El Imperio contraataca: ¿Es conveniente rajar de la poesía pop?

Por Gonzalo Lozano.

A partir de los artículos de Unai Velasco en ctxt, y sus réplicas más o menos acertadas en medios como la revista Oculta, una gran agitación ha vuelto a reinar en los comentarios de Facebook —nuevo pilar de las opiniones del mundo— acerca de la mal llamada poesía joven, que a mí me gusta llamar poesía pop porque, bien analizada, no es más que eso: las reglas del pop afectando a un tipo de producción que, por sus características históricas, aún resistía a acercarse a las lógicas del mercado de masas.

De esto ya hablé hace algún tiempo. Pero tras los artículos de Unai, que por cierto son magníficos, he vuelto a ver en estos comentarios de Facebook ciertas tendencias encontradas:

1 Quienes consideran que eso no es poesía de verdad, no merece más promoción de la que ya tienen, odian a los considerados seudopoetas y cada publicación o evento que perpetran, y

2 Quienes defienden el derecho de estos a expresarse, el derecho de la gente a comprar sus libros, si les gustan, o entienden (con cierto paternalismo) que esta forma de escribir es propia de la juventud, y que este tipo de poesía puede ser la transición a lecturas más serias.

Si tenemos en cuenta lo ocurrido en otras artes y mercados, la opción número uno se equivoca. Igual que los Beatles, o Don Omar, no han supuesto la muerte de la música, o el periodismo de mierda no ha eliminado algunas crónicas o artículos dignos de mención, es de esperar que esta poesía haya venido para quedarse, y es de esperar que otros tipos de poesía se sigan haciendo, al margen de ésta, y de su visibilidad.

La segunda opción también se equivoca: por mucho que les duela a los bolsillos de Benjamín Prado y demás, la poesía tradicional no va a leerse mucho más de lo que ya se hacía, porque esta poesía pop no tiene vínculos con ninguna tradición (del mismo modo que nadie va a terminar escuchando a Miles Davis a través de Don Omar). Los pocos que sí se lean, por otra parte, sufrirán un vaciado simbólico que hará que nadie pueda entender a Benedetti y Ángel González, por poner ejemplos probables, más allá de la expresión del amor, desde las ideas preconcebidas de amor que los receptores manejan.

El argumento de la juventud, por otra parte, se desmonta por sí solo: ni todos los autores lo son, ni todos los jóvenes escriben de ese modo. Detrás de la etiqueta poesía joven hay una maniobra puramente comercial, e interesada, que apela a crear una identidad de grupo entre sus consumidores (igual que la novela juvenil, la moda juvenil, etcétera).

El debate, en realidad, está mal enfocado. Intentamos discutir si este modo de expresión es o no legítimo, pero en esta dualidad hay una cuestión de fondo aún mayor: la distinción de las artes, que definió Bourdieu, y que trata los mecanismos que hacen que ciertos individuos, identificados con una alta cultura, tengan gusto por unas formas artísticas y desprecien otras, propias de las masas. El criterio número uno, además, es el éxito de ventas: si algo vende mucho pierde su valor simbólico; gustarle a mucha gente lo degrada. No estamos discutiendo de poesía, sino de su contexto, de aquello alrededor.

En este género, además, partíamos de un terreno ya de por sí exclusivo de las élites. Por eso parece doler tanto el tema: la música ya la dimos por perdida, pero la poesía está recién comenzando a perder valor simbólico. De ahí que las reacciones de quienes se sienten élite cultural sean mayores. No olvidemos tampoco que buena parte de los consumidores de poesía son potenciales creadores, en ambas opciones de lectura. Tanto revuelo puede entenderse desde los agigantados egos digitales, hiperheridos por entrar en cuestión sus modos de crear, o sus fracasos de venta.

