El elefante del Presidente del Gobierno

Kabilia

Kabilia

 

por Munir

 

Un rey no es rey por voluntad divina
sino porque sus antepasados se lo montaron divinamente.

La Polla Records

 

Hace pocos días que se publicó en este mismo blog un cuento oral bereber titulado “El elefante y el rey”. Para el breve análisis que me gustaría hacer del cuento, lo podemos resumir del siguiente modo.

Un rey niño y despótico necesita un símbolo de poder que imponga el respeto que él solo no es capaz de imponer. Decide adquirir un elefante. El elefante requiere de una enorme cantidad de alimento para vivir, con lo que los pastores de la zona no tienen nada que dar de comer a sus animales. Los aldeanos resuelven que la situación es insostenible y deciden plantarse ante su rey. Sin embargo, sabedores de que el déspota muy probablemente matará al mensajero, deciden enviar a todos sus líderes (digamos que contaban el arcano número de 12). Los doce líderes resuelven ir ante el rey y plantearles su problema diciendo una palabra cada uno. Así, uno dirá “Su”, otro “Majestad”, etcétera. Al terminar –razonan– el rey no tendrá más remedio que escucharlos o matarlos a todos, lo que descabezaría a las principales tribus de su pequeño imperio.

Una vez se presentan ante el rey, el primero dice “Su”, pero los demás se sienten tan aterrorizados que no aciertan a articular sonido alguno. Miran al primero y le espetan un “venga, sigue”. El primero, en venganza, le dice al rey que el elefante debe de sentirse muy solo, y que cada uno de los doce quiere poner una parte del oro necesario para adquirir una hembra que lo acompañe.

Más allá del final, que yo –más optimista– cambiaría, lo que me interesa del relato es la treta que urden los aldeanos para esquivar la autoridad real.

Para empezar, el rey se “viste” con un elefante para enmascarar el hecho de que es un niño. De manera análoga al emperador que se pasea desnudo por la ciudad creyendo que luce el traje más hermoso que pudiera existir, Kouko (que es el nombre del rey) hace recaer el simbolismo del poder absoluto sobre un fetiche: el elefante.

De algún modo, creo que los aldeanos razonaron de forma similar a como yo acabo de hacerlo. Frente al niño que monta al elefante (que diezma a su ganado), ellos son hombres avezados que llevan siglos poblando esas tierras de monte bajo, y deben ser capaces de hacer que Kouko entienda su problema. Y entonces se les ocurre una idea absolutamente genial y –añadiré– absolutamente anacrónica.

Más allá de lo que narra el cuento, yo no creo que los doce líderes tramaran su plan pensando en que el rey no podría matarlos a todos, ya que de hecho sí que podía. Prefiero postular que discurrieron de forma extremadamente inteligente acerca de la noción de autor. El autor es el individuo legal sobre el que recae la responsabilidad de un texto, id est, la gloria o la justicia que el texto merezca a ojos de quienes le rodean. Un autor –como han analizado muchos teóricos– es una autoridad hermenéutica (es decir, que su interpretación de su propio texto prevalece sobre la del lector) y también es una autoridad legal, lo que le permite ligar a un ser humano burocrático (simplificaremos diciendo: “a un número de DNI”) con una instancia de enunciación. Permite enlazar al “Mario Vargas Llosa” que paga impuestos y multas y recibe premios Nobel con las dieciséis letras que encabezan La ciudad y los perros (M-a-r-i-o-V-a-r-g-a-s-L-l-o-s-a). La instancia que liga a esos dos sujetos se denomina copyright o derechos de autor o –para replicar el elegante oxímoron que se suele utilizar– “propiedad intelectual”. Esto, que en el fondo no es más que un conjuro que teóricamente podríamos disipar con sólo conocerlo, se ha mantenido durante unos cuantos siglos sin que nadie haya podido destejerlo. Podríamos decir que ese mecanismo es el elefante de Mario Vargas Llosa.

Por supuesto, ese mecanismo –que a nuestro querido compatriota le ha granjeado un premio Nobel– es un arma de doble filo. Si algún día Mario Vargas Llosa (dios no lo quiera) escribiera algo que pudiera molestar al poder, el poder tendría una enorme facilidad para –ligando a los sujetos “escritor” y “persona legal”– encontrar y castigar al señor Mario Vargas Llosa. De manera análoga, si un sólo líder enunciara la queja ante el rey Kouko, éste no tendría mayor problema a la hora de ordenar que le cortaran la cabeza. Este mecanismo, envuelto en algo más de innecesaria complejidad, es el que ha llevado a Katchadjian ante la justicia y el que secuestró la famosísima portada de El Jueves en la que el ahora rey Felipe… bueno, mejor me callo. Es un mecanismo que puede conceder privilegios al autor que se aviene a las exigencias del poder, y al mismo tiempo castigar al que no. Quedan por determinar los privilegios que Katchadjian obtendrá de su periplo legal, claro; como he dicho, es un mecanismo de doble filo. Un mecanismo con el que siglos de pensamiento crítico no han logrado acabar.

Y sin embargo, parece ser que unos habitantes del Magreb lograron deshacer ese hechizo antes siquiera de que en occidente cobrara el poder del que hoy goza. Si una de cada doce personas enunciaran una palabra de un discurso… ¿quién de los doce sería el autor de ese discurso? Desde luego, no el primero, que sólo habría dicho (pongamos) “Su tenemos entonces o cabras”, ni el segundo, ni ninguno de los otros. El razonamiento más inmediato y más burdo propondrá que el conjunto de esos doce individuos legales es el autor del discurso, pero eso no es cierto. Es la mente del rey la que ha unido doce discursos incoherentes para formar uno coherente: ellos podrían haber estado bajo los efectos de una droga o recitando poesía dadaísta. Podrían estar incluso pronunciando palabras al azar, y sería sólo el cerebro del rey el que hilaría todos esos desvaríos en un discurso contestatario. El culpable, al fin, sería el mismo rey o, mejor, toda la comunidad lingüística de hablantes de tamazight. Y a todos esos si que no se les puede cortar la cabeza.

Como se ha visto, de algún modo los novedosísimos experimentos de autoría colectiva como Luther Blissett o Wu Ming ya fueron prefigurados en el norte de África hace quién sabe cuantos años. Por supuesto, no vale con conocer el hechizo para deshacerlo. Los fragmentos que podemos salvar de la teoría del reflejo nos enseñan que mientras no cambie ese sistema legal dedicado en cuerpo y alma a perpetuar el poder absoluto es imposible que merme la importancia que para nosotros tiene el ego, y por lo tanto que se desenlace el nudo que ata a los “humanos que escriben” y a los autores.

Por supuesto, eso asusta. Tal vez algún día superemos ese miedo. Mientras tanto, estamos condenados a quedarnos mirando al primero de la fila, esperando a que diga algo que nos hunda a todos aún más bajo los pies del Presidente del Gobierno y de su absoluto elefante.

Foto Munir
Modo lecturaMunir (Madrid 1989 – Ixtapalapa 2022). He publicado tres cuentos sueltos (M, Los ojos blancos y Del otro lado) y una novela (Los pistoleros del eclipse). Si echan de menos el nombre de... Leer más

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