De lo independiente a lo «indie»; de lo «indie» a la alternativa; de la alternativa a la máquina

Paralelo en Endei 2017

Paralelo en Endei 2017Hace más o menos un mes Ediciones Paralelo estuvo en endei 2017, en Castellón de la Plana. Este texto tratará de recoger las impresiones que allí sentimos, lo que aprendimos y lo que nos llevamos a casa. Vaya por delante –y esto no lo afirmamos por cortesía, sino porque es cierto– que no tenemos la más mínima intención de ofender a nadie con esta declaración.

Respecto a la organización no podemos más que deshacernos en elogios. Nos sentimos acogidas en todo momento, bien guiadas y cuidadas, y –si bien es cierto que no se nos pagó el transporte ni el alojamiento– se nos proporcionaron unos inesperados tickets de comida que fueron más que bien recibidos. El resto de editoriales invitadas también nos trataron muy bien.

A pesar de todo no hubo un instante en que sintiéramos que endei fuera nuestro lugar; ni siquiera que fuera un lugar para nosotras. Si bien es cierto que desde que vimos el logotipo del encuentro ya intuimos que no nos interpelaba, no fue hasta que no nos sentamos en las mesas a presentar nuestra editorial que supimos hasta qué punto estábamos descentradas, desubicadas.

El problema se relaciona con una pregunta que está siempre presente a la hora de pensar este oficio: ¿qué es la edición independiente? Y en esa pregunta nunca deja de resonar otra, formulada mil veces: «independiente, ¿de qué?». La respuesta siempre se cifra en un absurdo («independiente del mercado»); en una obviedad o una impotencia («independiente de los grandes conglomerados»).

Acaso hubo un tiempo en el que bastaba con afirmar que se era independiente para dar a entender que se estaba contra algo, fuera de algo o al margen de algo. Fue un tiempo raro en el que dos grandes bloques se disputaban el mundo y había quien deseaba no alinearse con ninguno de ellos. Hoy sabemos, sin embargo, que la independencia no es más que un lugar común del liberalismo –el único bloque que queda en pie–, que be yourself y do it yourself son frases que omiten algo, un rastro, una huella, un eco que dice «pero sigue produciendo, sigue consumiendo, y sigue creyendo que existe un yourself que puede pagar, cobrar, y presentar su cuerpo ante un jurado».

La palabra independiente, entonces, ha perdido su sentido. Hoy la única forma posible de pensar el campo literario parte de la asunción de un hecho: las editoriales, las escritoras, las críticas, todas somos entidades constituidas que se juegan en el cruce de una serie de líneas de fuerza, de líneas de poder. A la palabra independiente se le han ido cayendo letras y ahora ya es indie, un apócope que todo el mundo repite sin saber muy bien de donde viene. De nuevo, la huella, el rastro, lo que no se dice y siempre queda al otro lado de la moneda o del billete que miramos.

Del mismo modo que millones de personas creyeron sin pensarlo dos veces que un fenómeno como el de Nirvana –por ejemplo– podía conducir a alguna forma de emancipación, en literatura se ha establecido una esfera de independencia que no ha destruido ni ha fortalecido a la otra esfera, la mainstream, y que es permeable a ella. Lo indie, entonces, aparece siempre como una disputa por el campo y nunca como una impugnación o una reformulación de las reglas del campo. Afirmaba Bourdieu que un campo nace en el momento en que nace un capital específico que lo sustenta. Bien; si en un momento dado el campo musical se edificaba sobre una lógica bipolar (capital musical vs. capital monetario) tras el auge y la consolidación del indie esa lógica pasó a ser triangular (capital musical vs. capital económico vs. capital indie). No hay más. No hay revolución, no hay revelación. Circulen.

En literatura ha ocurrido lo mismo, o está ocurriendo. Es cierto que ha tardado más –porque ha tenido que pasar más tiempo para que nuestra especie inventara la imprenta digital–, pero desde el mismo instante en que el coste de imprimir un libro dejó de ser prohibitivo empezó a nacer un nuevo polo en el campo literario –mejor: en el campo editorial (el campo literario sigue cimentándose más sobre la textualidad que sobre la forma de edición)–. Ahora mismo el mundo editorial es una constelación en la que algunos grandes planetas dominan una esfera mientras que otros cientos de planetas ocupan la suya propia, la llamada esfera independiente. El resto no existimos.

La frontera entre esas dos esferas es lábil. No son pocas las ocasiones en que dos editoriales de distintas esferas publican al mismo autor, ni en que un planeta de la esfera independiente es absorbido por otro de la esfera mainstream, cuyo campo gravitatorio es más potente. ¿Sabría todo esto ya José Manuel Lara? ¿Quizá fue por eso que llamó Planeta a su terrorífico conglomerado?

