Hipsters, poesía, pop. Apuntes de un fenómeno editorial. (1 de 2)

por Gonzalo Lozano

 

UNO

La poesía era el reducto de la metafísica, el único lugar del campo literario donde los dominios del
mercado, donde la cultura del beneficio, no habían podido prosperar apenas. Buena parte de esto se
debía a una concepción del objeto poético como un ideal de expresión del arte más excelso, o peor
aún, del alma: concepto que, por mucho que diversas vanguardias sucesivas se afanaron en
erosionar a lo largo del siglo XX, ha mantenido –y todavía mantiene– cierta vigencia entre lectores
y creadores (a menudo son lo mismo).

Los lectores-creadores han interpretado el acto poético como una subjetivación necesaria, como una
subversión de la autoridad externa, del mundo ajeno, el Estado, para dar una visión propia de las
cosas, un matiz nuevo donde la identidad, el “yo”, se vuelve heroico gracias a proponer resistencia a
la monotonía y uniformidad de la vida bajo el yugo burgués, (o el Sistema, o como cada uno quiera
llamarle), mediante una herramienta, la sensibilidad del autor, que le diferencia del común de los
mortales, que le otorga un ojo incisivo y especial, además de la carga de vanidad asociada.
Durante generaciones la práctica totalidad de aquellos que se han definido como poetas[sic] han
bebido en mayor o menor medida de esta idea de sensibilidad personal. Pasando por el malditismo
de los decadentistas antiguos y contemporáneos (de Baudelaire a Bukowski), nos encontramos con
que incluso tendencias poéticas que, a priori, se formulan en contra de los sistemas de pensamiento
dominantes, al final, terminan cediendo ante la presión del yo, ante lo inevitable de la subjetividad
en sí mismos, o en sus propios lectores. Tómese de ejemplo la “poesía de la experiencia”.

DOS

En las últimas décadas surgen ordenadores, móviles y demás dispositivos que reconfiguran las
actuales formas de comunicación. Y en medio de este fenómeno proliferan aún más las
subjetividades, donde prácticamente toda red social no es más que una “nueva” fórmula para
exhibir y organizar una serie de rasgos que, en conjunto, tratan de formar una identidad. Parte de la
población que participa en estos entornos experimenta un auge por la diferenciación, y proliferan
blogs, instagrams, twitters, y un largo etcétera de posibilidades de autoconstruirse para una galería
en la que buena parte de las interacciones se hacen en diferido, permitiendo aún más posibilidadesde articular discursos. Porque esta comunicación en diferido provoca una pose en la que puede
omitirse la réplica. Incluso la irrupción de nuevos términos como el postureo no hacen sino definir
esta tendencia.

Surge así una legión de individuos cuya alienación social, que antes se encauzaba de otros modos
de burbuja estanca, ahora cristaliza en una búsqueda de identidad a través de la diferenciación. Pero
esta diferenciación está pautada por grandes poderes que restringen las combinaciones: las
posibilidades de alcance de las nuevas redes, y la dictadura de la corrección política. Surge también
el término de lo mainstream, que recoge todo aquello que, por aclamación y consumo popular, se
sale del afán por la diferencia, ligado indirectamente al concepto. Afán que finalmente termina en
uniformidad, en la pertenencia a nuevas categorías de consumo de lo diverso (hipsters, geeks…)
Dentro del conjunto de lo mainstream, pero sin llegar a reconocerse como tal, está el subconjunto
de lo viral: un contenido determinado que, por presión del grupo cibernético, termina eclosionando
y destacándose frente a otros, en uno o varios ciclos de vida limitados, pero con una capacidad de
contagio similar a la de las enfermedades comunes. Para que un contenido se viralice, por otra
parte, debe poseer ciertas propiedades. Una apariencia de novedad, rareza o ruptura, ya sea
mediante el titular, la imagen, palabras o temáticas que rozan los problemas del tabú; pero al mismo
tiempo una asepsia conceptual, incapaz de sortear la muralla de lo políticamente correcto, de
modificar a los sujetos consumidores en algo más allá de sus hábitos de consumo. La oportunidad
de tratar el tabú se desperdicia, se vuelve predecible, se inserta en la ideología dominante.

