Autoedítate, tonta (ii/iii)

por Munir.

Como iba diciendo en esta entrada, a mi compañero Juntaletras Blissett le preguntaron tanto como a mí por el contenido de su libro cuando los vendíamos de mano en mano por Lavapiés. Pero a mí además me pasó algo muy curioso. Cuando comentaba que aquello eran cuentos, había quien me decía que los iba a comprar para sus hijos o para sus nietos, a lo que yo respondía con una señal de alarma o de indiferencia, según el caso. A mi apocalíptico amigo eso no le ocurrió ni una sola vez. Esto viene a darle la razón a nuestro Jefe, claro: el aspecto del objeto e incluso el momento de la venta condicionan para siempre la lectura de nuestros manuscritos. Y eso nos dio a Blissett y a mí la idea definitiva. Si hay un modo de romper con el binomio forma / contenido no es, como pudo pensar alguna vez el señor César Aira, a través de la publicación de manuscritos de calidad en editoriales minúsculas. [Pausa para rascarse]. Habría sido mucho más radical que Borges hubiera publicado “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” en un fanzine y se hubiera dedicado a venderlo en okupas. Hacer un graffiti de la Familia Real à la Antonio López, rapearse el Libro de Buen Amor o hacer un tráiler rollo James Bond para una película de Bergman es robarle al mercado algo que le costará mucho más reapropiarse que si nos limitamos a poner un inodoro en un museo, por ejemplo. Es decir: el dispositivo es significado por la red de relaciones que lo definen, claro, pero un dispositivo puede agitarse con tanta violencia que al hacerlo reconfigure la red que lo rodea.

Volvamos a la fuerza de la que hablaba antes, esa fuerza contra la que luchamos y que hacía que nuestro Jefe nos dijera que mejor pusiéramos el libro a diez o veinte euros. Esa fuerza quiere que la autoedición siga siendo concebida como “aquello que hacen aquellas personas cuyos manuscritos han sido rechazados por las editoriales de verdad”. Esa fuerza innombrable no se puede definir, claro, pero conocemos alguna de sus características. Por ejemplo, sabemos que se siente cómoda en el cuerpo de una encarnación muy concreta: las distribuidoras. Una distribuidora jamás aceptará repartir un libro sin ISBN. Es así: si hay una mano que detenga a las obras marginales en su camino hacia el centro y les diga “hasta aquí puedes llegar” son las distribuidoras. Las editoriales no tienen semejante poder de silenciamiento por la sencilla razón de que el trabajo de editor no es un arcano que escape a nuestro alcance: tú, tú y tú podéis montar mañana mismo una editorial. Imprimir es barato, leer es gratis, seleccionar es gratis, promocionar no es demasiado caro. Pero distribuir es prohibitivo, con toda la fuerza de la etimología.

 

Chiste malo autoedición

“Soy un autor que se autoedita y que sigue enviándose a sí mismo cartas de rechazo”

 

Llegamos así al uroboros de la distribución. Este símbolo fue el primero que me hizo pensar en escribir una serie de textos en lugar de uno solo, pero voy a intentar ser conciso.

Cuando un inocente y pizpireto editor decide publicar un libro, recibe un adelanto de la distribuidora. Las distribuidoras se pueden llevar, por ejemplo, un 55% del precio total del libro; veinticinco para pagar a sus mensajeros y llenarles los depósitos de gasolina y todas esas cosas, y treinta para la librería que venda el libro. Cuando el editor publica el libro y se lo entrega al distribuidor, por lo tanto, éste le paga por adelantado un 45% del precio de los libros entregados. Si, por ejemplo, un editor entregase a un distribuidor mil libros que costasen –cada uno– diez euros, el amable distribuidor correspondería a nuestro editor con 4500 euros: un 45% del pvp de todos esos libros. ¿Qué bien, no?

No. En realidad es terrorífico.

Como habrá advertido el lector atento, en la ecuación anterior el distribuidor está dando por hecho que los 1000 libros del editor van a ser vendidos. Sin embargo, en este mundillo existe una figura inédita en otros campos: la devolución. Si tras un determinado número de meses (que se negocia con las librerías (el número, digo)) los libros no se han vendido, las librerías tienen derecho a devolver el libro. Si eso ocurre, el editor tendrá que devolver una parte del dinero que el distribuidor le entregara aquel feliz día de primavera en que los libros salieron de la imprenta calentitos. Si no me equivoco, el editor tendrá que devolver más dinero del que recibió, porque el distribuidor ha tenido que gastar el doble de gasolina en mover el libro. Pero eso es irrelevante: en cualquier caso, el editor le va a ver las orejas al lobo. Así que seamos benévolos y digamos que sólo tiene que devolver lo que le dieron.

Volvamos al ejemplo. Tres meses después, el editor recibe una siniestra nota en la que se le informa de que le van a ser devueltos 500 libros, es decir, de que va a tener que devolver la friolera de 2250 euros. Pero el editor ¡no tiene 2250 euros! Ha tenido que pagar a sus empleados (¡ja!), su local, su luz (que ha subido –no nos olvidemos– un 80% desde la desnacionalización de Endesa), el 10% al autor (siendo optimistas) y, por supuesto, los costes de impresión. El editor, entonces, está paralizado por el terror en el centro mismo de una encrucijada. Su primera opción es declararse en quiebra. En ese caso, el editor deja de ser el editor y ya no nos interesa. La segunda opción es hipotecarse, robar un banco, y un largo etcétera de posibilidades que o bien darán con sus huesos en la cárcel o le devolverán antes o después a la encrucijada. Pero hay una tercera opción, que es la elegida por el cien por cien de los editores que lo siguen siendo. Si ya saben cuál es, están preparados para entrar en el uroboros de la distribución.

