La literatura como función

por Guido Ohlenschaleger

Decir “Nosotras” para comenzar este texto es tal vez decir demasiado, también decir “Nosotros”. Sin embargo, decir demasiado nunca fue un problema. No lo es para el que alza la voz invocando a la “clase proletaria”, tampoco para el que inconsciente de él —y soy consciente que de “inconsciente” y “consciente” son palabras que dicen quizás demasiado— enuncia EL ARTE con mayúsculas—cualquiera diría hoy que es un inconsciente. Hoy cuando todo parece estar o muerto o muerto tres veces o a punto de fallecer— o que alentado con su cátedra denuncia más allá de sus reinos la decadencia de la literatura o su fin. Hegel abanderó ya en aquellos lejanos mil ochocientos tantos aquella causa— hoy en día tan manida— de la muerte del arte y así ha seguido hasta nuestros días, también con la literatura y otras baratijas, aunque siga siendo una gilipollez1. ((Disculpe el lector si le hablo de usted y luego de tú o si pongo un excesivo empeño en los guiones, mejor dicho en los paréntesis. Solo lo hago porque me parecen estéticamente bellos cuando leo un texto y no sé pero creo que algo hay de interesante y rompedor en esa escritura que se escribe en los márgenes (Tal vez debamos aspirar a escribir algún día todo en los márgenes, quizás así el espacio que hoy llamamos “paréntesis” guión o nota al pie dejen de serlo. Podremos decir, “¿dejen de ejercer su función?”. ¿Y si casi todo un texto está escrito entre guiones?, ¿qué queda fuera de ellos?. ¿Seguiríamos diciendo que es un paréntesis? ¿Podríamos obviar los paréntesis y leer quizás algo del estilo “El sujeto está deconstruido”? ¿4 palabras en un texto de 8000? ¿Y si ahora me apeteciese introducir un paréntesis dentro del paréntesis que está en este paréntesis, uno que dijese por ejemplo: “—esto sigue estando dentro del paréntesis, recordadlo—” u otro que dijese algo tan banal como que he elegido el numero 8000 porque es el numero máximo de palabras en la mayoría de trabajos de la universidad? ¿Y si hiciese de esto el eje central de mi texto, seguiría el contenido del paréntesis siendo marginal? ¿podríamos llamarlo así?)2 y que quizás pueda llegar a decir mucho más que aquella que no lo hace. ¿Pero por qué un margen? ¿Un libro escrito en un margen es un libro escrito en un margen? ¿Depende de mí o depende de todo el sistema? —quizás incluso de aquella señora del 5º con el cardado, tal vez de ella también dependa la marginalidad de mi texto— Si yo quiero escribir una novela en el margen —quizás elija escribirla casi toda entre paréntesis o en una nota al pie o que sé yo.— y escribo toda mi novela —se que “Mi” y “Novela” quizás penséis que vuelven a decir demasiado— en una nota al pie; quizás una primera frase del tipo “El la cogió por el brazo y la llevo arrastrando hasta la habitación contigua”3 y luego una gran nota al pie como la que he escrito más abajo ¿sería entonces una novela escrita en los márgenes? ¿Podría enunciarme a mí mismo como un escritor marginal?. El relato que se cuenta en la nota no existe como relato, nadie lo escribió nunca. No continúa en ningún sitio. Es decir, claro que está escrito por mí ahora en mi ordenador y está aquí, vosotras veis los signos y los grafos en el papel o el ordenador4—ahora comento en el espacio para el “texto principal” la nota al pie ¿estaré rompiendo con los cánones de la literatura occidental?— pero yo no lo considero relato, está muerto, no dice nada; las frases están escritas pero yo no las enuncio, ni quiero hacerlo. Para mí está muerto, ¿para su autor? —¿Quién es?— pero y vosotras, ¿no lo veis, no lo consideráis parte del ensayo o el relato? Ahora estáis en casa y lo interpretáis, entendéis algo en el texto, sacáis conclusiones: de un tipo o de otro. Pero yo que he escrito el texto no lo he enunciado nunca, sois vosotras. Si acaso hubiere o hubiese algo ilegal en el sois vosotras quienes debéis pagar por ello. Yo, ¡repito!, no me hago cargo del texto, no es mío, no dice nada, no pretende ser nada, no es literatura, ni es un relato: una tontería, un anuncio de compresas, una cuestión fisicoquímica tal vez.

