Presentación

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Por Marcelo Damiani

Un amigo relacionado con el mundo del tenis, hace unos años, tuvo la suerte de conocer a Roger Federer. Para mí, como miles de personas más, sin duda el mejor jugador de todos los tiempos. A mi amigo le temblaron las piernas cuando se lo presentaron, y además admitió que nunca sintió su mano tan pequeña y fláccida como cuando el suizo le extendió la suya. La situación lo dejó mudo, y ni siquiera atinó a decir “Hola” en ninguno de los idiomas que maneja. Para peor, luego del saludo, Federer le puso la mano en el hombro, comprensivo, como diciendo: “No hace falta que digas nada”.

Nos contó que se sintió un estúpido durante meses por no haber podido responder el gesto amable de Roger. Aunque ahora ya lo llamaba por su nombre, confianzudo, argumentando que se habían estrechado la mano y que si no hubiera sido por ese pequeño síndrome de mudez momentánea, muy común en el jet set, él no tenía dudas de que podrían haber entablado una buena amistad.

Así me enteré de algo que en principio no parece muy importante. Federer, cuando conoce a alguien, siempre se presenta: “Hi, I am Roger Federer”. Parece un chiste, o un gesto de falsa modestia, porque precisamente él es una de las pocas personas en el mundo que no necesitan presentación. Y sin embargo se presenta ante cada desconocido que le ponen enfrente. Y por lo general, además, los deja atónitos.

Ese gesto mínimo de buena educación puede ser visto de muchas maneras. Modestia (o falsa modestia), como ya dije, humor, humildad, incluso egolatría o cinismo (aunque no lo creo). Pero hay que convenir que no es usual que alguien de su estatura se porte así. Todos sabemos que nunca hay una segunda oportunidad de dar una gran primera impresión, pero casi nadie lo lleva a la práctica como él.

Cuando yo era chico, allá lejos y hace tiempo, también jugaba al tenis y, por supuesto, quería ser como Guillermo Vilas (con quien sí tuve la suerte de charlar brevemente una vez). Pocos saben que Vilas no se conformaba con ser el mejor tenista argentino de todos los tiempos, sino que además quería ser músico y poeta, y que incluso publicó algún que otro libro que traté de no hojear demasiado. Pero desde esa época me quedó el raro hobby de buscar analogías entre el tenis y la literatura. Una de las pocas que encontré, aunque quizá no la más interesante, es que una cosa es jugar (o escribir) bien y otra muy distinta ganar (o vender). Para ganar a veces hay que sacar lo peor de uno, porque lo peor de uno (en el sentido moral o escandaloso del término) siempre vende (y por lo general, mucho).

La lección de Federer no es que se pueden hacer las dos cosas a la vez (obvio que sólo los genios como él pueden), sino que hay que saber presentarse en términos propios, haciendo uso de la propia voz, eligiendo el tono, y, por supuesto, enarbolando nuestro propio nombre. Él sabe que cuando se acabe su tenis (siempre en busca de la perfección, tal vez por eso me recuerda un poco a Borges), sólo quedarán sus proezas, sus gestos, las estadísticas y su nombre. Y él parece decidido, sabiamente, a cuidar su nombre.

Hay una anécdota que circula en los pasillos menos transitados del mundo tenístico y cuenta que en 2010, un tenista ubicado en el puesto 1222 del ranking mundial, Khachatur Khachatryan, como forma de presentación, ya que no lo conocía nadie, quiso desafiar al Gran Roger. Khachatryan era admirador de un viejo jugador de hockey sobre hielo convertido en una especie de Fu Manchú del tenis, especialista en negocios turbios, y su idolatría se evidenciaba en que él también lucía un bigotito cranky muy sospechoso. De su gurú impersonal, además del mal gusto capilar, había aprendido que el éxito, especialmente cuando no se tiene talento (y por lo visto él ya se había asumido como un carenciado tenístico, sino no hubiera hecho todo esto), requiere del escándalo, porque el escándalo siempre viene acompañado de publicidad, y, por supuesto, no existe la mala publicidad.

Así que consiguió que su esforzada madre le prestara una suma interesante de dram (la moneda de su país), con la promesa de que se la devolvería con intereses a la brevedad. El escándalo y la publicidad son negocios muy lucrativos. Pero claro, cuando logró hablar con los representantes de Federer para explicarles su propuesta, la cosa no resultó. Literalmente se le rieron en la cara. No es que la suma les pareciera irrisoria, sino que Khachatryan no había considerado lo que podríamos llamar el “horizonte del ridículo”. Él quería jugar el partido-desafío con Federer en una cancha de barro. Ahí, creo que huelga aclarar, la pelota no pica; es decir, no se puede jugar al tenis. Khachatryan quiso explicarles que sería un partido vanguardista, pero eso sólo hizo que los representantes de Federer y Federer mismo, más tarde, cuando se lo contaron, se rieran aún más (como si supieran que hoy en día quien se autoproclama vanguardista no puede estar hablando en serio). Parece que incluso Khachatryan intentó conseguir apoyo político, pero eso tampoco prosperó. Durante un tiempo, se hizo pasar por una pobre víctima de las leyes absurdas del juego (su copyright), hasta que al final adoptó el rol de incomprendido, a ver si así lograba engañar a alguien.

Obviamente el desafío de Khachatryan sólo era un tiro al aire con la mirada puesta en el marketing. En el fondo, en un sentido más literario quizá, fue la única forma que encontró este pobre tenista para tratar de ubicar su nombre al lado del gran Roger. Quería, literalmente, embarrarlo. O embarrar la cancha, si lo prefieren. Federer, por supuesto, desactivó su maniobra al ignorarlo. Nunca lo nombró. Tal vez si lo hubiera hecho, todos habríamos perdido mucho tiempo hablando de Khachatryan.

Por eso me gusta tanto el mundo del tenis (comparado, por ejemplo, con el de la literatura). Ahí, por lo general, no hay barro.

No sé si me explico.

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1 Response

  1. Archimboldi dice:

    Te explicas perfectamente.

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