De indios, el Estado, la mafia y la heroína

Ah Puch está aquí

Álvaro Lorite

Una forma poligonal cerrada constituida por cuatro lados de la misma longitud se llama cuadrado. En la Tierra no hay cuadrados. En nuestras mentes -según Platón- sí hay cuadrados. A Loro no le gustan los cuadrados. Lo que le gusta a Loro es lo que le encanta a Loro. Y lo que le encanta a Loro son los círculos. A loro le encantan los círculos. De mente mente. Tampoco hay círculos en la Tierra. Los círculos precisan de una clase de números muy especial para poder existir: los números irracionales. A Loro le gustan las cosas irracionales. Los números son cosas (más o menos).

 

por Loro el Juntaletras

Postula Ricardo Piglia en su magnífico y muy poético ensayo Ficción y política en la literatura argentina que, a pesar de que lo que denominamos como ficción aparece en nuestras sociedades ligado a una noción relacionada con lo lúdico y el entretenimiento, los gobiernos de finales del siglo XIX y principios del XX en la Argentina siempre tuvieron muy presente la importancia de lo literario, en su vertiente de construcción de relatos de ficción, como un elemento de importantísimo valor para la confección de la identidad nacional. Se trataba de una estrategia de cohesión política dirigida hacia una sociedad que, desde los ámbitos literarios y de la alta cultura, se veía abocada a la elección entre la civilización o la barbarie. En cambio, el terreno de lo político siempre ha estado más ligado, según la cultura popular, al ámbito de lo que conocemos como conocimiento científico de las ideas. Mientras tanto, se producían las más atroces matanzas de tribus de indios por parte del ejército, de entre las que podríamos destacar la conocida como “Patagonia Trágica”, en la provincia de Santa Cruz, donde murieron fusilados más de 1500 obreros indígenas de la zona entre 1921 y 1922 por mantener duras huelgas en los sectores más bajos de la producción nacional, que funcionaban de forma esclavista. ¿Quién es el civilizado y quién es el bárbaro? Eso da igual, porque depende de en qué términos definamos tan relativas categorías.

Ah Puch está aquí

Ah Puch está aquí

Esos indios de los que se querían desprender en su dicotomía histórica las grandes élites argentinas, para abrirles las puertas a los avanzados europeos, según el libro de Mansilla de 1871 -citado en el mismo ensayo como uno de los primeros testimonios en castellano sobre los indios ranqueles de la Patagonia- , cultivaban formas de vida y de gobierno nómadas. En este tipo de sociedades el manejo de la palabra se convierte en la condición e instrumento del poder político, como forma de oposición al poder coercitivo. El jefe posee también el rol de narrador de la tribu. Cada día se alimenta la cultura y la ficción de la población mediante historias que suceden fuera del espacio y del tiempo concretos -o en otro lugar y tiempo muy remotos-, de forma que se van cimentando los valores atemporales, se olvidan las penurias presentes y se fija el porvenir. No sería osado seguir pensando nuestras sociedades en los mismos términos estructurados de una forma mucho más compleja. De forma que, frente a lo volátil del poder en estos indios, los numerosos y oscuros rudimentos y mecanismos de construcción de ficciones en nuestros estados hace que, en cuanto empecemos a escarbar en nuestros valores o señas de identidad, empecemos a ver prefigurada la forma de un complot -término también de Piglia- que, por mucho que investiguemos, jamás llegaremos a entender en toda su complejidad. Se traza entonces la fina linea entre lo que hoy sería un análisis materialista de la situación y la conspiranoia. Vivimos sumergidos en entramados político-económicos que se escapan a cualquier investigación directa que nos propongamos como ciudadanos, a menos que seamos Roberto Saviano y colaboren con nosotros decenas de organizaciones y cuerpos de policía de diferentes estados de todo el mundo. A menos que seamos Saviano, no nos queda otra que confiar en él y en todo lo que nos cuenta en su ZeroZeroZero, como si de chemtrails y reptilianos nos hablase, por muy exactamente que cuadre todo. Al final no dejan de ser otros los que tratan de construirnos, a través de la representación que nos hacemos nosotros del mundo.