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Si como vosotras decís, por estar escrito de esta forma, en este lugar o con una intención determinada es un relato o un texto o qué sé yo; quizás tal vez literatura —yo no tengo la culpa, e insisto, quizás literatura sea una palabra demasiado grande, excelsa—, entonces yo debería pagar por ello, ser un sujeto de enunciación, o quizás una función de existencia, pero si yo escribo esto, y reniego de ello, reniego de que sea llamado relato, literatura o qué sé yo, porque insistís. Aquí hay escritas palabras, tal vez bien encadenadas, colocadas gramatical y sintácticamente de forma satisfactoria, además dicen algo, parece que cuentan —algo que quizás sea verdad o mentira— pero desde luego yo no considero que esto sea literatura, no lo es, no es nada. Para mí no, el relato escrito en la nota no existe, no es relato, no es literatura, es un texto, pero como algo quizás susceptible de ser indagado por la física ¿por qué por la teoría literaria? ¿por qué bajo esos ojos? ¿No será mejor analizarlo desde la teoría de los massmedia o de la teoría del marketing o la publicidad?5 Yo os propongo un juego: llamar a todo lo que tenga texto un relato, o mejor, ¡literatura!. Ese anuncio de Vodafone, de compresas o de la lotería. Algún iletrado se niega a considerar eso “Literatura” porque no cumple con ninguno de los cánones: “no tiene calidá” dice uno al que prefiero ni escuchar. Otra se levanta de su asiento, niega con la cabeza y dice “No ha sido creado con esa intención” y una tercera, gran hermeneuta dice que puede ser literatura: “Tienes razón en realidad porque el texto publicitario puede interpretarse así o no, depende de cada uno, de nuestros criterios” y renuncio a discutir con ella.

El problema de todo esto es que estamos atrapadas, en el fondo tenéis razón. La que grita que no depende de mi ni de mi elección ser considerado como literatura o no tiene razón, ¡no depende de mí! no hay solución, estamos encerradas. Yo no quiero ser leído como autor, como contador de historias o ensayos o columnas, ni como literato. Pero si mando esto a una agencia de publicidad me lo rechazarán por algún motivo que desconozco —aunque he de admitir que fue escrito tal vez con esa intención—, si lo envío a un periódico quizás también. Quizás lo acepten en alguna revista literaria, o en ediciones paralelo o en una antología. Lo bueno del texto es que no acaba de ser ni un relato ni un ensayo. Estoy condenado a perecer en mi propia producción: enajenado de ella, alienado. Lo que hace que el relato pueda ser considerado literatura es que será leída como tal en círculos de esa índole—o tal vez no— aunque yo no quiera, aunque me niegue. No seré yo quien la transforme en literatura, el problema es que nunca somos nosotras quienes lo hacemos. Quiero que esto sea un anuncio, o un letrero de la autovía, ¡eso sí me gustaría! Solo debo convencer a la comunidad entera de que el dispositivo de la literatura es un dispositivo, y que podemos redefinir los espacios de enunciación. Podemos integrar a la literatura en la publicidad o a esta en la literatura. Y ahora sí quiero que mi relato sea considerado literatura.6 Pero no depende de mi, depende del rizoma, sí, el rizoma es la clave. La literatura es un dispositivo y se define a través de su función en un sistema, para que cambie la literatura, para que mi relato ahora sea considerado como tal: o la frase “Compra tu Smartphone por tan solo 18,80 $” deben cambiar todas las relaciones de poder, la red que se entreteje y que permite llamar a un objeto cualquiera con una etiqueta cualquiera redefiniendo su espacio de enunciación y su función en todos los niveles del sistema. Así en el año 2015 la antipoesía de Nicanor es literatura y en el 2030 las latas en conserva o los carteles publicitarios se leen como literatura en los ambientes mas anodinos. Las grandes editoriales están como locas vendiendo latas en conserva a través de lo que han llamado “los enunciantes” que definen el espacio funcional del objeto. Es decir, la lata de tomate puede ser un enunciado y aunque para vuestro padre —no usaré madre porque será patriarcal— la lata de tomate sigue sirviendo para cocinar, para “el enunciante” la lata se transforma en literatura — ¿Y cómo es posible que una lata pueda ser al mismo tiempo una lata y una obra literaria?— El enunciante la levanta delante del público, la exhibe un momento y la coloca de forma sensata sobre el taburete. Allí queda la lata en el taburete y nada sucede. Las señoras se agarran los cardados y algún señor enciende un cigarrillo. Nada más. Miran un rato, aplauden de forma apabullante y luego se van. En mitad del aplauso un chico y una chica discuten. Él le dice a ella que la literatura ha muerto. Ella le recuerda que es un ignorante, que la literatura es un dispositivo y que lo que las editoriales han venido a llamar los objetos literarios vienen a ser definidos por su relación funcional con otros objetos del sistema y no por lo que él considere o no. Añade que las cosas son así —de forma muy anglosajona—y además que lo de la muerte del arte ya lo dijo Hegel allá por el mil ochocientos tanto y que es una inmensa soplapollez.))7. Ahora decidme qué es lo que importa. Alguien dirá que en este texto el paréntesis ha perdido su función y que ya no tiene sentido llamarlo así aunque conserve todas las cualidades materiales y formales y seguramente tenga razón. Pues bien, lo mismo ocurre con la literatura: ella es el paréntesis y el resto de elementos del texto son los que definen su espacio y su función.

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1 Fin del enunciado.

2 ¿Estáis siguiendo el lugar de aparición de los guiones y paréntesis?

