El factor perverso de la felicidad

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Casi todo el mundo coincide de forma unánime en que uno de los más importantes, si no el principal cometido del individuo es ser feliz. Sería interesante hacer un estudio exhaustivo de la evolución de este concepto porque muy probablemente, la equivalencia entre felicidad, alegría o contento es bastante reciente y, a todas luces, motivada por los cambios en las condiciones materiales del individuo durante los dos últimos siglos. Valdrá la pena decir que su aparición con este sentido en la literatura no es frecuente antes de las revoluciones industriales y los procesos de empoderamiento de la burguesía en el XVIII y XIX.

En todo caso, la felicidad se ha convertido en la máxima aspiración de la sociedad contemporánea, en el dios incuestionable del siglo XXI. El anhelo del sujeto es acercarse a ella o alcanzarla a través de unos personalizadísimos sacramentos cuyo sentido radica en una experiencia propia multitud de veces revisada. Trataré de exponer brevemente en qué sentido la felicidad ha sustituido a la religión en este siglo desquiciante.

La religión ha tenido dos funciones principales a lo largo de la historia. Primero, generar estructura y orden social a través de autoridades que ejercen su poder sobre el individuo. Y segundo, generar reproducción social. Evitar la transformación social manteniendo la estructura de dominación existente, es decir; protegiendo a las clases dominantes y adormitando a las clases dominadas.

Hasta aquí, nada que no haya dicho Marx de alguna manera. El primer bloque, la cara política de la religión, ha ido desapareciendo a lo largo de la historia. Grecia, y luego Roma, son ejemplos de sociedades que abandonaron el poder teocrático para depositar el orden social en la Ley. Antes y durante estos acontecimientos, los pueblos que se regían únicamente por la moral contenida en un texto religioso eran mayoría. En este sentido el antecedente claro a la secular ciudadanía era el alma, en virtud de la cual uno podía acogerse a la palabra de Dios para denunciar o no los pecados de su vecino.

Esta tendencia de secularización del ordenamiento social precipitará definitivamente con los filósofos ilustrados que acuñaron los conceptos que han funcionado en los sistemas políticos del siglo XIX y XX. La religión, por tanto, se quedó con el segundo papel: la reproducción social. Pactar con la clase dominante e impedir a toda costa el cuestionamiento de las élites económicas (primero la nobleza y durante los dos últimos siglos, la burguesía). Cortar la revolución de raíz; sofocar cualquier indicio de conciencia de clase alienando al individuo con una fábula que nada tiene que ver sus verdaderas condiciones materiales pero que lo mantienen distraído.

¿Qué entiendo por individuo alienado? Sencillamente, un individuo que, siendo consciente o no de sus condiciones materiales, no las achaca a la estructura de dominación en la que vive y por tanto, no emprende el cuestionamiento de esa situación. Y por supuesto, no lucha por cambiarla. ¿Cómo hace esto la religión? Achacando las desgracias y fortunas a la voluntad de Dios de tal manera que el hambre y la miseria de los de abajo no es otra cosa que el pago de los pecados y no es nunca consecuencia de que las oligarquías se quedaran con las plusvalías generadas. El mensaje de humildad y de pobreza de, por ejemplo, la Iglesia Católica, persigue el mismo cometido. Disuadir a las clases dominadas de mejorar sus condiciones de vida ya que «la virtud está en la pobreza» y asegurar que ya se es igual ante Dios y que lo que hay que hacer es méritos para vivir bien en un más allá que, obviamente, no llega nunca.

Pero también esta segunda función alienadora de la religión se está agotando. Tiene los días contados en una sociedad cada vez más descreída y secularizada y menos dispuesta a practicar la miseria y el martirio para purificar su alma. La reproducción social está en peligro, la estructura de dominantes y dominados puede tambalearse y las oligarquías neoliberales ponen en marcha nuevas estrategias de alienación. Una de ellas es, sin duda, la búsqueda de la felicidad.

Es difícil señalar este fenómeno porque no está sistematizado, descrito ni contenido en parte alguna (este es uno de sus fuertes, todo sería más fácil si hubiera una guía oficial posmoderna para ser feliz). Pero basta con indagar en el imaginario colectivo, en ideas bastante universales como: «El dinero no da la felicidad», «No hace falta mucho para ser feliz», «Los ricos también lloran», «Se pasó la vida preocupado por tener y al final no vivió» o «Tienes que hacer lo que te haga feliz». Estas ideas, a priori fantásticas, cultivan exactamente la misma idea: tus condiciones materiales no son importantes.

Todas estas situaciones que a algunos nos indignan, como esta gente que no tiene para comer ni trabajo pero se queda sentada en el sofá el día de la manifestación, o ese padre que manifiesta tener dificultades para pagar el material escolar de su hijo pero un mes después se paga una entrada de fútbol, es solo gente que quiere ser feliz. El abuso de antidepresivos y el repunte en el consumo de drogas, son sólo los efectos colaterales de tan abrasivo bombardeo ideológico en el que se nos impone la obligación de ser felices. Pero cumple su cometido principal: el único motivo para hacer algo es la felicidad, y a muy poca gente le hace feliz acudir a una manifestación. ¡Atención! Quien acude no suele escapar de esta regla: te dirá que acudir a una manifestación sí que le hace feliz, de la misma manera que algunos adalides de la revolución obrera se echaron en manos de la fe, alegando tener una mejor interpretación de la palabra de Jesucristo.

La felicidad no solo está sustituyendo a la religión en este sentido, también está ocupando el lugar de las liturgias. Cada vez son más las actividades New age, una nueva espiritualidad que en muchas ocasiones no habla de espiritualidad sino de «equilibrios» o «conexiones con la naturaleza», aunque todas desemboquen, sin excepción alguna, en la felicidad. Todas te harán ser más feliz cuando «estés en comunión con los astros», cuando «hables con el espíritu del bosque» o cuando «sepas encontrar tu camino en la vida». Hay un un largo etcétera (perdonad el tono jocoso). La realidad es que estas nuevas liturgias son cada vez más concurridas como también los ansiolíticos son cada vez más consumidos. Quienes acuden son siempre individuos atormentados y alienados que no son capaces de ver la razón material de sus tormentos y se pierden en la fábula engañosa de la felicidad.

De vez en cuando aparece ese insubordinado ateo con ínfulas de hombre avanzado a su tiempo y aires de superioridad generacional que manifiesta a gritos no comprender cómo una sociedad entera podía aceptar una idea tan descabellada como la existencia de Dios. Yo me pregunto siempre si él se habrá parado a pensar en el concepto de la felicidad que a todas luces persigue. ¿Hay verdaderamente algo detrás de ese significante o es, como Dios, un concepto falso para subyugar a toda una clase social?

Foto autor Felipe Reyes
Modo lecturaEr zobiético. Nació en Granada el día de la república exactamente un año después de la Expo’92. Creció en un rincón de la Alta Andalucía profunda, hecho que le hizo crecer como un... Leer más

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