El pez ballesta

Por Felipe Guindo

Hace algunos años solía ir a pescar con un amigo con el que aprendí bastante. Una de las clases teóricas que recibí en aquella barca versaba sobre el extraordinario comportamiento del pez ballesta (creo que era el pez ballesta). Forma bancos, y si por casualidad un ejemplar muerde el anzuelo, es bastante fácil sacar todos y cada uno de los peces. Es sencillo: solo hay que tener dos cañas y no sacar, bajo ningún concepto, a la primera de las víctimas. Hay que dejarla en el agua, revolviéndose, intentando zafarse del anzuelo. Los demás peces interpretarán que su compañero está dándose un festín y que allí hay comida. Entonces, con la otra caña, el pescador puede comenzar la fácil faena de ir sacando uno a uno los otros ejemplares del banco hasta agotarlo, si quisiere. Si por algún casual al pescador se le ocurre sacar la primera víctima en cuanto ha picado, el banco se disipará rápidamente y será muy difícil pescar otro.

Mucho tiempo después, un amigo me comentó los resultados de las elecciones municipales en los distintos distritos de la ciudad de Granada y señaló la facilidad con la que el PP ganaba cuando «repartía migajas». Yo le dije que no me entraba en la cabeza cómo podía tener efecto esa estrategia, que no había recompensas suficientes para pagar los votos innumerables que había recibido. «Es que no hace falta darle a todos, con que le des a uno y lo demás lo vean…», señaló muy acertadamente, y entonces recordé a los estúpidos peces ballesta y me preocupó que los humanos nos rigiéramos por un comportamiento tan descerebrado. En esencia, es lo mismo: destacar a unos pocos vecinos con algún puesto en mantenimiento de algún plan de empleo de seis meses y la magia se obrará. Porque el primo, el vecino, el colega o el amigo podría ser el siguiente. Lo que no alcanzan a ver es que, entretanto, el gobierno expolia sus derechos, sus circunstancias laborales, sus condiciones de vida y su poder adquisitivo, hasta que todos quedan convertidos en una sombra de lo que fueron (ciudadanos en condiciones de dignidad) mientras esperaban su turno en la bolsa, su participación en el programa de empleo, sus cincuenta euros por ser apoderado en una mesa electoral…

Ésta fue mi primera reflexión. Al poco tiempo me di cuenta de que estaba imbuida de unas apestosas ínfulas de superioridad de clase y me pregunté si eso mismo no me está ocurriendo a mí y a la mayoría oprimida de la sociedad. Descubrí que si nos ponemos esas gafas suspicaces es fácil ver que algunos de los nuevos elementos de las sociedades modernas cumplen esta función.

El prestigio, el reconocimiento, el renombre, tu puesto en la jerarquía empresarial, institucional, política. Los halagos, las muestras de admiración. Tu apellido, la marca de tu ropa, el precio de tu reloj o tu colonia, la marca de tu coche, los metros cuadrados de tu casa. Tus notas, tu percentil, las páginas de tu currículum, tus distinciones, tus títulos, tus premios, tus publicaciones, tus apariciones en los medios. Tus me gustas en Instagram, en Facebook, en Twitter. Tus subscriptores en Youtube. Las visualizaciones de tu artículo, las veces que se comparte. Todos esos pequeños refuerzos de nuestra megalomanía que crean una ilusión de éxito enmarcada en la filosofía universal del progreso.

Todo lo anterior es gradual y se va adquiriendo por acumulación con mucho trabajo a lo largo de los años. La capacidad de influir en la sociedad, bien sea políticamente o (más relevante en el sistema en el que vivimos) a golpe de capital, no se gana en absoluto de forma gradual ni por acumulación. No hay más que echarle un vistazo a la gráfica del reparto de la riqueza mundial. Del cero al noventa y siete por ciento de la población, la gráfica asciende apenas unos puestos aritméticamente, pero se dispara exponencialmente en ese último tres por ciento; la gráfica es una auténtica hipérbola. Sin embargo, la ilusión de ascenso social y prosperidad individual es más real y extendida que nunca, debido a la cantidad de nuevas herramientas virtuales que sirven para ensoñar la popularidad, la fama y el éxito. Hasta hace veinte años, cundía la sentencia quimérica de que «cualquiera puede hacerse rico» con las historias tan fascinantes de esos hombres humildes que hicieron un imperio a partir de la nada; solo con trabajo y pericia. Las nuevas formas de esa misma sentencia son hoy más persuasivas porque cualquiera puede ser youtuber, twittero o desarrollador de aplicaciones de móvil. Cada nuevo me gusta, cada retweet y cada nueva descarga, son un nuevo argumento para creer en el éxito. Y llegan continuamente, cada pocas horas o minutos. La esperanza de viralizar un video ha sustituido a la esperanza del siglo pasado de que te toque la lotería. Y la clave es que a veces ocurre. Todos sabemos de alguien que amasó una fortuna haciendo vídeos chorra de la misma manera que cualquiera sabe de alguien al que le tocó un buen botín en los juegos de azar.

Sería muy interesante componer una breve historia del concurso; intuyo que es algo que se expandió extraordinariamente en el siglo XX, apareciendo ligas, competiciones, torneos, certámenes, contiendas y reconocimientos para casi cualquier campo, disciplina y categoría, de las ciencias, las letras, la artesanía o el vigor físico, en casi cada rincón del planeta. Generando así toda una caterva de personas destacadas y admiradas; mejor cuantas más haya, porque garantizará que todo el mundo sepa de alguien que conoció la gloria por sus talentos.

¿Qué quiero decir con esto? Parece evidente que esta gente «destacada» cumple una función en esta gran ensoñación del éxito, que es la misma función del primer pez ballesta que pica en el anzuelo y que asiste agonizando al exterminio de sus compañeros. No de forma activa, es obvio. Los protagonistas de esos pequeños encumbramientos son lo de menos. Lo que importa es el efecto de esta peculiaridad estructural, que reproduce este destructivo sistema de pensamiento basado en una popularidad y notoriedad que tantos trastornos emocionales causan y tantos millones de dólares generan en la industria farmacéutica de los psicotrópicos.

Esto nada tiene que ver con una técnica para ganar elecciones de algún partido; es algo superior. Es el mecanismo decisivo de una estructura social para asegurar el vicioso imperio de este orden mundial. Probablemente, convencer al mundo de la significación perversa de todo esto sea tan descabellado como hablar de ciudadanía o intentar desmitificar el origen divino del estrato nobiliario en las sociedades feudales del Medievo. Me temo que, por lo pronto y por muchos siglos, vamos a seguir actuando como los peces ballesta, más preocupados de ser nosotros quienes mordemos el cebo que de parar de alimentar al pescador.

Foto autor Felipe Reyes
Modo lecturaEr zobiético. Nació en Granada el día de la república exactamente un año después de la Expo’92. Creció en un rincón de la Alta Andalucía profunda, hecho que le hizo crecer como un... Leer más

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