El ascenso a la modernidad

Por Marsolaire Quintana

Muy pocas personas mencionan el ascensor como uno de los medios de transporte más importantes en la ciudad moderna. Se suele enumerar la bicicleta, la motocicleta, el automóvil, el camión, el tranvía, el autobús, el trolebús, el funicular, el tren, el subterráneo y hasta el conjunto de emergencia que forman la ambulancia, la grúa y el camión de bomberos. Así se ha invisibilizado un medio que convirtió la ciudad en una metrópolis, haciéndola crecer hacia arriba.

El ingenioso aparato surgió, como la mayoría de las cosas creadas por el ser humano, en la misma antigüedad. En Grecia y en Roma el teatro se valió de un sistema de grúas que se encargaba de desaparecer o introducir a un personaje de origen divino. Su propósito era solucionar un nudo conflictivo de la obra dramática. Así surgió la frase Deux ex machina, en latín, traducción literal de la frase griega Apò mēchanḗs theós.

Este recurso rudimentario continuó usándose sólo en el teatro hasta que Luis XV, en Francia, ordenó al mecánico real que le construyera uno más sofisticado. La idea del monarca fue evitar la comidilla perenne entre sus cortesanos, suscitada por las visitas que le prodigaran sus amantes. De este modo la duquesa de Châteuroux fue la primera en utilizar un ascensor que, manejado por un sistema de contrapesos, la condujo en muchas oportunidades al primer piso del palacio de Versalles.

ascensor-antiguo-cota-ceroEl ascensor moderno fue, entonces, un invento aristocrático que obedecía al capricho y, por ende, resultaba un lujo. De esa visión suntuaria no ha podido despojarse este medio. Un departamento con ascensor privado es más costoso que uno que sólo tenga escaleras. Los consorcios y juntas administradoras de propiedades horizontales colocan al ascensor en el medio de las disputas sobre los gastos de mantenimiento de los edificios junto con los servicios de electricidad y aguas corrientes. Incluso, el ascensor de estas propiedades comunes se controla con una llave a la que sólo tiene acceso el dueño.

A mediados del siglo XIX Elisha Graves Otis fundó una de las fábricas más importantes de elevadores. Inventó el dispositivo de seguridad que le dio paso al “ascensor seguro”, gran sensación entre los asistentes a la Exposición del New York Crystal Palace en 1854. Tres años más tarde instaló el primer ascensor para personas en esa ciudad y tras su muerte en 1861, sus hijos fundaron Otis Brothers and Co. que, actualmente, forma parte del consorcio empresarial United Technologies Corporation. El ascensor, claro está, se convirtió a partir de ese momento en el corazón del rascacielos que, como escribió el arquitecto venezolano Juan Pedro Posani, es el epítome de la arquitectura capitalista.

Como unidad de transporte ha contribuido en el traslado de mercancía y personas dentro de los edificios de oficinas más altos del mundo. Así ha sido desde el primer rascacielos, el Home Insurance Building (Le Baron Jenning, 1885) de apenas 10 pisos, hasta el Burj Khalifa en Dubai, con 820 metros de altura. Por supuesto, el uso del dispositivo fue actualizándose de modo constante; primero con la introducción del motor eléctrico por parte del fabricante e inventor alemán Werner von Siemens en 1887, que sustituyó pronto los sistemas hidráulicos y, desde hace más de una década, con la introducción de la robótica en la vida cotidiana por medio del ascensor inteligente digitalizado.

Si bien el rascacielos fue el mayor aporte de la historia ingenieril y arquitectónica de los Estados Unidos a principios del siglo XX, Europa no se quedó atrás. De inmediato su dominio en el manejo de nuevos materiales en la tecnología de la construcción creó algunas obras relevantes. Uno de las más vistosas fue la del Edificio Telefónica en Madrid que, increíblemente, no sucumbió durante los bombardeos Guerra Civil. Su arquitecto, Ignacio de Cárdenas, se ocupaba con un equipo de obreros de restituir lo despedazado por los impactos. Otro conocidísimo blanco de ataques, ya no bélicos en el sentido tradicional, sino terroristas, fue el World Trade Center, destruido el 11-S de 2001. Cada torre tenía, por cierto, 99 ascensores que resultaron inútiles tras los impactos.

Uno de los asuntos más llamativos del ascensor puede observarse en una serie interminables de estudios psicoanalíticos sobre su aparición en los sueños del ser humano moderno. Justamente es una manera de constatar que el ascensor es un transporte, pues junto con los trenes y subterráneos, el sueño con ascensores se presenta como uno de los más frecuentes. Señala Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos que su aparición recrea las acciones de subir y de bajar, según sea el caso que ocupa al inconsciente del individuo que lo sueña.