Por si fuera poco, y en esto han incidido muchos de los artículos sobre el tema, el anterior panorama poético español (de Latinoamérica hablaremos otro día) dejaba mucho que desear. Para empezar porque, poesía de la experiencia mediante, había y hay unas prácticas monopolísticas en el campo, donde ciertos agentes culturales han acaparado el poder institucional. Visibilidad, editoriales, premios, fundaciones, cátedras, reseñas en prensa: todo pasa por el filtro de cierta expresión poética, vinculada a ciertos nombres que todos conocemos, y que han hecho uso de dinero privado y, de forma más hiriente, público, para promover un coto privado donde sólo ellos decidían qué poesía existe y qué poesía no. Un grupo que, en su batalla por remover los cimientos de las culturas franquistas, terminaron repitiendo exactamente los mismos esquemas de dominación en el campo, y el mismo olor a testosterona, pero bajo el (renqueante ahora) brillo de la socialdemocracia.

Un grupo al que además ahora no parece sentarles muy mal la existencia de la poesía pop, a la que ellos llamarán joven, porque conscientemente están intentando absorberla como una extensión de sus propias ideas, dejando a los papás el orgullo de que alguien les herede, aunque lo hagan mal, aunque los listos de verdad sean ellos. Dificultando además la visibilidad a todas las excelentes poéticas que no han pasado por su aro, como pueden ser las de Jorge Riechmann, Elena Medel o Erika Martínez, por proponer algunas.

E insisto, no estamos hablando aún de poemas. Hablamos de monopolios.

Si la cultura poética escolar está distanciada de nuestra realidad social, separada de su contexto y hecha para ser banalizada u olvidada; si la cultura poética académica está acaparada por unas élites que se han comido todos los recursos, y a todo disidente, en su camino; y si la cultura poética juvenil se está convirtiendo en un producto de consumo, equiparable a cualquier otro, pero con menos brillo: ¿Qué nos queda, entonces? ¿Qué podemos hacer nosotros, que ni queremos caer en las ilusiones de la élite, ni queremos nada de la poesía pop?

Más que debatir esta dualidad, deberíamos cuestionarnos otras cosas.

En primer lugar, qué dice de nosotros como sociedad que haya ríos de tinta sobre estos asuntos, mientras que otros, como el enjuiciamiento de poetas, músicos y otros artistas por cuestiones ideológicas, parece resbalarnos.

En segundo lugar, qué dice de nosotros como sociedad que el único momento histórico donde las mujeres poetas son leídas (y aun así) coincide con el primer momento histórico donde se les ha puesto cuerpo, y se las ha podido sexualizar, por tanto.

En tercer lugar, qué dice de nosotros como sociedad que nuestra nueva poesía, alarde de las libertades individuales, tenga valores más estáticos y acomodaticios, incluso, que la poesía estatal.

En cuarto lugar, si es realmente la producción el único campo de batalla, en detrimento de la recepción. O dicho de otro modo: si lo que deberíamos preocuparnos es de hacer y hacernos mejores lectores, capaces de modificar los esquemas mentales que nos dictan los poderes, en vez de estar discutiendo sobre qué criterio define la escritura de verdad, cayendo en la lucha de los egos.

En quinto lugar, si hay vida más allá. Si estamos obligados a consumir los productos de la actualidad o de las élites. Si hay voces invisibilizadas que valgan la pena, pasadas o presentes, y el porqué de ese silencio. Y a partir de dónde podemos fundar unas nuevas prácticas culturales.

En sexto lugar, qué debemos hacer para que nuestras alternativas ganen visibilidad y presencia en estas batallas, y consigan remover los cimientos de las dos instituciones, cultura de estado y cultura de mercado, que nos están pisando desde hace mucho tiempo.

Foto Gonzalo Lozano
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1 Response

  1. Efectivamente, la poesía nunca va a ser un tema de super ventas con honrosas excepciones. Lo que está ocurriendo con todo esto debe analizarse poeticamente. Me hace mucha gracia que metan en el mismo saco a Salem, que es de mi edad, con Defred que no se que edad tendrá, pero que parece muy joven. Cuando además sus poéticas nada tienen que ver y lo único que les une es el nivel de ventas y la editorial en la que han coincidido. Decir que todos tienen cosas en común no es cierto.

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