Este duelo lingüístico, en el que el lenguaje aparece representado como un ser maligno que nos doblega ideológicamente, como una trampa, veneno o enfermedad, es un tema que me apasiona. Creo que hay dos geniales autores que han sabido transmitir muy bien esta sensación, cuyas vidas han discurrido senderos paralelos. Son William S. Burroughs y Leopoldo María Panero. Para empezar, ambos dos, antes que nada, han abordado la tarea literaria de una forma que rompe los márgenes de la misma. Burroughs creando una novedosa y casi esquizofrénica forma de narrar los hechos, que no hace sino poner de manifiesto, desde mi punto de vista, lo potencialmente infinito que puede llegar a ser el lenguaje y lo poco que aprovechamos esta capacidad. Esto, por ejemplo, puede observarse en Ah Puch está aquí, una delirante ¿historia?… La verdad es que me veo incapaz de catalogar este texto. Pero sí he podido observar que la temática principal gira en torno a la noción del control. Estamos a finales de los años 70 en EEUU ahora, con todo el movimiento contracultural en auge y unos servicios secretos americanos cuyas acciones, poco a poco, van destapándose. El relato oficial de los hechos sucedidos -Cuba o la dictadura de Pinochet- no era más que un virus lingüístico destinado a ocultar la actuación de la CIA. Hoy, años después, estas intervenciones están más que clarificadas, lo que obliga a uno a pensar que los mismos mecanismos están operativos ahora, en este preciso instante en el que yo escribo -tú lees- esto. Burroughs manifestó en muchas de sus obras esta sensación de los virus del lenguaje, enfermedades en forma de relatos que se extienden de forma viral, enquistándose en la mente, haciendo que el organismo los asuma y reaccione contra los anticuerpos que vienen a destruirlos. De hecho, si tuviese que definir el argumento de la obra citada, diría que se trata de la historia del señor Hart, un antropólogo obsesionado con superar a la muerte, para lo cual, a través del estudio de antiguos códices mayas y egipcios, resuelve que la única forma de conseguirlo es siendo él la muerte. Es decir, decide ser él el responsable de cada una de las muertes que se sucedan entre los seres vivos de la Tierra, organizando un Estado de control férreo y perpetuo. No deja de ser otro envenenamiento lingüístico.

William Burroughs

William S. Burroughs

En el caso de Panero ocurre algo similar. La poesía de Leopoldo María Panero huye de los lugares comunes de estructuración de la poesía. Ciertamente es difícil catalogar algunos de sus textos como poemas o como microrrelatos. Además de ello, en sus temáticas los roles y las imágenes se pierden. Las figuras de las historias de Disney, Flash Gordon -el héroe de los cómics ensalzado por Queen-, se funden con los más densos maestros literarios; la figura de la madre se vuelve un vigilante violento, un policía, que atormenta al hijo drogado que repta por las paredes. Es una refundición de papeles canónicos tal y como aquí lo observamos. Panero se apropia del lenguaje al ofrecernos su lectura poética de los mitos de ayer y hoy, situándolos a todos en el mismo lugar bajo sus palabras: el hecho de que son mitos, ficciones. Pero volviendo al tema de la relaciones entre control Estado y lenguaje -en su variante de discursos oficiales que narrativizan la realidad- quiero centrarme en un libro de Panero cuyo prólogo saca a colación algunos hechos que hoy desfilan por los televisores. En 1992 Panero publica Heroína y otros poemas, cuyo prólogo “Acerca del Proyecto Hombre” se abre con la siguiente frase: Nadie sabe quién o qué sea el Estado. En su poemario dedicado a la heroína, sustancia a la que, como Burroughs, fue abiertamente adicto, explica que para algunos fascistas es ese misterioso Estado quien suministra a la juventud vasca la heroína para adormecer impulsos más peligrosos.[…] La heroína viene de algo peor que el Estado, que es la mafia. Releyendo este prólogo, no he podido evitar acordarme de las palabras pronunciadas por Juan Carlos Monedero, de las que, en medio de la efervescencia política de su partido, los medios se han hecho eco. Sin embargo, para el profesor el papel de la policía en las zonas de la distribución de la droga estaba bien claro. No soy un experto en la materia y dudo poder desentrañar algo de verdad en este tema, sin embargo observando las cantidades de droga que se mueven en España a nivel de ciudadano, y escarbando un poco en las hemerotecas de los diarios, no es difícil imaginarse a gran parte de las jefaturas de los cuerpos de policía nacional tomando parte activa en la entrada y distribución de droga en España. No obstante, es algo que no podremos aclarar de momento, si acaso nuestros nietos, una vez que queden desclasificados los archivos de inteligencia en España, si es que no han desaparecido en una inesperada inundación. De todas formas la dicotomía de origen del problema entre la policía o la mafia que mantienen Panero y Monedero en este ring que me he creado, puede fácilmente resolverse si añadimos a Saviano a la ecuación. En una entrevista realizada por Jordi Évole, el italiano asegura que, al no tener una mafia autóctona y ser un nexo mundial de las rutas de la droga, en España se ha desarrollado una suerte de fusión económica entre los grandes poderes y las mafias extranjeras, de la que todo el mundo es consciente menos nosotros. ¿Los poderes de aquí untados por la mafia? A mí eso no me suena de nada, pero allá cada cual con sus conspiranoias.