Hay todo un estudio, incluso, de las fobias numéricas relacionadas con este aparato. Por ejemplo, en el sudeste asiático se evita el número 4 en cualquier identificación. Así puede verse un tablero que no contiene el 4, el 14, el 24, el 34 y evita los números 40 al 49. Esta “tetrafobia” obedece a que la pronunciación en chino del 4, 四 (sí), es similar a la de la palabra muerte, 死 (sǐ). Lo propio sucede en Japón y Vietnam. Mientras tanto, en Hong Kong y Singapur tienen un miedo irracional al número 13, que desaparece de nomenclaturas, habitaciones y tableros de elevadores. Si parece extraño, debe tenerse en cuenta que para esas culturas debe parecer anormal que en los ascensores occidentales el cero (0) sea sinónimo de planta baja. ¡Para los profesores de castellano es un gran desafío explicarle al estudiante oriental que el cero posee un valor!

El ascensor en la literatura también ha estado presente. Su aparición en cuentos y novelas de distinto género son frecuentes pero no han sido estudiados de modo exhaustivo. Está en el Nuevo Testamento en forma de mecanismo espiritual, con la resurrección: Se sube hasta Dios, que está en una cúspide inalcanzable desde la mortalidad humana. El hombre usa distintos mecanismos para elevarse, tal como sucede en La Divina Comedia con su sistema compositivo de infierno, limbo, purgatorio y paraíso.

Una referencia más contemporánea puede encontrarse en la novela llamada Los ascensores dormidos de La Habana, del español Carlos Díaz Domínguez (2007). Aún sin leerla, puede uno imaginarse lo que la falta de dinero en un país como Cuba puede haber generado en la mayoría de sus edificios modernos. Es así como el ascensor abandonado, el que no funciona, el que ha desaparecido dejando un vacío semejante a un túnel vertical, son algunas de las variantes presentes en diversos textos de ficción. Por supuesto, el ascensor literario es hijo de la escalera y ésta de la tradición del arquitecto mítico Dédalo y de sus hijos Ícaro y Yápige. En otras palabras, se trata de la construcción simbólica del acto de elevarse, presente en distintas tradiciones culturales.

El cine también simpatiza con los ascensores. Basta mencionar la película de Louis Malle, Ascensor para el Cadalso (basado en la novela policial de Noël Calef) y ver, en su afiche inglés, la conversión del aparato en guillotina. Con excepción del western y los clásicos históricos que tratan una época previa a la modernidad, casi todos los géneros han convertido la escena del ascensor en un leit motiv fílmico. El atentado en el ascensor suscita una investigación y persecución en varias películas de espionaje. El ascensor varado por algún desperfecto promueve una escena de amor en una comedia romántica. O, de manera más densa y explícita, la pornografía lo convierte en el sitio fetiche. Las escenas confusas en las parodias y comedias de enredos tienen un ascensor como eje. El ajusticiamiento mafioso perfecto se produce también allí. El ascensor del que saldrán las bestias metamorfoseadas en monstruos es uno de los núcleos del cine de terror.

Aunque hace tiempo este medio posee un sistema de memoria, aún se estipula la presencia de un operador que sirva para controlar y vigilar a los usuarios. Hay toda una serie de manuales operativos y normas de conducta que deben aprenderse para dirigirlo. En algunos países el número de ascensoristas es tan representativo que tienen sindicatos y obra social. Ni hablar de las cámaras industriales de ascensores y afines que, como todo poder patronal, tiene sus enfrentamientos con los fueros gremiales. A veces, cuando no avanzan las discusiones que generan los reclamos contractuales, algunos de sus miembros más jocosos señalan que las negociaciones se mantienen en el entrepiso.

Culmino esta irrelevante disertación con una anécdota personal. En 1998 trabajaba en el piso 40 de la torre oeste de Parque Central, en Caracas. Un día los ascensoristas, en su mayoría mujeres, decidieron hacer un paro parcial a las 8 de la mañana. Las trabajadoras hacían guardias de 24 horas continuas, a cambio de 48 horas de descanso, pero sus jefes no querían reconocerle el doble pago obligatorio de las horas nocturnas. En esa torre estaba alojada la mitad de los ministerios gubernamentales de Venezuela. En apenas 15 minutos la fila de empleados y usuarios recorría varias veces la superficie de la planta baja del edificio. Ha sido, creo, la protesta más efectiva y más rápida que haya presenciado. A los veinte minutos, los doce ascensores comenzaron a funcionar y la burocracia pudo seguir su rumbo. Esto demuestra que el elevador no sólo es un medio de transporte mecánico, físico, sino un medio de “ascenso” social literalmente. Sólo nos damos cuenta de su existencia, y hasta de su protagonismo, cuando deja de funcionar.

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