Lo independiente, se ve, carece de potencial transformador. No ofrece resistencia, no ralentiza a lo hegemónico, no hace más que aceptar las reglas del mercado neoliberal y acatar los nichos  a los que las grandes editoriales no llegan por falta de plasticidad.

En un artículo acerca de la nueva poesía neolib (Marwan, Defreds, Sastre, etc.), Vicente Monroy escribía:

Cualquier figura central del bando del boom, pongamos Irene X, no es tan distinta de una figura equivalente del bando honesto, pongamos Elena Medel, la joven promesa de la década pasada, estrella sin rival de la nueva oficialidad heredada del viejo mundo de las becas y las fundaciones. Sus poemas no son más que una puesta en escena de una tradición distinta a la del boom, heredera de los 50, con otro tipo de prestigio y alcance, un producto destinado a otros fines que las ventas masivas, pero también lucrativo, útil para hacer carrera, perfectamente envasado y etiquetado, sin las ambigüedades que caracterizan a cualquier producción especulativa, sin un gramo de riesgo, con las dosis perfectas de contemporaneidad y referencialidad para convencer a jurados y lectores.

No suscribimos ni un treinta por ciento de la cita de Monroy; nos disgustan su rivalidad explícita, su equidistancia y su extremo formalismo. Pero entendemos que no deja de tener razón al afirmar que la única diferencia que podemos hallar en términos sociológicos entre Elena Medel e Irene X es que ocupan nichos diferentes de mercado. La Bella Varsovia ilumina una parte de la producción literaria actual; Frida Ediciones ilumina otra.

A la palabra independiente, por lo tanto, se le van cayendo letras. Antes de que se hable de editoriales indie, Paralelo quiere salir de esa trampa, abandonar ese círculo. Sabemos que en algún lugar de las alcantarillas literarias hay editoriales afines a la nuestra, y queremos conocerlas. Por eso –y ante la inabarcable longitud de Editorial Zapatista de Liberación Nacional– proponemos el sintagma editorial alternativa para definirnos. Es una propuesta que quiere abrir un debate. Allá donde estéis, editoras alternativas, buscadnos, surcad mares y desiertos hasta nuestra fortaleza y discutamos sobre qué somos y cómo hemos de llamarnos. He aquí algunos de los ejes que hemos elaborado desde que hace un mes asistiéramos a endei:

  • Una editorial alternativa entiende el capitalismo como algo que nos atraviesa y define nuestros límites. Una editorial alternativa sabe que tiene límites y que esto es, sin duda, la guerra.
  • Una editorial alternativa no rechaza el mercado, porque sabe que el mercado no tiene afuera, pero se relaciona con él de forma crítica, histérica, aceptando algunos de sus presupuestos sólo para profanar otros.
  • A una editorial alternativa no le gusta el campo literario, aunque no sepa muy bien por qué, ni qué quiere en su lugar, ni cómo acabar con él.
  • Una editorial alternativa no es una editorial independiente. Los criterios de una editorial alternativa no se pueden sustentar sobre el gusto estético de personas concretas.
  • Una editorial alternativa no se incluye en más de cuatro de los siguientes grupos.
    • Editoriales que utilizan isbn.
    • Editoriales que no tienen un criterio claro de selección de manuscritos (esto es, editoriales no situadas estéticamente).
    • Editoriales que trabajan con una distribuidora.
    • Editoriales que no elaboran una reflexión explícita sobre el oficio de editar. Que no piensan conceptos como libro, autoría o jerarquía.
    • Editoriales que cobran al autor parte del coste de editar su libro. Este punto vale sólo si hay un porqué muy bien argumentado para cobrar al autor. En caso contrario inhabilita automáticamente para definirse como editorial alternativa.
    • Editoriales con ánimo de lucro.
    • Editoriales que pagan publicidad a Facebook o a alguna otra red social.
    • Editoriales que no dan respuesta a las solicitudes de publicación –en caso de que la editorial en cuestión acepte solicitudes de publicación–.
    • Editoriales dirigidas por menos de tres personas. Este punto es necesario porque la mayoría de las editoriales indie se vertebran sobre la institución-pareja o sobre la institución-yourself. Cuidado con las editoriales de autor.
    • Editoriales sin perspectiva de género.
    • Editoriales que publican libros y no fanzines.

De nuevo: los apuntes anteriores sólo quieren ser un escalón y una llamada. Un escalón porque hay que empezar por alguna parte para construir una máquina de guerra (nombrar es el primer paso a la hora de hacer política). Una llamada porque interpelará a editoras (y un editor no es alguien que posee una editorial, sino cualquiera que alguna vez editó) y les invitará a ponerse en contacto con nosotras para empezar a pensar.

¿Es posible construir una máquina de guerra de la edición alternativa?

Los tontos solemnes (我们不是个东西).

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