Autoedítate, tonta (iii/iii)

Libros Cartoneros tendidos

Por Munir.

 

Sigue el rastro del dinero.

Refranero popular kazajo.

 

Y por fin, el asunto del dinero. Autoeditarse es mucho más rentable para un autor que cualquier otra forma de edición. Si publicamos con una editorial y no nos llamamos Mario Vargas Llosa es imposible que nuestros honorarios suban por encima del 10%. Conozco muchos, muchos casos en los que dichos honorarios son simplemente de un cero por ciento (quizá para simplificar el cálculo). Últimamente, de hecho, no pocas editoriales han empezado a pedir dinero a sus autores para publicarlos. Sea como sea, si nos editan otros estamos haciendo que nuestro trabajo genere un plusvalor que irá a los bolsillos –por resumir– de los distribuidores.

Si editamos con una de esas plataformas que ahora están de moda, como Bubok o Publidisa (de “servicios integrales de publicación” o de “print on demand” (elijan ustedes el eufemismo que más los deprima)) es peor aún: estamos sometiendo nuestro trabajo, igual que de la otra manera, pero ni siquiera hay un editor que crea en nosotros en algún punto de esa cadena trófica.

Si te autoeditas, tonto, es cuando no generas plusvalor, cuando eres el dueño de tu trabajo, de tu creación o de como quieras llamarlo. Me atrevo a decir que un autor goza de una autonomía mucho mayor si se autoedita: quien se autoedita puede diseñar su portada a gusto, sin que le obliguen a seguir un diseño concreto o ni siquiera a estampar su nombre en ella. Por eso autoeditarte (tonto) es reconocer la existencia del libro como un objeto material, negar la posibilidad de que sólo sea un ente abstracto o sólo las letras que lo componen y, sobre todo, tomar el control sobre ese objeto para que sea lo que tú quieres que sea. Así, ningún editor podrá imponerte las comillas angulares en lugar de las comillas dobles, los sólo con o sin tilde, un uso concreto del gerundio o cualquier otra de las formas de normalización propaladas por la augusta RAE. Además, si te autoeditas puedes ir de frente contra la idea-rodillo de que un libro debe costar lo mismo lo compre quien lo compre. Yo he regalado libros a quien he creído que los leería con atención; yo he vendido libros al doble de “su precio” a quien creía que iba a pagar esa cantidad. Si el libro te lo publica una editorial, ni siquiera puedes venderlo tú. A veces, ni siquiera la editorial puede venderlo. Más. Si te autoeditas, claro, te llevas íntegro el precio de la venta (quitando, eso sí, el coste de imprenta): puedes decidir si vivirás de vender tus libros o si necesitas un curro para mantenerte. Sobre todo: puedes ir de frente contra la idea de que llenarte los bolsillos (aunque he de confesar que no te los vas a llenar) vendiendo libros es algo abyecto, o prostituir la literatura, o qué sé yo. Obcecarse en la pobreza en un sistema donde la existencia política del sujeto depende de su poder adquisitivo es renunciar al empoderamiento. Y así estamos las escritoras, claro. Si te autoeditas, estás libre de esos contratos de exclusividad o, peor, de hostigamiento en los que se exige que un autor publique un libro cada x meses o y años; eres, por lo tanto, libre para publicar un bodrio si y sólo si no te sale algo bueno o –lo que es mucho mejor– para escribir un bodrio y no publicarlo si no quieres. Muchos no pueden hacer tal cosa. Si te autoeditas –y quizá esto es lo más evidente– puedes experimentar en un género, huir de los géneros, publicar un libro sin tapas, dibujar tú las tapas a mano, no firmar tu libro, firmarlo con el nombre del presidente del gobierno, enaltecer el terrorismo o lo que sea que te pinte esa tarde. No hay una instancia que te prohíba hacer esto o aquello, o al menos si la hay forma parte de tu propia subjetividad.

 

De asnorum consolatione

De asnorum consolatione

 

No abundaré en las ventajas de la autoedición. Creo que mi posición es clara. Para mí, la autoedición puede ser una forma de militancia. Antes de cerrar este larguísimo texto sí quisiera añadir algo. Huyo de toda forma de solipsismo, y sobre todo del eslógan capitalista sé emprendedor de ti mismo; huyo, en fin, de las gilipolleces. Si bien defiendo que un sujeto que se dice a sí mismo libre –la libertad a fin de cuentas sólo es una asíntota– debe comprometerse con su propio empoderamiento, también creo en la organización y en la lucha. Por eso lleva un tiempo rondándome la cabeza la posibilidad de crear una página web en la que los autoautores puedan vender sus libros sin coste alguno o con un coste mínimo de mantenimiento, y a la vez enmarcarse dentro de los estrechos márgenes de lo legal. Ése es otro tema, sin embargo, y ha de quedar pospuesto por el momento. Mi compañero Juntaletras (editor, por cierto, de este blog) me dice que tengo que ir callándome. Termino: por más que un autor difiriese de mi ideología, por más que utilizase la autoedición para publicar cualquier cosa, cualquiera, por más que su contenido pudiera repugnarme, autoeditarse es siempre boikotear a las grandes editoriales y a las grandes distribuidoras que en el fondo son, por si aún hay quien no se ha dado cuenta, esa fuerza innombrable que podríamos definir de una manera: el peor enemigo de la literatura y el mejor amigo de eso que en las noticias de antena tres llaman La Cultura.

Autoedítate, tonta. Hazlo por ti y hazlo por todas.

Foto Munir
Modo lecturaMunir (Madrid 1989 – Ixtapalapa 2022). He publicado tres cuentos sueltos (M, Los ojos blancos y Del otro lado) y una novela (Los pistoleros del eclipse). Si echan de menos el nombre de... Leer más

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1 Response

  1. 23 Noviembre, 2015

    […] El resto del artículo en el blog de Ediciones Paralelo. […]

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