Sin embargo, no sería hacer justicia a este poemario de Panero el quedarnos en estas relaciones. Si he hecho hincapié en esto es porque creo que es un ejemplo claro de cómo los discursos oficiales, sobre todo si son reproducidos por los medios, operan como un virus que desacredita todo lo que vaya en su contra, obligando a uno a cuidar sus palabras si quiere ganar unas elecciones aun cuando está seguro de su veracidad. Ya que si continuamos la lectura de este prólogo, Panero arremete sin piedad contra el Estado, pero en otra vertiente relacionada con el consumo de la heroína: el Proyecto Hombre. El Estado, que, cual señor Hart, quiere controlar la vida y muerte de sus ciudadanos, se serviría de este tipo de proyectos, según el autor, para asegurarse de la total destrucción del individuo, a través de la destrucción de su ego, el campo bioeléctrico que sella nuestra identidad. Sea esta identidad real, o tan solo una construcción, lo cierto es que es la que nos presenta en sociedad, la que nos otorga una posición, o varias, desde las que interactuar con el Otro. Panero concretamente se refiere a las medidas que, para “curar” al adicto, se centran en transformarle en una suerte de media aceptable de lo que espera la sociedad de cualquier persona. O lo que es lo mismo: lo que le de la real gana al Estado en ese momento histórico, dado que es quién dicta la imagen de la sociedad, tal y como explica Piglia. Enseñar a un hombre a valorarse a sí mismo es todo lo contrario del proyecto hombre, concluye el autor. Si nos introducimos después en la lectura de los breves pero intensos poemas que forman el libro, veremos cómo la droga en general, y la heroína en particular, es un asunto infinitamente mucho más complejo de lo que trataban de hacernos creer los bobalicones que venían a los institutos desde los centros del gobierno a decirnos que no fumásemos porros porque íbamos a acabar en las patillas -aunque quizá solo en eso tuviesen algo de razón-. Poemas de apenas algo más que cuatro versos que nos muestran el ansia de suicidio del adicto, a través del consumo del placer más puro: el placer por el placer sin nada asociado:

Que estoy vencido lo sé
cuando el veneno entra en sangre
el triunfo es una burbuja
me deshará mañana

Ante todo podemos observar en función a todos estos hechos que muchos de los que han querido escarbar un poco más allá en el en sí de las cosas han hallado que las historias y doctrinas oficiales poco tienen que ver con la realidad. Llegando algunos a conceptualizar ciertos Estados -en espacio y tiempo concretos- como una fábrica de ficciones cuyo poder reside en situar a la propia ficción en sí en el territorio marginal de los chismes de las porteras, o la cultura como entretenimiento. Pero lo cierto es que seguimos confiando mucho más en cualquier versión oficial de los hechos antes que en cualquier cuento, cuando quizá la solución no esté en desprestigiar el discurso del político y sus medios afines, sino en elevar a su misma categoría los cuentos que mamá y papá nos contaban antes de irnos a dormir. Yo no sé si la policía suministraba droga o no a los jóvenes del País Vasco, no sé qué es la heroína -apenas logro atisbar lo que es la droga, y sé que me gusta y no me gusta, que las cosas no son tan sencillas-, pero puedo intuir que lo que sí hacían era abrir sus fronteras a los narcotraficantes que venían de Italia y América Latina -porque gracias a ello disfrutamos hoy de algunos de los precios más baratos de estas sustancias en Europa-. No sé quién es bárbaro y quién es civilizado, pero sé que la juventud vasca levantisca, al igual que los indios de la Patagonia levantiscos, eran los enemigos de sendos Estados en su momento. Puedo intuir que Panero, con una pipa de opio al lado de un libro de metafísica alemana, se posicionaba más cerca de aquellos que buscaban construirse a sí mismos frente a las opciones prefiguradas por los mecanismos de control, ya sea el Proyecto Hombre, o las reservas de indios de América del Norte, porque en toda su poesía pervive latente ese deseo de ser piel roja y de hacer sonar, mediante su poesía, los tambores que traerán a Sitting Bull de vuelta del reino de las sombras.

Loro el Juntaletras

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1 Response

  1. hablando contigo en un pasado me has hecho todos los spoilers (y sponsors) de esto, ke me devuelvan mi dinero.

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