Hipsters, poesía, pop. Apuntes de un fenómeno editorial (2 de 2)

por Gonzalo Lozano

3.2: (POP.)

Marwan Abu-Tahoun Recio, autor hispanopalestino a mitad de la treintena, licenciado en INEF,
ojos claros, alto, moreno, barba cuidada y pelos largos y rizados, de oficio cantautor y al que la
sensibilidad se le presupone, por tanto, decide publicar en 2011 un libro de poemas de tono amoroso
en una editorial pequeña (Noviembre), y se convierte de la noche a la mañana en un fenómeno de
ventas, aupado en gran parte por la viralización de sus versos a través de twitter, facebook y
compañía; buena parte de las veces mediante fotografías de los versos en el propio libro, que
mantienen cierto fetiche sobre el soporte de papel (todavía legitimador, a pesar de la
democratización de la imprenta; lo demuestran la multitud de imitaciones que se hacen de la
técnica, con versos más o menos desafortunados).

FR2_2589En este nuevo soporte la erotización del cuerpo del poeta actúa también como aliciente de ventas, y
se inserta en la propia figura de autor; algo que hasta el momento no había ocurrido en el campo
literario, donde la noción del alma se había impuesto. Sin embargo, algo parecido ya había ocurrido
antes en el campo musical, con la irrupción, hace ya más de medio siglo, del pop.

La simplificación de melodías y de temas, la divinización del cuerpo, de la juventud, de los valores del presente inmediato; la democratización del medio, al que ahora ya no se accede por cuestión de
pertenencia a un determinado grupo social y a una educación determinada; sino por la habilidad y
capacidad de adaptación a los nuevos mecanismos de exposición, de agrupar seguidores. La poesía
sufre su movimiento análogo para formar el nuevo mercado. A toda esta lógica se suman los
factores estéticos que generan una identidad de grupo: tatuajes con poemas almibarados, o con la
propia palabra “poesía” en tipografía Courier New, y un largo etcétera. Sumemos también el valor
de la entonación, la performatividad audiovisual del acto poético por encima del contenido. No es
de extrañar que a este nuevo conjunto de lectores-creadores les interesen más las referencias
musicales, vengan del rap, de la música de cantautor o del rock transgresivo, que las estrictamente
marcadas por la tradición.

Nótese también que los valores que ahora se priman tienen fecha de caducidad, frente a la
inmanencia anterior. La juventud y la belleza como objetos de consumo. Esta nueva generación de
subjetividades frenéticas requiere de nuevos modelos de expresión y autoría, y por ello utilizan los
casos de éxito en las propias filas de nativos digitales. La juventud y la precocidad en la publicación
son tomados como valor de distinción en el campo, a costa sin duda de las cuestiones de oficio. Es
decir: el mercado se configura en torno a una red de creadores jóvenes que son consumidos por
personas de la misma edad, o menor, que aspiran a un ideal de expresión y viralización similar al de
sus ídolos. La consolidación de este fenómeno la marca el sello Planeta, que no ha tardado en ver el
filón de negocio que se abre para intentar sacar tajada, contratando a los grandes hitos de esta
generación, Marwan el primero, con la seguridad de que la apuesta les va a salir bien, al unir el peso
de sus mecanismos de promoción a los seguidores virtuales que ya trae cada autor consigo.

IV: UNA NUEVA ESPERANZA

La metafísica en la poesía desaparece así de este nuevo nicho de mercado, que por tamaño se ha
vuelto sin embargo el principal, como hizo el pop en su momento en la industria musical.
Lo que podría entenderse como un paso atrás, una merma de la calidad, la pérdida de la tradición y
demás mensajes catastrofistas, también tiene un reverso positivo e inmediato: la producción y
recepción poéticas están obligadas a diversificarse y abandonar el escalafón de las élites, al que
siempre se habían aferrado.

En un país donde ciertas editoriales han monopolizado las subvenciones y publicaciones, y por
tanto el discurso del circuito académico (Visor); o donde la tradición se estudia mediante anacronismos nacionalistas, mediante afinidades políticas; en un país donde, en definitiva, la poesía
ha venido siempre cargada con el lastre de la inutilidad, de la falta de distribución y del solipsismo,
la muerte del aura que le acontece cambia sustancialmente las reglas del juego. Y, a pesar de esta
uniformidad expresiva marcada por las restricciones del éxito viral, todavía pueden haber grietas en
la poética de la ocurrencia, pueden haber creadores que rompan reglas (o vuelvan a seguirlas), aun
inconscientemente, en medio del frenesí por el afán de diferenciarse. O que quienes entiendan el
nuevo mercado, con un potencial de lectores mayor, aprovechen para formar nuevos espacios de
resistencia. En última instancia, el aumento de lectores podría, aun en unos pocos casos, provocar
nuevas formas de visitar la tradición. Y nada parece indicar que el mercado minoritario de poesía, es
decir, el tradicional, vaya a desaparecer, como no desaparecieron el jazz ni la música clásica en la
segunda mitad del siglo XX.

Sencillamente, las reglas han cambiado. Los obstáculos siguen siendo los mismos, sin embargo: el
poder del yo y la dictadura de la corrección política. Pero ahora que la nueva producción va
indisolublemente ligada al dinero, se cumple así la máxima de Celaya, en un sentido perverso: la
poesía es un arma cargada de futuro. Veremos.

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