3 ¿Por qué él? ¿Por qué no ella?. Quizás se trate de una cuestión de educación. ¿Hemos sido educados de algún modo?. Pienso en el sujeto del enunciado: en “él” y me parece más fácil que ella. Conozco mejor a un él que arrastra a un ella a una habitación contigua que viceversa. Además viste de rojo. ¡CLARO ESTÁ QUE VISTE DE ROJO! Con unas zapatillas deportivas (¿se puede introducir, pregunto, una nota al pie dentro de una nota al pie? Porque ahora me gustaría introducir otra nota al pie donde explico que elegí las zapatillas deportivas porque por alguna extraña razón un cliché de la “literatura de hoy” era hacer literatura de hoy —y se que “literatura de hoy” vuelve a decir demasiado, y que no es algo que dependa de nosotras—) negras y un chándal barato (¡qué sé yo de dónde!). Ahora, en este punto ¿sigo por aquí? ¿sigo escribiendo en esta nota el resto del texto? ¿Y que más da? ¿Qué más da dónde escriba y dónde no? A quien tengo que convencer de todo esto es al editor –sí, eso es, al editor y a mi agente de bolsa— ellos son los que se encargan de todo esto. Una reunión, le digo: “esta obra es marginal, está escrita en los márgenes, lo importante está en las notas y en los paréntesis, ¡ESO ES LO NUEVO! Entonces el editor —que es un letrado y ha leído mucha crítica literaria— me dice que eso no basta, que es una chorrada. La marginalidad estriba en descentrar a los sujetos clásicos de una obra. Me dice: “El protagonista debe no serlo, tú mismo deberías no ser el autor, o quizás apáñatelas para que la trama principal sea trasladada a un segundo plano. Desconecta la trama. ¡Yo qué sé!” Decido hacer todo lo que me dice y queda una marranada casi ilegible. Quedo con un amigo —¿por qué será que todos los individuos de mi relato son hombres?— y me dice que para ser marginal debo además intentar venderla en la calle. Me dice: “El contenido no hará que tu obra sea marginal, es tu forma de enmarcarla en un juego de fuerzas y de poderes, es la función que juega en el sistema lo que define su carácter de marginalidad”. Le pido a mi editor libros cosidos y me lanzo a la calle con 20 o 30 ejemplares. Una mesa y lo anuncio: “Libros a la voluntad”. Me compran. La verdad es que tiene bastante éxito y se vende bien. De hecho vuelvo a casa con tres ejemplares nada más. La gente está encantada. Una mujer me dice que es una iniciativa muy bonita —relaciono la figura femenina con un comentario sentimental. Me descubro a mí mismo mientras escribo como un hombre no emancipado. Sigo siendo patriarcal. Había leído mucho y hasta tenía amigas. Pero sigo esperando—. Pasan las semanas ¿He conseguido que mi obra sea marginal? Parece que sí. Pasados los meses sigo acudiendo a tertulias en bares oscuros, cochambrosos, supongo que eso es buen síntoma. Mi obra solo la conocen pocas —y ahora escribo el genérico femenino porque recuerdo que era algo que debía hacer no sé por qué motivo, creo que porque en los círculos donde me movía estaba bien visto— y cuando la leen quedan fascinadas. La dureza del relato, la dificultad para seguir la trama (por no decir imposibilidad), algunos fingen entender y otros no entienden nada. Otros quedan asombradas—genérico femenino y masculino, más rompedor— por la idea de escribir formalmente el texto en los márgenes; usando como espacio principal el paréntesis y la nota. Además no solo formalmente sino también en el contenido: desviando la trama, cambiando a los personajes, transmutándolos, generando rupturas y discontinuidades. En una sociedad donde Vargas Llosa es la literatura yo he logrado hacer algo marginal aunque solo sea de forma negativa. ¿Pero lo he logrado yo o lo ha logrado Mario? ¿Tal vez el señor que fuma esperando el autobús o el niño que juega a la consola en su cuarto?

4 ¡Pero eso no basta!

5 Son importantes las cursivas.

6 En un mundo posapocalíptico toda la literatura se hace marginal y Vargas Llosa es hipster. El autor de nuestro relato anterior no cambió nada. Siguió vendiendo sus libros en la calle y en tugurios marginales, yendo a reuniones clandestinas, pero todo eso: la clandestinidad y los tugurios habían sido mainstrimizados por la opinión pública. Los editores se los rifaban, publicaban sus libros en cartón, los vendían en la calle e incluso se rebajaban a no poner precio a los libros de sus editados a cambio de grandes contratos publicitarios de firmas como Vodafone o Nike vendiendo los derechos de aquellos “autores marginales” que ya no lo eran para nada: ni su contenido— que era de lo más mainstream— ni su forma —que también lo era—. Nada cambió, también un texto escrito entero en los márgenes, entre paréntesis o en notas o cosas aun peores sigue no siendo marginal. “Marginal” es una palabra que define una función y la función viene definida en la relación con el resto de categorías bio-semio-kraticas de un texto, una sociedad o un sistema completo, pero eso es otra historia que dejaré para otro artículo.

7 Fin del guión, fin del paréntesis. A

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