Sí: el editor publica otro libro, otros 1000 ejemplares de un libro cuyo contenido viene a importar más bien poco, porque lo que se le exige al editor es cantidad. Si publica 1000 libros que se venden a diez euros, por seguir con el ejemplo, recibirá 4500 euros en mano y podrá dar a la distribuidora los 2250 que le debe. Se quedará con 2250 euros y una situación idéntica a la que sufría tres meses atrás. ¿Idéntica? No, claro que no, es mucho peor: tiene la mitad de dinero que hace tres meses y además aún le pueden llegar devoluciones del primer libro. Sin embargo, hasta dentro de noventa días puede respirar tranquilo.

No es difícil imaginar lo que hará el editor cuando vengan a hostigarlo las deudas del futuro. Claro que ya no le valdrá con editar un libro más: la cantidad a devolver será cada vez mayor. Así que mejor editará dos, y luego tres, y luego cuatro, y luego cuatro pero 2000 ejemplares de cada uno en lugar de mil, sin que esta función esquizofrénica (que evidentemente tiene un punto de equilibrio, como se deduce del hecho de que aún quedan árboles en el planeta) tenga ninguna o casi ninguna relación con la calidad de lo que el editor publica o ni siquiera con las ventas que logre generar.

Ése es el estado del mundo de la edición y de la distribución, del mundo –siendo reduccionistas– del libro. Mientras sigamos creyendo que una obra vale menos porque esté grapada o cosida o no esté en una librería o no tenga un número impreso en la contratapa, seguiremos alimentando ese sistema del todo ajeno a cualquier cosa que se pueda llamar “humana”. Es una revolución, entonces, autopublicar una obra en la que una cree, y no podemos sino exclamar ¡autoedítate, tonta!, a cualquiera que tenga algo válido que contar.

 

Los pistoleros del eclipse

Libro que se lee así, de lado

 

Y habrá quien piense que autoeditarse es muy caro. No lo es. Un libro de 126 páginas, impreso en un papel ahuesado de 90 gramos y con la portada a todo color en papel estucado mate de 300 gramos (un libro, vamos a decir, bien chingón) puede costar un euro y medio el ejemplar (foto cutre arriba). Las imprentas que nos interesan a los tontos y a las tontas que nos queremos autoeditar nos atienden siempre con una sonrisa, una sonrisa telefónica o una e-sonrisa que nos hace imaginarlas situadas en preciosos despachos de metacrilato con logotipos serigrafiados y con empleados cómodamente aposentados en sillas (sillas del Ikea, sí, pero de las de gama alta). Hasta que un día se nos ocurre ir a la dirección que pone en a firmita esa del email y nos encontramos con que en realidad son imprentas poligoneras, imprentas que imprimen impresiones en polígonos del fin del mundo –que en este caso coincide con el fin de Madrid–; imprentas cuyos empleados pugnan cada día por seguir remando en una suerte de sopa cuántica de papel y tinta de la que cuesta creer que pueda salir algo tan ordenado como un libro. En Paralelo, esa imprenta poligonera se llama Estugraf, la compartimos, pero podéis buscar la vuestra propia, ya preguntando en espacios de resistencia (véase Bakakaï) ya mirando las últimas páginas de los libros de las grandes editoriales (“Este libro terminó de imprimirse el día etcétera”).

Y habrá quien piense que a ese precio hay que añadirle el coste de maquetación. Es verdad. Pero existen programas de software libre como Scribus e Inkscape que, acompañados de los correspondientes tutoriales gratuitos, permiten maquetar de manera bastante accesible.

Y habrá quien piense que no está permitido que un particular pida un número de Depósito Legal. Pero en realidad no hay más que ir a la oficina que nos corresponda y pedirlo: es gratis e inmediato. Se puede pedir por internet.

Y habrá quien quiera que su libro esté en las librerías de todo el país. Y yo respondo que eso es perfectamente posible: sólo hay que ponerse en contacto con ellas y pedirles un albarán. A mí nunca me lo han negado.

 

¡El mar, idiota, el mar!

Pablo Iglesias y Albert Rivera miran juntos el atardecer, ya jubilados: “¡El mar, idiota, el mar!”

 

Acabaré aquí con ese esquema de preguntas y respuestas. Esto es un blog y quien quiera puede preguntar, puntualizar o insultar en los comentarios. Sin embargo, hay una cuestión que sí es necesario abordar, y con la que terminaré este artículo. El dinero, qué pasa con el dinero. Pronto, muy pronto, lo sabrán.

 

To be continued tortugas ninja

Foto Munir
Modo lecturaMunir (Madrid 1989 – Ixtapalapa 2022). He publicado tres cuentos sueltos (M, Los ojos blancos y Del otro lado) y una novela (Los pistoleros del eclipse). Si echan de menos el nombre de... Leer más

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