Creo que la literatura es un buen lugar para dinamitar esta distinción. Volviendo a la primera pregunta, esa sería una buena forma de hacer arte político. La intimidad existe, pero es impuesta. La idea de que hay cosas en mi casa que no puedo hacer fuera, que puede ser desde darle una paliza a mi mujer hasta echar un polvo.

Hay un momento en Malas palabras en el que Teresa le dice a su madre que se quiere cambiar el nombre por Cristina. ¿Tiene algo que ver con el hecho de que tú te llames Cristina?

No, pero sí hubo un cierto hermanamiento con la Santa durante la escritura del libro. No sé si lo tenéis presente, pero cuando Teresa está hablando de cuál será su convento ideal, dice que no se va a llamar a capítulo para decidir cuánta harina se pone en el pan, ni se va a votar cuándo se sacará en procesión al santo, ni cuánto se van a gastar en puntillas… que eso no va a hacer falta, porque van a estar gobernadas por el amor. Que cuando se junten, el capítulo decidirá que mañana hará sol y buen tiempo. Como la asamblea de majaras. Exacto, como la asamblea de majaras. [Risas]. No sé, igual está en mi cabeza, pero la Teresa de Jesús que yo investigué me parecía una anti-asamblearia y anti-comunitaria. Yo creo que era bien individualista, y que se reía de la decisión tomada en plenario. También es una cosa bien anarquista: se habrá decidido en asamblea, pero por encima de la voluntad del individuo no hay nada.

Ahora toca una pregunta que no sé muy bien qué hace aquí: ¿habría sido posible Los combatientes en un país con una economía estable?

Yo creo que la pregunta es: ¿habría habido un 15M en una economía estable? Y bueno, si no ha existido no veo por qué no iba a existir, porque en Estados Unidos existió Occupy Wall Street, por ejemplo. No veo ninguna contradicción, ya que el 15M es un movimiento bastante suave, un divertimento. Ahora en Plaza Catalunya están planteando okupar por lo de los refugiados. Así que no parece difícil de articular. En definitiva: si es posible que existe un 15M fuera de la crisis, es posible un Los combatientes fuera de la crisis.

[Continuará]

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1 Response

  1. 20 Mayo, 2016

    […] Enlace a la primera parte de la entrevista. […]

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