(Fuera de las redes, y por no salirnos del ámbito literario, la fórmula que presenta 50 sombras de
Grey se presenta como paradigma: un tabú esterilizado mediante la historia amorosa de siempre,
vendida a través del morbo, que termina sirviendo al desarrollo y visibilización de una industria, la
de los juguetes sexuales.)

TRES (1+2)

Luna-Miguel-

Luna Miguel

Con estas nuevas redes, con el auge de la subjetividad, la expresión de los sujetos se vuelve
prioritaria, haya o no haya receptores para él. Pero al mismo tiempo se aleja de las formas de
expresión tradicionales, es decir, de todas las tradiciones literarias anteriores; éstas se vuelven
incapaces de destacar en el nuevo medio, pues rara vez pueden lograr esa apariencia de novedad y
ruptura, junto a la asepsia conceptual, de los nuevos contenidos, que luchan por ascender de
jerarquía en una sopa cuántica carente de coordenadas. Las tradiciones que “sobreviven” lo hacen sí y sólo si se revisitan en función de su cercanía al “yo”, de su capacidad para la identificación inmediata entre lector y autor. Las únicas excepciones son
aquellas figuras de autor que devienen heroicas por razones biográficas: suicidas, revolucionarios
de distinta índole, alcóholicos, marginados; todas las formas que el neomalditismo pueda tomar. Las
construcciones de autor, por tanto, también se vuelven imprescindibles en este nuevo entorno, como
forma de diferenciarse, una vez más, de la monotonía burguesa a la que se adscriben los poetas no
nativos digitales, uniformados por las políticas biobibliográficas heredadas de los ochenta. Premios
literarios, publicaciones, becas, títulos de Filología, antaño mecanismos de promoción y distinción,
se vuelven monotonía en el nuevo mercado; un lastre asociado a las ruinas de lo que parece otro
mundo, pero no deja de ser el mismo, con el envoltorio de la velocidad.

El nuevo campo literario demanda una poética de la ocurrencia, un lenguaje más cercano al tuit que
al alejandrino, capaz de viralizarse (la nueva medida del éxito), y al mismo tiempo capaz de
sostener unos yoes que se agigantan a la medida del hipotético nuevo alcance de sus sombras por el
medio digital. Y aquí es donde entra Marwan, y su éxito de ventas.

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2 Responses

  1. ¿Y no era el alejandrino el tuit de su momento?

    Es interesante el artículo, aunque es verdad que hay cada vez más referencias a este tipo de cosas, pero ¿no sería la diferenciación hipster / no hipster el triunfo, de facto, del hipsterismo?

    Claro que el arte sigue funcionando como un elemento de elitismo, y en un mercado precarizador como este para algunos es ya el último elemento de elitismo. Pero, ¿no podríamos preguntarnos por la idea que queremos situar y cuales son las mejores formas de hacerlo? Lo digo porque ponéis la foto de Luna de Miguel. Y, claro, ¿no hay también un relato de ese “estar individualmente conectados con la realidad” que diría López-Petit que, en su explicitación, nos permite analizar y diseccionar?:

    “estamos en la planta 52 de un edificio
    en el que todos fuman cigarrillos
    en el que todos quieren parecer
    en el que todos atienden asombrados
    a las miles de luces rojas y amarillas”

    (Trocito de “Cigarrillo en el New York Bar”)

    ¿No hay, en esa soledad explícita, aún teniendo claro que el juego es el que vosotros planteáis, una frustración de la elitización (todos somos iguales, estoy en la masa, esta canción no es sólo para mí, etc…)?

    Y digo yo, para decir todo esto, ¿no debería esperarme a la segunda parte?

    En fin, gracias.

  1. 27 Enero, 2017

    […] esto ya hablé hace algún tiempo. Pero tras los artículos de Unai, que por cierto son magníficos, he vuelto a ver en estos […]

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